1926 Discurso (Coronación A. Zamudio)
1928 Discurso (Biblioteca J. Rosendo G.)
1931 Discurso (Mntndr. Juegos Florales)
Regresar a la página anterior • Regresar al inicio de esta página
![]()
FELIX ANTONIO DEL GRANADO
1873-1932
De la Academia la Medalla de Oro
lució en su pecho el Fundador y Hablista,
y en éxtasis de amor, el idealista,
vió andar a Cristo sobre el mar sonoro.
Amó al Rabí, la Fe, fue su tesoro,
y alumno del Obispo y de Baptista
se convirtió en Tribuno y Estadista,
y trocó el odio en cántico canoro.
Trazó su pluma de águila y asceta,
PROSAS y ENSAYOS: pensamiento y lumbre,
flor del idioma y arpa del poeta.
Sirvió a la patria, delineó sus huellas,
le dió su vida, la elevó a la cumbre,
y voló a Dios en madrigal de estrellas.
–Javier del Granado
Regresar a la página anterior • Regresar al inicio de esta página
![]()
CRISTO
Se destaca imponente la figura,
la más grande escultura;
el espacio y el tiempo nunca ha visto,
un hombre más inmenso, más coloso,
más grave y majestuoso,
llámale el pueblo: ¡Hijo de Dios Cristo!
¡Oh! qué rostro tan bello, tan sereno
¡qué hermoso nazareno!
su mirada es abismo de ternura;
se asemeja su voz al canto suave
que preludiara un ave
dolorida y oculta en la espesura.
A su simple contacto ven los ciegos,
pues, Él, rasga los velos
que cubrían oscuros las pupilas;
cual la flor que, ante el sol, abre su broche,
rasgábase la noche,
para ver ya con luz playas tranquilas.
Al cruzar de este valle los desiertos,
resucita a los muertos;
Él camina en la mar embravecida,
Tiberíades, reprime sus furores,
cesan los zumbadores
vientos que la tenían conmovida.
¿Quién es este tan grande personaje
que lleva por ropaje
cuanto bien y virtud el Cielo encierra?
¿Quién es éste que rompe lo pasado,
con su siglo ha chocado,
lo reta y le declara eterna guerra?
Humilde el universo le respeta,
a su paso se aquieta,
la natura que indómita se agita.
Gigante pensador, gran doctrinario,
a la lid temerario,
como el rayo veloz se precipita.
Sacude los cimientos del pagano,
del viejo mundo insano;
tiembla la antigua mole conmovida,
se derrumba el Olimpo -¡abajo dioses!-
que inmundos y feroces,
cayeron como lepra desprendida.
Él, predica en el Templo y en la plaza
y todo lo abraza
su doctrina bendita y soberana.
Trueca su ley, la espada con la idea,
cambia la saña atea
en la más pura caridad cristiana.
Regresar a la página anterior • Regresar al inicio de esta página
![]()
PÁGINAS DE UNA BIOGRAFÍA INÉDITA
I
No se trata de una pieza literaria; jamás hice trabajo con esa intención. Algunas palabras que evoquen la atrayente imagen, que viertan mi sentimiento siquiera en parte, eso lo intentaría... Ciertamente, algo podría decir yo de verdadero sobre el fondo simpático de esa alma.
Nuestros apartes corrían en un abandono sin reticencias. Al transponer los umbrales de su habitación, desaparecía la visita y nos envolvía a los dos la atmósfera serena de una amistad que manaba de fuentes inagotables, como lo eran la idéntica fe, privada y pública.
No departíamos con frecuencia. Aprovechaba de mis rápidas apariciones en la familia para ir a casa del Obispo; ya fuese en su quinta de Zarco, amueblada humildemente, pues revistas ilustradas cubrían los muros de una habitación principal; ya fuese en su palacio de la ciudad, decorado a retazos y luciendo en lugar preferente una u otra estatua de yeso, a tanto el par.
Lenifícase el corazón; reposan las miradas en tales pobrezas. Respiraban con ansia en ese ambiente, sobre todo, los que habían dejado a la puerta, remolineando, el odio del partidarismo lugareño.
Calma y vigor comunicaban al espíritu la frente ancha y pensadora, sombreada de tristeza, jamás coloreada de impaciencia; la mirada de inalterable dulzura; el acento que parecía implorar, aun cuando mandaba. Ni desmerecían, antes realzaban esas dotes, la estatura mediana y enhiesta, el aspecto grave, las maneras cultas, el aire distinguido; signos reveladores de una elevada y noble naturaleza.
La deficiencia del menaje tenía por causa principal lo mal servido, casi siempre rezagado y no pocas veces usurpado de los emolumentos episcopales, cuando tocaba ordenarlos o servirlos a pagadores de espíritu fuerte, para quienes esa clase de egresos en el presupuesto se consideran de inútil u onerosa aplicación.
Lo poco que entraba en caja pasaba, sin transición, a la familia de perdido bienestar que ocultaba su desnudez; a la trastienda del cholo menesteroso; al cuartucho de la pobre mujer; al tugurio del miserable; a las mil manos enflaquecidas, huesosas, crispadas que en todo barrio, en todo pasadizo se asían del manto episcopal.
La limosna humedecida en llanto de compasión caía siempre. ¿Pero cómo había de ser bastante? El Obispo pedía prestado. Los administradores del Banco, sonriendo, le veían presentarse, con garante o sin él. No le ponían obstáculos; le facilitaban crédito. ¡Bien sabían dónde iba a parar todo eso!
Todo eso lo rememoraba uno al espaciarse en esa habitación, donde tantas cosas aparecían de fiado; pero levantando la vista a la fisonomía del dueño, transparente como la de un niño, otro género de consideraciones brotaba en el ánimo.
Al sacerdote caído, le quedan el poder y la jurisdicción; ante el nos postramos los creyentes humildes y convencidos; le pedimos y acatamos su bendición; pero vemos con tristeza extinguida en su frente la aureola que la circundaba. En la de Granado brillaba con todo su fulgor el rayo ideal del sacerdocio católico.
Pero ni su beneficencia, ni su pureza, explican suficientemente la profundidad y extensión del sentimiento público que le rodeo y acompaña a su memoria.
Pasan años de su muerte y en toda ocasión, siquiera incidental, que la recuerde, vibra quejumbroso el acento del menestral, de la revendona, del caballero de la señora, del sacerdote: ¡Oh! ¡nuestro Obispo!
¡Cuántas veces, pasando por tiendas o pulperías, me ha sorprendido la conmovida interlocución, cruzada de paso, mitad quichua y mitad castellano, en que tomaban parte, recordando a su Obispo, compradoras y vendedoras! ¡Cuántas veces, hablando de su tata, he visto llorar a rugosas viejecillas fustigadas de la miseria!
Semejante irradiación del alma, tan duradera influencia del carácter, sólo se explican por una causa cuya fuerza y altura sean excepcionales. Trato de buscarla.
Sea que pontificase, sea que asistiese a vísperas, sea que confirmase; en cualquier práctica del culto; en el toque del Ave María, al servirse del agua bendita, al revestirse para los oficios, resaltaba en el Sr. Granado, un fondo tal de sinceridad, un tal desprendimiento de sí para anegarse en lo que creía y amaba, que cada uno de esos actos, públicos y privados, sin más testigo muchas veces que su ayudante o familiar, eran un proceso continuado de enseñanza evangélica; causaban ese efecto que los cristianos solemos expresar con esta palabra: edificaban.
Su mirada, su gesto, su recogimiento interior cuando ejercía el ministerio episcopal, fuese al pie de la mula en las estepas o en las breñas para satisfacer las ansias del indio; fuese en los átrios de su Catedral, estaban llenos de unción.
Ese fervor mal comprendido, pudiera inducirnos a creer que invadían el alma de Granado, disgustos, resentimientos, indignación tal vez contra los adversarios de su credo, contra los que insultaban su amor. Mucha era su amargura y su oración debió alzarse casi siempre desde la postración dolorosa; entre tanto jamás notamos en él un signo de impaciencia contra nadie.
Muchas y muy rudas fueron las pruebas por las que pasó la serenidad de su espíritu y el apacible nivel de su carácter. No pocos de los que combatían en su diocesis a la Iglesia y sus derechos, le estaban vinculados desde la juventud. Sin ceder un paso defendía la fe y la doctrina; pero nunca vi dibujarse en sus labios la amargura que provocaban colegas y amigos zarandeando su silla episcopal por todos los medios que ponían en manos de ellos su posición oficial y la complicidad de la prensa. Maravillábame yo de observar como, en lo más rudo de esas agresiones, nombraba el Obispo a sus adversarios con el mismo acento que antes, con esa simplicidad y cariño que trae el recuerdo de los íntimos; y eso no por cálculo sino llanamente; al brote del sentimiento, volviéndose en compasión a los que le maltrataban.
Estoy describiendo, sin pretenderlo, esa inefable cualidad, resumen de virtudes, especie de totum moral, que hace tan atractivas las voliciones humanas. Pidamos que nos lo defina el grande orador.
-Queda algo más elevado que el deber, más poderoso que el amor... la bondad: esa virtud que no consulta el interés, que no espera el orden del deber; que no ha menester se la solicite con el atractivo de lo bello;
-No es el genio, ni la gloria, ni el amor los que miden la elevación del alma; es su bondad. Ella es la que da a la fisonomía humana su primero y más irresistible hechizo; ella, la que nos aproxima mutuamente, ella quien pone en comunicación los males y los bienes, y donde quiera, desde la tierra al cielo es la gran medianera de los seres-
Parece que no fuera capaz la criatura humana de llevarla en todo su peso, sin desvirtuarla alguna vez.
Se ha pensado que en ocasiones, adolecía el señor Granado de cierta debilidad manifiesta en la concesión de licencias y gracias, a personas que no la merecían.
Pudiera ser; me explico su vacilación de afligir a jóvenes pobres, real o aparentemente preparados, en demanda humilde del ministerio sagrado.
Con ligereza le censuraron de no llevar la mano fuerte al gobierno del clero, especialmente del parroquiado. Tengo para mí que la bondad suplía abundantemente al rigor. Lo suplía el Obispo con el ejemplo dado a su clero de concurrir él primero a los ejercicios espirituales que se daban cada año en un convento de franciscanos.
No olvido la escena memorable de que cierta mañana fui testigo involuntario. Al medio de jóvenes y de ancianos curas, venidos de las provincias, se hallaba de ejercitante el Obispo de la diocesis. Comprendo que el valeroso y levantado jesuita Gómez de Arteche que los dirigía, sintiese inmutada el alma ante la grande humildad y el grande ejemplo; lo cierto es que cortando el hilo de su discurso, alzó las manos sobre la cabeza del Prelado y en elocuente y abrupta palabra, mostró en Granado el don providencial que no sabían agradecer como debían; les señalo su ejemplo; rogó por su vida, mientras le hacían coro la anhelante respiración de los jóvenes y el llanto silencioso de los viejos.
Valía más para el buen gobierno que el clérigo extraviado oyese la voz trémula del padre, amonestándole, voz que subía hasta el ruego ardiente; que le viese, como tantas veces sucedió, derribado a sus pies, implorando volviera por su honra, por su conciencia y por su Dios.
II
No; no puede mantenerse ese cargo cuando se penetra a esa batalla social, donde se dejó sentir incontrastable la energía del Prelado.
Talento sintético, conocía la eficacia de las soluciones cristianas para los terribles problemas que el espíritu de rebelión agita en nuestros tiempos.
Sabía que al Episcopado del siglo diecinueve le era necesaria la ciencia, al menos en sus resultados generales y adquiridos; que no le es dado ignorar la extensión de la lucha en la que está llamado a intervenir decisivamente.
Intervino el Obispo con amplitud de perspectiva como lo mostró en una ocasión notable que es oportuno recordarla****
-Mariano Baptista
A UN HOMBRE GRANDE
¿Qué merece el mortal que, siendo hermano,
rastros de un ángel en su senda imprime,
que aunque dichoso busca al ser que gime
y aunque titán llama al pequeño, hermano?
¿el que es alto, eminente, soberano
mas sin que a serlo la ambición le anime?
¿el que es humilde sin ser vil, sublime
sin ser deforme y, grande sin ser vano?
No merece, sin duda, que arrogante
la voz le alabe o le alce nuestro celo
un monumento audaz que se levante
algunos pies sobre el nivel del suelo:
merece, sí, que el mismo Dios le cante
y que su pedestal llegue hasta el cielo.
-Jaime Mendoza
1909 RETRATO DEL OBISPO
MONSEÑOR FRANCISCO MARÍA DEL GRANADO
No creo que los vínculos de sangre y afecto que me ligan al inolvidable Obispo de Cochabamba pudiesen inhabilitarme para bosquejar su retrato; antes bien, tengo para mí, que muy pocos pudieran hacerlo con mayor conocimiento. Veintidós años de íntima compañía, han sido suficientes para observar su espíritu en todas las circunstancias de la vida... Borroso y torpe es el pincel y acaso mis apreciaciones no sean del todo desapasionadas; pero, tengo la ventaja de que este trabajo será juzgado por quienes le conocieron y que aún lloran su muerte. El pueblo dará testimonio de que el afecto no ha recargado el colorido del cuadro ni exagerado sus proporciones; y estoy seguro de que no tomará a mal el que yo, con mano cariñosa, trace estos rasgos, pequeña ofrenda consagrada a la memoria del que, junto a mis padres, veló mi cuna y con tierna solicitud dirigió mi educación. Ha desaparecido su sombra protectora; pero, por fortuna, para los que tenemos la felicidad de creer en el dogma de la inmortalidad del alma, la muerte no es más que una separación temporal, triste y dolorosa, es cierto, pero llevadera cuando está alentada por la esperanza... Ella ha enjugado mis lágrimas y mantiene las relaciones del corazón al través de la distancia que me separa del alma pura, cuyos destellos deseo que iluminen estas líneas.
Pinto este cuadro, perdonad lectores,
lo ostente engreído con amor y brío;
Dejadme engalanar con pobres flores,
la imagen venerada de mi tío.
Si una obra de arte es el reflejo del temperamento de un artista, si éste a su vez lo es de la época y de la sociedad en que vive, es lógico el principio establecido por el eminente crítico francés Hipólito Taine, de que para apreciar a un artista y sus obras, es indispensable conocer el medio en el cual se ha desarrollado y producido. Es pues innegable que no basta, para conocer un río medir los kilómetros que recorre en su curso. ¿Cómo apreciar el volumen de sus aguas, la velocidad de su carrera sin enterarse de la topografía del terreno y de la elevación de las cordilleras cuyos deshielos alimentan su caudal? El hombre no es un ser aislado. Miembro de la sociedad en que vive, mantiene relaciones que lo vinculan con un pasado de donde arranca su origen, con un presente, teatro de su actuación y con un porvenir, futuro en el que sus obras han de tener su correspondiente influencia. La realización de estas leyes se la comprueba mejor cuanto más elevada es la personalidad del individuo que motiva la observación. Por lo expuesto, para apreciar a Monseñor del Granado, habría que estudiar su medio, a fin de contemplarlo encuadrado en su marco; pero, como la sociedad y la época en que ha vivido son casi las nuestras, muy poco habrá que decir de ella, algo de paso, guardando las proporciones debidas a los estrechos límites de este bosquejo.
Francisco María del Granado, hijo del doctor Juan Francisco del Granado y de su esposa la señora doña María Manuela Capriles, nació en la ciudad de Cochabamba, el 18 de agosto de 1835. Nació en una época en que las ideas religiosas estaban profundamente cimentadas en el pensamiento y en el corazón de todas las clases sociales. La piedad cristiana, arraigada en las costumbres, envolvía la educación del niño en una atmósfera mística, llena de amor y dulzura; la vida fácil, modelada en la sencillez patriarcal, se deslizaba blandamente, sin las congojas con que la duda tortura las conciencias, sin las complicaciones con que hoy un cúmulo de ficticias necesidades devoran la fortuna y agitan la existencia... Los primeros destellos de la razón se presentaron en el niño para iluminar su vocación al sacerdocio, con la claridad intensa que en los predestinados evita las vacilaciones consiguientes a la elección de una carrera. Creyó que había nacido para ser sacerdote y sacerdote había de ser y así se explica cómo en su juventud el sentimiento del amor profano no turbó jamás, ni por vía de tentación, la inalterable paz de su alma. Nadie ha podido señalar durante su vida la más ligera desviación en este sentido, ni aun tratándose de legítimas y naturales afecciones. Mal se habría avenido el egoísmo del amor con la caridad del sacerdote que renunciándose a sí mismo, sólo debe amar a los demás y por igual a todos...
En la ciudad de Santa Cruz, donde pasó su infancia, el niño improvisó un altar bajo la sombra de un naranjo y todas las mañanas, antes de ir a colegio, celebraba la misa con la mayor devoción... Más tarde, a los doce años de edad, predicó los sermones de feria, durante la cuaresma, en casa de un caballero, vecino suyo, y a medida que el orador se exhibía aumentaba la concurrencia que ya no era de niños, como al principio, sino de caballeros y señoras.
Tal fue su creciente reputación que una noche el Ilmo. Obispo don Miguel Ángel del Prado tuvo el deseo de escucharle y lo hizo colocándose detrás de una puerta vidriera a fin de que el actuante no notara su presencia. Al día siguiente el bondadoso Obispo, lo mandó llamar para premiarlo, obsequiándole la obra de Historia Universal de Anquetil-Duperron, y obligarle a que predicase un panegírico en la capilla del Colegio Seminario. Esta fue su primera presentación oficial al público y también, su primer triunfo oratorio.
Desde la instrucción primaria hasta la facultativa, fue brillante su carrera, coronada por los éxitos que forman la prestigiosa reputación del intelectual, en cuya frente resplandece la aureola del talento.
¡A la edad de catorce años, escribió, en latín, la tesis con que su profesor debía obtener un grado universitario...! Pero, al árbol cargado de frutos de oro, como reza el proverbio, se le arrojan piedras. No faltaban jóvenes tan frívolos como ineptos que, sintiéndose deprimidos por la superioridad avasalladora de Granado, se complacían en ridiculizar el modesto traje con que se presentaba el joven cuyos ideales distaban mucho de ser los mezquinos que se detienen, con morosa complacencia, en las fruslerías de la moda. Por mucha que fuese la picazón de la envidia sus émulos se veían reducidos a la impotencia y sin más recurso que el de lanzar sus epigramas contra aquel adversario que, a sus ataques, sólo respondía con el silencio y el olvido. Si a esta conducta se añade la virtud de la modestia que realzaba sus méritos, se comprenderá cuán simpática se encumbraba la noble figura del universitario, cuyo cerebro no era de aquellos que sienten el careo del orgullo ni los vértigos de la altura.
El año 1857 nombrado profesor, para regentar las cátedras de Religión y Literatura, en el Colegio Nacional de Cochabamba, empezó a ejercer el magisterio de la enseñanza. Apenas había cumplido los veintidós años de su edad cuando era ya el catedrático más apreciado por los estudiantes, entre los personajes ilustres que entonces dirigían la instrucción. Sus lecciones eran escuchadas con el interés que despierta la palabra del maestro que sabe amenizarlas con los recursos de su ingenio y cuya bondad ha conseguido captarse las simpatías generales.
Concluidos sus estudios facultativos, el 4 de diciembre del 58, recibió, de manos del Ilmo. señor Salinas, las sagradas órdenes.
Era en el altar donde se transparentaba el sacerdote. Sus miradas, ordinariamente llenas de mansedumbre y dulzura, tenían la apacible serenidad de las que iluminan el rostro de los niños; pero, en presencia del misterio que abisma, del amor que abrasa, del infinito que anonada, se tornaban graves,
reflejando, con distinta expresión, las profundidades del pensamiento, los estremecimientos del temor, las claridades de la esperanza... Sus pupilas dilatadas y extáticas ascendían lentamente siguiendo la elevación de la forma cándida que temblaba entre sus manos; de allí descendían, para fijarse otra vez, en la púrpura del cáliz; pero entonces sus ojos ya estaban bañados en lágrimas...
El año 1860 fue nombrado, por el Venerable Cabildo Eclesiástico de Santa Cruz, Vicario Capitular en Sede Vacante. Algunos miembros del referido Senado, no se resignaron a sobrellevar la autoridad de un joven de veinticinco años y protestaron contra ella, nombrando, de su parte, otro Vicario. Establecido el cisma, comenzó la lucha en el clero, dividido en dos bandos, que sostenían a sus respectivos vicarios. Granado, que muy a pesar suyo, y cediendo sólo ante poderosas influencias, había aceptado el cargo, no hacía nada de su parte para contrarrestar las agresiones de la otra que viendo su autoridad desconocida por la mayoría, hubo de apelar a la excomunión que fue solicitada. Poco tiempo después se pronunció sobre el incidente la autoridad de Roma, cuyo fallo amparó al señor Granado, declarando que no había incurrido en la pena infligida.
Más tarde, vuelto de Santa Cruz y establecido en Cochabamba, fue nombrado Provisor y Vicario General de la Diócesis. Las Monjas Carmelitas obtuvieron que aceptase el cargo de Capellán de su Monasterio; y el Gobierno, a propuesta en terna presentada por el Cabildo Eclesiástico, lo eligió Prebendado del Coro Catedralicio. De estas funciones tuvo luego que ausentarse, temporalmente, para desempeñar la Vicaría del Ejército, en la administración del General Achá, en cuya compañía visitó las capitales de los departamentos de Sucre, Oruro, La Paz y Potosí.
A más que realmente era joven, su complexión delicada contribuía a acentuar los rasgos de aquella adolescencia que contrastaba con su dignidad. Cierto día, en la ciudad de la Paz, iba acompañado del doctor Juan de Dios Bosque (ilustre Prelado después) a corresponder con una visita la salutación que había recibido del Obispo de aquella Diócesis. En el palacio, encontrose con el Deán quien graciosamente le ofreció recomendarlo para que obtuviese las órdenes que suponía iba a solicitar... El señor Bosque, sonrió y dejó asombrado al Deán, haciéndole notar que hablaba con el Vicario General del Ejército, Canónigo del Coro de Cochabamba, etc.
El Ilmo. Sr. D. Rafael Salinas, segundo Obispo de Cochabamba, conocedor de las virtudes y prendas intelectuales del modesto Capellán de Carmelitas, le rogó y le impuso que aceptase ser su Coadjutor, para desempeñarlo en el gobierno de la Diócesis. Semejante propuesta encontró poderosas resistencias en la humildad del joven sacerdote que, violentado por la imposición del Obispo primero, y por la del pueblo después, hubo de resignarse, mal de su grado, a los acontecimientos que, como la expresión de la voluntad de dios, lo exaltaban al pontificado.
A la sazón, el país gemía bajo el gobierno tiránico del General Melgarejo, cuya saña cruel y sanguinaria contra el partido opositor ha marcado el sombrío período del sexenio. Granado que por sus ideales políticos y sus tradiciones de familia no estaba afiliado en él, no esperó por un momento que el rencoroso general propiciase la petición del Obispo y del pueblo, solicitando de Roma, la mitra, para un adversario político.
Pero, lejos de esto y contra toda previsión, el Gobierno accedió y obtuvo la dignidad episcopal. «Acaso, dice el doctor José Quintín Mendoza, el hombre (Melgarejo) de las batallas y de las orgías, mitad monstruo, mitad héroe, no haya respetado en Bolivia, sino al joven sacerdote Granado... Se enorgulleció de elevar a la dignidad episcopal, a ese prebendado tan venerable en su juventud a semejanza de Gonzaga, y sabiendo bien que el señor Granado detestaba sus vicios»...
Cuentan que cuando el General Melgarejo vivía pared por medio con el señor Granado, en la plaza que hoy lleva su nombre -sufría dicho General- viva contrariedad no pudiendo acallar la algazara de sus festines, temeroso de que se enterase de ellos su vecino.
El nombramiento de Obispo Electo fue recibido por el pueblo con frenético entusiasmo; pero, en medio del coro de alabanzas y bendiciones dejó escuchar su desapacible acento la envidia. Un reducido grupo de canónigos, entre los que figuraban algunos dignatarios, protestaron con la destemplanza de la ambición contrariada. «¡Cómo, decían, ha de encumbrarse sobre nosotros un joven que aún no tiene servicios prestados a la Iglesia...? ¿Cómo un excomulgado...? (Aludían al incidente de Santa Cruz) y por último: ¿Cómo ha de poder desempeñar las arduas labores del episcopado un muchacho enfermizo?»... Tales eran las causales en que fundaban su oposición... Entonces, el pueblo de Cochabamba, se levantó para anonadarlos bajo el peso de su indignación, ensalzando la humildad inalterable de la víctima. Existen en publicaciones que debieron circular profusamente, los documentos relativos al caso y que constituyen una verdadera apoteosis.
El año 1867, el Obispo electo fue a Lima con el propósito de pasear y visitar a su tío paterno, el Presbítero don José del Granado, Capellán de un Monasterio de religiosas de aquella ciudad. A los pocos días de su llegada, conocida ya la reputación oratoria de que gozaba, fue comprometido por las matronas de esa capital para predicar el panegírico de Santa Rosa. No tardó de informarse de ello su tío, y temeroso del fracaso que en tan solemne ocasión temía para su sobrino, trató de disuadirlo, exponiéndole que no era lo mismo predicar en Lima que en Santa Cruz y Cochabamba; que allí iba a perder la serenidad a la vista de una concurrencia a la que no estaba acostumbrado; que debían asistir cinco prelados, entre los que había distinguidos oradores, el Presidente de la República, los Ministros de Estado, el Cuerpo Diplomático y todas las corporaciones de funcionarios públicos, etc., etc., y por último, le dijo: «Tal ha de ser la turbación que sufras, que sin que llegues a pronunciar el discurso, tendrás que bajar enfermo del púlpito». Contraído el compromiso ya no era posible retractar la palabra empeñada; y sin remedio llegó el 30 de agosto en que fue preciso ir a la gran Catedral. El prudente tío, para no ser visto durante el desastre, había buscado el fondo de un confesionario donde se cubrió por completo corriendo la cortina. A poco que comenzó el discurso, sorprendido por la presencia de ánimo del orador, cuya ejecución le agradaba, empezó a descorrer el velo y sacar la cabeza, para ver y escuchar mejor. Concluido el exordio, creyó conveniente ocupar un asiento en el presbiterio y allá se dirigió satisfecho, revestido de su sobrepelliz... Fue de resonancia, casi continental, el triunfo obtenido en esa ocasión por el sacerdote boliviano. Las matronas limeñas le manifestaron su agradecimiento obsequiándole un valioso pectoral y un hermoso anillo.
Durante su permanencia en esa capital, fue obligado a presentarse en la tribuna con más frecuencia de la que habría deseado una persona que viajaba por razones de salud y recreo. En esa época alborotaba la juventud universitaria el tristemente célebre Vigil, sacerdote apóstata que, rebelado contra la autoridad del Romano Pontífice, dirigía publicaciones violentas contra él y la Iglesia. Vigil había escuchado el panegírico de Santa Rosa y prendado de las cualidades oratorias del señor Granado, fue su admirador y oyente asiduo. Varias visitas le hizo manifestándole su más decidido aprecio y revelando, en sus largas conversaciones, la cultura del hombre que sabe guardar los debidos respetos a las opiniones ajenas.
Dos ilustres cochabambinos: don Benjamín Quiroga y don Natalio Irigoyen, residentes a la sazón en Lima, contribuyeron de su parte a dejar bien sentada nuestra reputación intelectual en el Perú, distinguiéndose el primero como orador sagrado, y el segundo, como eximio periodista.
El 22 de junio del 68, don Francisco María del Granado fue elegido Obispo titular de Troade y Auxiliar de la Diócesis de Cochabamba in partibus et fidelium. El 30 de noviembre del mismo año -a los treinta y tres de su edad- recibió la consagración episcopal, en medio de las manifestaciones sinceras del pueblo que le amaba con entusiasmo y que le honraba con veneración. Pasada la ceremonia, la concurrencia que acompañó al Obispo a su casa, fue impresionada por una escena verdaderamente conmovedora. En el primer tramo de la escalera estaba de pie, sostenida por dos señoras, una anciana cuya emoción y cuyas lágrimas ahogaban sus palabras... Trémula y palpitante estrechó con sus manos enflaquecidas la cabeza del hijo que sollozaba postrado a sus pies. Al fin, la madre pudo contener la efusión desbordante de sus afectos y repuesta del entorpecimiento que aquel exceso le había causado, tomó entre las suyas las manos del Obispo, en cuyo anular puso un anillo de topacio. Aquella antigua prenda de familia, evocó recuerdos tan poéticos y tan dulces como la querida tierra de Santa Cruz de donde venían... Anchos horizontes, inmensas llanuras, rumorosos bosques... Allá bajo la sombra de los naranjos en flor, durante las horas de la siesta, arrulladas por el canto de las aves y el blando remecer de la hamaca, la madre recreaba los juegos del pequeñuelo con sus cuentos y baladas... El niño quería apoderarse del anillo y la madre le repetía siempre: «Cuando seas Obispo lo tendrás». Cumplió su promesa...
Pasados tres años (1871), el Ilmo. Señor Salinas, se retiró a Sucre, donde murió. Poco después, su Coadjutor, recibió las Letras apostólicas que le preconizaron Obispo titular, propietario de esta Diócesis.
Muchos años hacía que el Colegio Seminario estaba clausurado. El Obispo, deseando educar una juventud católica, mediante un cuerpo docente seleccionado por él, obtuvo, sin omitir sacrificios de ningún género, reabrir aquel plantel organizándolo de tal suerte, que hasta su segunda clausura, ocurrida algunos años después de la muerte del señor Granado, ha mantenido los prestigios de la fama que atraía a sus claustros cerca de quinientos alumnos por año. Lo mejor y más selecto de nuestra juventud se ha educado en el Colegio Seminario de San Luis de Gonzaga, en cuyo profesorado figuraban distinguidas personalidades del país, entre las que podemos citar al Dr. Mariano Baptista.
Actualmente, existe en Cochabamba un asilo de beneficencia, donde acuden las niñas pobres en demanda de amparo, instrucción y sustento. Esa casa fue fundada por el Ilmo. Sr. del Granado, cuya caridad ingeniosa sabía suplir, con ventaja, las deficiencias económicas de su exhausto tesoro. «Casa de las Hijas de María», así se llamó la ocupada por la numerosa familia que llegó a ser la suya y que absorbía parte de sus rentas y no pequeña de sus atenciones y desvelos, prodigados sin tasa ni medida.
A la hora del crepúsculo, en el silencio de las tardes, cuando las cabecitas infantiles se inclinan para orar, parece que sobre ellas flota, como sombra protectora, la imagen del ángel tutelar que aún las cobija bajo el calor de sus alas...
Hombre de vida espiritual, conocía las excelencias de la meditación sin la cual no es posible la perseverancia en la virtud. Por esto, se le veía convocar al clero y recogerse con él para hacer los ejercicios espirituales de que tanto ha menester el sacerdote. Como él era ejercitante también, encomendaba la dirección de las prácticas a otro eclesiástico, cuyas pláticas escuchaba con el interés del que desea y necesita aprender. No era extraña, por cierto, la atención dispensada a los discursos dignos de ella; lo que sí dejaba de causar sorpresa era la indulgencia de su criterio, cuya bondad callaba o disimulaba los defectos de la obra para detenerse sólo en lo que, a su juicio, merecía encomio. A propósito, recuerdo con este motivo, la lección que mi vanidad de adolescente recibió de su humildad: Cierto día me invitó para escuchar un sermón. Me excusé manifestándole que el orador anunciado no era de los que ofrecía el atractivo de alguna novedad. -¡Qué tal!- Me respondió. -Yo siempre voy a los sermones -si a veces no encuentro en ellos algo que aprender, en cambio, siempre hallo materia de meditación...
Refrenó la razón mi ardiente brío;
Los cuentos se trocaron en lecciones:
cada palabra de mi santo tío
entrañaba muy serias reflexiones.
Cada cierto tiempo hacía la visita pastoral a las parroquias de la Diócesis. Caballero en una yegua pequeña y mansa, como una pollina, salía el Obispo de su Palacio para recorrer los valles y las serranías de nuestro extenso departamento. Bajo las alas de su sombrero de paja, con orla y toquilla de seda verde, se podía siempre contemplar aquella fisonomía plácida y sonriente, animada por la dulzura de una expresión que, siendo habitual, revelaba la pura, la santa paz de su alma... Ni una sombra en la mirada, ni un mancha en la conciencia, casta como la de los niños, transparente como el cristal... Los pueblos para recibirlo decoraban los edificios de sus calles con arcos de flores y banderas. Voces de júbilo saludaban al Pastor ante cuya diestra bendiciendo niños y ancianos se postraban con la cabeza descubierta, con el corazón palpitante... Lentamente avanzaba y bendecía... Bendiciendo, sobre su mansa caballería, rodeado de una muchedumbre ávida de verle, de escucharle, de besar sus manos... Entrando al pueblo para darle la buena nueva, para curar sus heridas y enjugar sus lágrimas. ¿No era la imagen de su Maestro entrando también a Jerusalén para enseñar, para curar, para bendecir?...
Cuando los sentimientos bondadosos priman en una naturaleza, cuando llegan a dominar por completo su sensibilidad se observa frecuentemente que su influjo anula en el carácter, toda energía: la pusilanimidad suele ser la característica de las almas buenas. Raros son los ejemplares de mansedumbre capaces de un acto de valor. Nuestro Obispo constituía una de estas excepciones. Débil hasta la pasibilidad del cordero que marcha inerme al sacrificio, sabía, sin embargo, retemplar su carácter, cuando lo exigía el deber, con una entereza tal de que nadie lo habría supuesto capaz. Su voluntad no oponía resistencia alguna cuando se trataba de sacrificar su persona, sus bienes, su sosiego, todo aquello en fin de que lícitamente podía disponer en beneficio ajeno; pero, desde el momento en que la conciencia le prescribía obrar o mantenerse firme, era verdaderamente inflexible en sus determinaciones, por mucho esfuerzo que le costase, por arriesgado que fuera el lance.
En un documento cuya energía fue calificada de temeraria, desafió las iras de Melgarejo reclamando el derecho que tienen los Obispo de formular los aranceles parroquiales. Y el hombre que así afrontaba, con serenidad, los peligros exponiéndose a los vejámenes de que era capaz el tirano, en tratátandose de su persona, no tenía el valor necesario para reprimir las demasías de un canónigo que abusando de la mansedumbre del Prelado, lo mortificaba extremando su guerra chica, hasta traspasar los límites de lo que la tolerancia podía soportar. No es del caso recordar su nombre, tal vez ya olvidado por muchos... Paz y perdón para los muertos...
Amargado por las hostilidades a que me refiero, renunció el episcopado por dos veces y en distintas ocasiones. La primera vez informado el público, mandó recoger del Ministerio del Culto el oficio de renuncia mediante el delegado Mons. Arrieta.
La segunda, si merced a una reserva absoluta, pudo llegar a manos de S.S. León XIII, en cambio, el ilustre Pontífice no la quiso aceptar, obligando afectuosamente al Obispo a que continuase en su puesto de sacrificio, ciñendo la mita que oprimía sus sienes como una corona de espinas...
El año 1886, Mons. del Granado fue elegido Arzobispo de La Plata. No trepidó ni un momento para renunciar la altísima dignidad del palio que se le ofrecía. Su modestia, en el presente caso, estaba amparada por la voluntad de un pueblo que no le habría dejado salir y al cual, por otra parte, atentas las estrechas vinculaciones del afecto, no se habría resignado a abandonarlo jamás.
Convocado a la capital de la República el Concilio Provincial Platense, por el Ilmo. Arzobispo de la Lloza, el año 1889, nuestro Obispo concurrió a dicha asamblea, constituida en su mayor parte por las más distinguidas personalidades del clero boliviano. A pesar de que las sesiones del Concilio eran privadas, la reserva no fue tanta que el público ignorase la labor de todos y cada uno de sus miembros. Como era de esperar, dadas las condiciones excepcionales del Obispo de Cochabamba, su actuación en los debates estuvo marcada por la huella luminosa, que señala el paso de los espíritus superiores. Fueron trascendentales las reformas introducidas por sus iniciativas, sancionadas como leyes por el respetable Senado que supo apreciarlas. Cuando llegó a Sucre la noticia de su arribo, la culta Capital se esmeró para recibir dignamente a su huésped. Todas las clases sociales, sin distinción alguna, se dieron cita en la calle por la que debía entrar el Obispo quien, en previsión de manifestaciones que herían profundamente su humildad, retardó su ingreso, esperando en el camino que cerrase por completo la noche. A eso de las ocho fue sorprendido en los extramuros de la ciudad por la masa compacta del pueblo que había tenido la paciencia de esperarle hasta esa hora. A la luz de las lámparas se veían los balcones decorados, repletos de caballeros y señoras. Avanzadas unas cuadras, tuvo que apearse el Obispo para seguir a pie en compañía del Metropolitano y del clero hasta su alojamiento. Al día siguiente y los posteriores se sucedieron, bajo todas formas, las manifestaciones de aprecio y respeto con que a porfía, la simpática sociedad de Sucre obsequió al Prelado, cuya gratitud recordaba frecuentemente tan bondadosa acogida.
El 9 de junio del citado año, se instaló el Concilio con la solemnidad debida. Ofició la misa pontificada el Arzobispo, acompañado de los Obispos de Cochabamba y Santa Cruz. En las amplias bóvedas del templo resonaron los acordes majestuosos de la orquesta que rompió el silencio con los versículos del himnos Veni Creator Spiritus. ¡Sublime deprecación!... Un rayo del luz para que ilumine la mente, una palpitación de amor para que inflame el corazón... Resplandecía el altar con las luces de los cirios que herían el oro y la plata bruñidos del tabernáculo, con los reflejos policromos de la pedrería que realzaba los sagrados paramentos... Acaso la hermosa basílica metropolitana no haya vuelto a contener más selecta y numerosa concurrencia que la que en esa ocasión se agrupó bajo sus tres espaciosas naves, ni haya ofrecido otra vez tan imponente aspecto. En medio del general recogimiento el clero formado en dos filas, abrió paso al orador encargado del discurso inaugural de las sesiones del Concilio. El Obispo de Cochabamba ocupó la tribuna.
Aún parece que le tengo delante. Revestido de su cauda roja, brillando en el pecho y en la mano la cruz y el anillo de iridiscentes piedras. Baja la estatura, amplia la frente, simpático y noble el conjunto. ¡Cuánta majestad y dulzura en el rostro; cuánta profundidad y luz en las pupilas...!
Sus miradas sabían reflejar todas las emociones del alma, como su voz sonora y vibrante, capaz de todos los acentos de la pasión, sea que estalle con el fragor del trueno, sea que arrulle con la suavidad del sentimiento; y todo él, transfigurado y luminoso, por la radiación vivísima del pensamiento, por la intensa emoción del corazón...
Empezó a hablar el orador y su palabra fue el toque de silencio que extinguió por completo los rumores que la ansiedad esparcía en el auditorio cuya impaciencia se tornó en una atención casi extática. En el discurso, a propósito del tema desarrollado, trató de la revolución francesa condenando, por cierto como no puede menos que hacerlo un criterio sano y equilibrado, las doctrinas ateizantes y desmoralizadoras, los excesos monstruosos e injustificables que caracterizan aquella época histórica. Juzgó el orador los acontecimientos con la misma severidad que años después lo hizo el eminente historiador Hipólito Taine, altísima gloria de los críticos franceses y a quien nadie podrá tachar de ortodoxo. Casi como aquél, cuyas opiniones coincidieron con las suyas -sin conocerlas por cierto- descorrió el velo de oro recamado de vistosa pedrería para exhibir el cocodrilo ante las muchedumbres que se detienen en los atrios del templo ofreciendo al ídolo el incienso de un culto tan fervoroso como indebido.
Los estrechos límites de un discurso no permitían establecer las distinciones que en obras de otro género sería justo reclamar para apreciar mejor los acontecimientos bajo su triple faz, social, política y religiosa. Colocado el orador por un momento ante la Francia del 89, apenas pudo contemplar en su conjunto, sin poder detenerse en los detalles, aquel cuadro que se destaca como una mancha de sangre en las lejanías de un horizonte entenebrecido...
Creyente, sacerdote y artista, dejó rebosar los sentimientos de su alma con ardorosa efusión; fulminó el rayo de la reprobación histórica con la vehemencia de un espíritu indignado, con la elocuencia de un orador conmovido... Terminado el discurso, las opiniones se uniformaron reconociendo el mérito indiscutible del orador, pero hubo discrepancia en cuanto a la apreciación de sus ideas. La América, órgano periodístico de un reducido grupo radical, censuró las del Ilmo. Sr. Granado con tal destemplanza que justamente mereció la censura de la prensa nacional. «No se imagine, Monseñor, decía El Diario, venir a plantar en Sucre la bandera triunfante que ha enarbolado en Cochabamba»... «Hombre de mucho talento, pero implacablemente fanático»... Pocos meses después se debatió en el Congreso el proyecto de trasladar la capital de la República a la ciudad de La Paz, y el Obispo de Cochabamba, como los otros residentes en Sucre, suscribió la protesta a que dio lugar el referido proyecto. Entonces, lo más selecto de la sociedad le hizo una manifestación cuyo carácter y proporciones significaron algo más que un voto de gratitud: la protesta del vecindario contra los ataques de La América.
La vida humana se compone de grandes acontecimientos y de pequeños sucesos, siendo raros los primeros y demasiado frecuentes los segundos: son éstos, sin duda, lo que mejor conducen a la etografía de un temperamento. Descaminado andaría el escritor que proponiéndose hacer la etopeya de una persona sólo anotara las acciones brillantes por las que se ha distinguido omitiendo, por insustanciales, los detalles ordinarios de su vida; ese retrato a más de ser incompleto, sería tal vez inexacto.
Por otra parte, nadie ignora que los triunfos más celebrados, muchas veces no son debidos a los esfuerzos de la voluntad que los procura mediante sacrificios meritorios, sino a la casualidad, que, en ocasiones, combina un conjunto de circunstancias felices que los determinan. Son, pues, los detalles ordinarios de la vida, las minucias que pasan inadvertidas para el mismo sujeto, que reflejando su espíritu en todos los momentos de su existencia, lejos de la expectación pública, donde las miradas indiscretas no impiden lo natural y espontáneo, los que mejor lo manifiestan y caracterizan.
Las batallas de Austerlitz y Marengo, descartadas de los episodios íntimos de su héroe, revelan el genio militar de Napoleón. Por ellas conocemos al soldado; pero estamos distantes de conocer al hombre, de quien mucho podrá revelarnos un solo incidente, con ser tan nimio. Cuentan que el grande hombre, en Nuestra Señora de París, cuando recibía sobre su frente la unción de los reyes y ceñía sus sienes con la corona de los emperadores, dio un codazo a su hermano murmurando quedo a sus oídos: ¿«Qué diría nuestro padre si me viese ahora?»...
Feliz yo si consigo agrupar con tino y acertada selección algunos rasgos y episodios de la vida de nuestro Obispo; feliz si a pesar de la torpe y borrosa pluma, surge la imagen querida.
Hijo de una familia acomodada, disponía de las rentas que sus padres le enviaban de Santa Cruz, para procurarle una subsistencia cuyo rango estuviese proporcionado a su fortuna, y esto fuera de los emolumentos de que él gozaba en Cochabamba, donde su familia le suponía convenientemente instalado, en la casa que para su habitación se había adquirido. Grande fue la sorpresa de su padre al ser informado, por un amigo, de las estrecheces económicas que padecía el canónigo Granado... Vivía en una habitación reducida, cubierta apenas de una tira de alfombra, con un mal catre de fierro, una mesa y pocas sillas... Más tarde, su palacio episcopal, distaba mucho de corresponder a su enfático nombre. El menaje de la casa era de aquellos que en otras no se usaban porque la moda los había mandado recoger. Los muros de las habitaciones principales -como describe Baptista- «estaban decorados, fuera de uno que otro cuadro, obsequiando por algún amigo, con revistas ilustradas, y sobre las mesas se exhibían estatuas de yeso a tanto el par... ¿Y qué era de sus rentas?... Escuchemos al doctor Baptista: «Lo poco que entraba en caja pasaba, sin transición a la familia de perdido bienestar, que ocultaba su desnudez; a la trastienda del cholo menesteroso; al cuartucho de la pobre mujer; al tugurio del miserable; a las mil manos enflaquecidas, huesosas, crispadas que en todo barrio, en todo pasadizo, se asían del manto episcopal... La limosna humedecida en llanto de compasión caía siempre»... Caía inagotable, caía sin cesar... A decir verdad nunca tuvo dinero. El que recibía pasaba sin detenerse en sus manos a las del pobre y cuando la caja no contenía nada, empezaba a desalojar los armarios de ropa, a empeñar su firma en los bancos, a pignorar sus anillos... Con la sonrisa en los labios escuchaba las cariñosas reflexiones de su tía, la señora doña Rita Ponce de León, quien de encontrar las cómodas frecuentemente vacías tenía que recurrir a las tiendas para que el sobrino cambiase de vestido...
Su largueza no se detenía ni ante las prendas de familia, objetos sagrados que el afecto conserva con la veneración de los recuerdos... Una vez, no teniendo dinero que dar se deshizo de un reloj de oro que por ser obsequio de su madre tenía, para él, inmenso valor. El reloj no fue reemplazado ni por otro de bajo precio. Para medir, en el púlpito, la duración de sus discursos lo tomaba prestado de uno de sus familiares.
Refiere Mons. Primo Arrieta, en la magnífica oración fúnebre con que ha honrado la memoria de nuestro Obispo, uno de los ingeniosos recursos de que acostumbraba valerse para aliviar las necesidades de la miseria. Un día de aquellos en que el hambre y la peste (1879) desolaban nuestros campos y ciudades, el Prelado fue detenido, a las puertas del lazareto que acababa de visitar, por un campesino que alargó la mano pidiéndole una limosna. En vano buscó una moneda que darle, pero, en cambio, se despojó de uno de los guantes que llevaba y lo dejó caer en las manos del mendigo... El guante fue rescatado por la caridad pública y devuelto a su primitivo dueño...
San Francisco de Sales solía exclamar: «cuando se incendia la casa se arrojan los muebles por las ventanas»... La caridad que abrasaba el corazón de nuestro Obispo era comparable a un incendio cuyas llamas le obligaban a arrojar todo lo que el edificio contenía. Cuando se ha conseguido salir de sí mismo, destruyendo el egoísmo que aísla al individuo apegándole a la exclusiva posesión de los bienes; cuando el fuego sagrado ha consumido las bajas pasiones purificando el alma de la escoria de sus concupiscencias, rotas así sus terrenas ligaduras, quedan abiertas las puertas de la munificencia sin que obstáculo alguno se oponga a los generosos impulsos del alma libre para desenvolverse dentro del amor infinito. Pero la renuncia que de sus bienes hacía nuestro Obispo, en beneficio de los pobres, por encomiable que sea, sólo lo habría hecho digno de las consideraciones debidas a los filántropos, mas no de la veneración sagrada de que fue objeto durante su vida y de la que hoy, transformada en piadoso culto, goza su memoria. Esto sólo se explica considerando que su desprendimiento no estaba limitado a la filantropía, cuyos mayores sacrificios jamás podrán ser comparables con los que, a diario, impone la caridad cristiana, resplandor divino, de donde arranca su origen, a diferencia de la otra virtud que nace del amor del hombre para el hombre, esto es, del principio de la simpatía que como todo lo humano, participa de las imperfecciones de su naturaleza. Sólo es dado a la caridad cristiana pedir y obtener, por amor de Dios, el sacrificio de la persona frecuentemente realizado no una sola vez y de golpe, merced a momentáneo entusiasmo, sino la inmolación lenta, verificada día a día, momento a momento y esto durante los años de una existencia prolongada... Bien la define San Pablo: «Dulce, sufrida, bienhechora, sin envidia; no es precipitada, soberbia ni ambiciosa; no piensa mal, no busca sus intereses ni se irrita; ama la verdad y la justicia; a todo se acomoda, todo lo espera y todo lo soporta...» y es la piedra angular sobre la que reposa el Cristianismo y es, según el mismo Apóstol, «la plenitud de la Ley». Esta era la caridad de nuestro Obispo; el origen de todas sus virtudes; la llama interior que le hacía luminoso y transparente...
Todas las horas del día y las que eran necesarias de la noche, el Obispo estaba, sin reserva alguna, a disposición del que quisiera ocuparlo: bautizar un niño, confirmar un diftérico, asistir a un agonizante, procurar una reconciliación... El joven que deseaba bendecir su amor, la madre que no podía conseguir la corrección de su hijo, la familia que se desorganizaba porque la justicia no había alcanzado a establecer la paz en su seno; todos, todos, sin excepción, iban a ver al Obispo dispuesto siempre a satisfacer las necesidades posibles sin excusar su salud, su sosiego ni su dinero... Con suma propiedad el doctor José Quintín Mendoza dijo de él: «fue un Banco de expósito de dolores y de emisión de consuelos...» Y en medio de tanta bondad, lo que más comprometía la gratitud de sus favorecidos, era que los beneficios prodigados no eran de aquellos que suelen pesar creando una obligación para el que los recibe. No: nada semejante a eso. Al contrario, él parecía más bien el deudor agradecido que abonaba su deuda.
Otra de las virtudes que caracterizan al que como a Bossuet podemos llamar, el gran Prelado, y que han contribuido a enaltecer sus merecimientos, es la humildad, practicada por él, desde su más tierna infancia, con tanta sencillez que sería difícil averiguar, si esta virtud, como su pureza, era el fruto espontáneo de un temperamento privilegiado o el producto de secretos y penosos esfuerzos. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que, el pobre concepto que de su persona tenía -manifestado en todos los actos de su vida- revelaba la inconsciencia del individuo que ignora su propio mérito, y esto a pesar de las tentadoras alabanzas que se le prodigaban con tanta persistencia y entusiasmo que eran capaces de envanecer al hombre más modesto. La ira, la soberbia, la impureza, semejantes a reptiles ponzoñosos, estaban a sus pies, aplastados por la planta de aquel varón egregio, que había nacido invulnerable como el héroe de la fábula o que había conseguido reducirlos a la impotencia.
Cuentan de un orador sagrado -Lacordaire, si la memoria no me engaña- que, después de recibir los aplausos con que eran celebrados sus discursos, se encerraba en su celda con el lego del convento, y tendido en el suelo, ordenaba a su compañero que lo hollase como a polvo: «Pisa, le decía, con tus sandalias, pisa a este fraile que es polvo vil y que no debe enorgullecerse»... Nuestro Obispo después de sus triunfos oratorios, no necesitaba sentir la presión de las plantas de su familiar para persuadirse de que no era un ser extraordinario; lejos de tales tentaciones, estaba tan naturalmente rebajado ante sí que, en su concepto, los homenajes que recibía, no eran tributados a él, sino al Obispo, personalidad distinta de la suya.
Su humildad manifestada en la afabilidad de su trato, exquisitamente culto, no distinguía categorías sociales de ningún género: la misma sonrisa, la misma compostura para recibir al pobre obrero que al encumbrado personaje, y tanto éste como aquél, salían prendados de la mansedumbre del Prelado, cuyo solo aspecto ya despertaba la más profunda simpatía.
Si me propusiera comparar a nuestro Obispo con algún santo, no vacilaría en hacerlo con San Francisco de Sales. Por las semejanzas que se notan; a primera vista se comprende que el ilustre Obispo de Ginebra sirvió de modelo al nuestro, cuyo género de santidad, como la de aquél, no presenta el aspecto de sombrío rigorismo que suele caracterizar la fisonomía de otros santos. Nuestro Obispo, como su dechado, era alegre y franco, abierto a todas las comunicaciones, dispuesto siempre a toda honesta expansión. Hacía como dicen los biógrafos de San Francisco, la virtud simpática y fácil, asequible para todos, sea cual fuere su posición social y sus consiguientes ocupaciones. Nada de melancolías ni tristezas, de maceraciones ni escrúpulos. El cumplimiento de la Ley de Dios, la práctica de los consejos evangélicos, y todo con paz y santa alegría. Saint-Beuve, al hablar de San Francisco dice: «era dulce, pacífico, inalterable, derramaba el azúcar y la miel». ¡Cuánta suavidad y dulzura, cuánta piedad y mansedumbre había en Monseñor del Granado!...
Como el Santo Obispo de Ginebra, solía sazonar frecuentemente sus conversaciones con la sal de su ingenio agudo y ocurrente. He oído referir la respuesta que en cierta ocasión había dado a una dama que, dudando de la existencia del infierno, pretendía que el Obispo la persuadiese de su efectividad. Hizo la joven tantos alardes de libre pensamiento y tantas falsas inquietudes expuso, que el Prelado creyó conveniente evitar la discusión limitándose a aconsejarle que dejara de torturar su ánimo, reservando la demostración para cuando ella fuese allá, que, en cuyo caso, ya no le sería posible abrigar ninguna duda... Digna ocurrencia, respuesta digna de San Francisco de Sales.
La política boliviana, desde la fundación de la República hasta la organización del partido liberal, se ha desarrollado caracterizada por lo que a principios religiosos se refiere, por una nota de altísima importancia, de inmenso valor: la unidad de creencias, la identidad de fe. El dogma católico reconocido y acatado por todos los partidos, sean cuales fueren sus ideales políticos, era el lazo de unión que agrupaba a todos los miembros de la familia boliviana en torno de una creencia, como el principio de nacionalidad congrega a todos los asociados alrededor de una sola bandera. Por la primera vez en Bolivia, como oportunamente observó el doctor Baptista en sus notables Correspondencias del Viernes, el jefe del partido liberal y candidato a la presidencia de la república, General D. Eliodoro Camacho, fue el que, en su programa de gobierno, tocó la cuestión religiosa. El referido documento contenía proposiciones que directa o indirectamente atacaban el dogma católico. Entonces, el Ilmo. Sr. Granado, que abrigaba simpatías personales por el benemérito General, le hizo escribir una carta, con un amigo suyo, insinuándole el pensamiento de que modificase su tendencioso programa en todo aquello que fuese contrario a las doctrinas y enseñanzas de la Iglesia; que de hacerlo así, obtendría el apoyo del elemento católico para el triunfo de su candidatura. La negativa del General fue rotunda. -Son las ideas de mi partido y no las puedo modificar- respondió. Por cierto que semejante ratificación importaba aceptar la lucha que se había provocado. El Obispo, cediendo a los dictados de su conciencia, que le trazaba la línea de conducta que debía seguir, se vio en la precisión, mal de su grado, de tomar parte activa en la política militante, ejerciendo de su parte, las legítimas influencias de que podía disponer para el triunfo en las luchas electorales, del Partido Constitucional, que tomó el nombre de Conservador. Cabe recordar aquí la observación que tantas veces, en son de reproche, ha sido formulada contra la actuación política del Obispo: ¿Es lícito al sacerdote, ministro de caridad y paz, enarbolar la bandera de las discordias políticas? Yo creo que sí. Y no es pequeño el número de los que opinan, con mucho acierto, en mi concepto, que el ejercicio de los derechos políticos que la ley acuerda al sacerdote, como a todo ciudadano, se impone, en determinadas ocasiones, no ya sólo como un derecho, cuyo concepto siempre es facultativo, sino como un deber sagrado e ineludible.
Desde luego, en el presente caso, no debe perderse de vista que no fue el Obispo quien promovió la discordia religiosa. Ella fue suscitada, como se tiene dicho, por el referido programa que «envolvió la cuestión religiosa en la cuestión política» según lo demostró el doctor Baptista, en sus citadas Correspondencias. Creada la situación el Obispo, en su carácter de tal, y como ciudadano católico, se vio obligado a aceptarla.
No se oculta a la penetración del lector que atentas sólo las conveniencias humanas, preferible habría sido para el Prelado mantener una neutralidad que, garantizando su sosiego, conservase incólume su popularidad, tanto más cuanto que carecía del aliciente de todo beneficio personal. Pero, si se considera que son los colegios electorales los que con su voto constituyen los poderes del Estado, aquellos que dictan y aplican las leyes, favorables o adversas, para los intereses de la Iglesia, se justificará la intervención directa y activa del sacerdote en política, máxime si se tiene al frente un partido cuyos propósitos manifiestos son marcadamente hostiles. Exigir prescindencia del sacerdote en este caso, es como pretender inacción en el individuo cuya casa está amenazada por el incendio. Dejarse estar cuando el edificio cruje, cuando se siente el soplo inflamado de las llamas... eso es irracional, inconcebible.
El Obispo publicó varias pastorales anunciando el peligro a su grey, y sus temores de carácter profético; se han realizado pocos años después, en forma de leyes sancionadas por congresos donde la acción de uno que otro representante ortodoxo ha sido anulada por una mayoría contraria. El Obispo había tenido razón. Sus predicciones están literalmente cumplidas.
Dan testimonio elocuente de ello, las heridas frescas, sangrantes aún, abiertas en el seno de la Iglesia aherrojada y perseguida. Mas ¡cuántas amarguras y decepciones hubo de costarle el cumplimiento de tan penosos deberes! Turbas infames fueron lanzadas a las puertas del palacio episcopal para ultrajar al Morado, como le llamó entre sus hipos alcohólicos, la canalla soez... Excusado es añadir, atenta la bondad de la víctima que, cuando la policía intervenía en su amparo, el Obispo imploraba, hasta conseguir, la libertad de sus enemigos.
El difícil gobierno eclesiástico de la Diócesis era desempeñado por el Prelado con la consagración y la sagacidad que requieren las delicadas funciones del cargo. Su administración, como todos los actos de su vida, está caracterizada por la bondad que obtiene más fácilmente imponer el principio de autoridad, no haciéndola pesar como una humillación para el inferior, sino más bien como la cariñosa y noble protección de la paternidad. Su regla de conducta estaba trazada sobre aquella máxima tan frecuentemente repetida por San Francisco de Sales: «Más moscas se cazan con una gota de miel que con un barril de vinagre». La aplicación de este principio, con ser tan sabio y prudente, dio sin embargo origen a que muchos censurasen el régimen establecido. Se decía -el Obispo es débil, excesivamente bueno; el clero necesita mano fuerte y el que lo dirige, no la tiene- tengo para mí, que este cargo, lejos de constituir un reproche, encierra toda una alabanza. Aquéllos que en la autoridad exigen mano fuerte revelan no conocer la naturaleza humana, sumisa siempre a la corrección bondadosa, rebelde siempre a la represión áspera... En cuanto a teorías penales, con venia del lector, he de invocar, no la autoridad de un tratadista de la materia sino la de un profundo conocedor del corazón humano, la de Víctor Hugo, en su maravillosa creación de Juan Valjean, degenerado por los rigores de la ley, embrutecido por la crueldad del castigo y levantado del fondo de su postración moral, noblemente regenerado por la mansedumbre evangélica de Monseñor Bienvenido. Por cierto que, con ese recuerdo, no pretendo decir que la disciplina eclesiástica tenga algo de malo o censurable. Dios me libre de semejante despropósito. Simplemente quiero repetir un pensamiento del citado escritor que deseaba ver siempre «una lágrima en los ojos de la ley»... Compasión para el caído, benignidad en la aplicación de la pena para que ésta cumpla mejor su misión regeneradora. Aquellos espíritus inflexibles y rigorosos no debieran olvidar jamás que Jesús no arrojó a Magdalena ni mandó lapidar a la mujer adúltera...
Responsabilizar al Prelado por las faltas cometidas por uno que otro mal sacerdote, sin hacer extensivo el cargo -como que no se acostumbra- contra las Cortes de Justicia ni los Protomedicatos porque no faltan malos abogados ni malos médicos, es cometer una injusticia, y ésta sube de punto, si se considera que al Obispo no se le procuran los recursos necesarios para la educación del clero mediante la creación de seminarios modelos en los que, sin duda, se conseguiría mejorar notablemente su cultura intelectual y moral. Por lo demás, pretender la impecabilidad en el sacerdote es tan absurdo como exigir que el Obispo forme hombres de una masa que por desgracia aún no es conocida...
Nuestro Obispo, en presencia del sacerdote caído, no estallaba en imprecaciones de asombro. Comprendía que tal dureza sólo podía sonrojar, despechar tal vez, pero, no corregir. Con la mirada baja, con la voz apagada, casi sollozante, reflexionaba, imploraba, sin herir, sin ofender. Sin duda que en esos momentos tenía presente la exclamación del Salmista: «¿Qué podías esperar de mí?»... «He sido concebido en pecado y tengo funesta propensión al mal»...
Monseñor del Granado figura en la Lira Boliviana, colección seleccionada de las composiciones de varios poetas nacionales, entre los que está merecidamente colocado, para honra y gloria de nuestra literatura patria. En verdad que los pocos trabajos suyos insertados en el referido libro no bastan para dar a conocer al poeta de vigorosa inspiración, cuyos divinos arranques, cuyas brillantes imágenes, han de buscarse más bien en sus producciones oratorias. Escribía versos -me refiero a la época en que pude formarme concepto de él- casi con la misma ligereza con que redactaba sus cartas, abusando de ese modo, de la admirable facilidad que tenía para rimar sus pensamientos. Con tal procedimiento no era posible que sus estrofas fuesen, como la de otros artistas, verdaderas obras de orfebrería, deslumbrantes por el paciente trabajo de la lima que pule y abrillanta. Con todo, en ellas vive y palpita el poeta y sus menos inspiradas, revelan siempre al literato correcto. La afición, por regla general, suele ser seguro síntoma de disposición. Por mucha que sea la inconsciencia del individuo acerca de sus aptitudes, no deja por eso de sentir la inclinación impulsora que le obliga, insistentemente, a ejercitar las facultades cuyo mayor desarrollo se impone en la economía general. Esta observación reza con nuestro Obispo quien consagró particular y deferente culto a las bellas letras, objeto de los ensueños de su juventud, labor incesante de su vida, regalo de sus horas de sosiego. Era adolescente cuando empezó a escribir sus primeros versos y a representar como actor dramático en compañía de otros jóvenes aficionados al teatro. Este último ejercicio le sirvió de conveniente preparación para el púlpito donde se manifestaba como el artista posesionado de los recursos de la declamación y de la mímica. Dotado de una sensibilidad exquisita que le permitía percibir las más delicadas impresiones, de una imaginación combinadora que las concertaba con primoroso gusto, llevaba, en el corazón y en la mente, la divina llama donde se fundió su alma de orador y poeta.
En su lira, como dice de la suya Chocano, «cabían todos los sonidos como en un rayo de luz todos los colores». Sea que cante las magnificencias simbólicas del templo católico, sea que ensalce los beneficios de la unión americana, ora evoque conmovido los recuerdos de la madre ausente o de la hermana muerta, ora en fin, hiera festivo la nota cómica con agradable sonrisa... Con igual gallardía sabía pulsar las cuerdas del plurísono instrumento, y la estrofa, si bien, como tengo dicho, no tiene la fuerza ni el colorido intenso de los períodos de su prosa oratoria, salía en cambio, al correr de su pluma, blanda y armoniosa. Las poesías festivas a que he hecho referencia no llegaron a ser conocidas sino por el reducido círculo de sus íntimos amigos, excepción hecha de una sátira contra el baile que compuso por insinuación del Ilmo. Sr. del Prado. Las demás composiciones de esta índole fueron provocadas por la musa festiva de D. Benjamín Blanco con quien, y otros distinguidos intelectuales de la época, asistía a la tertulia de las señoras Ponce de León, en cuyos salones, pasaban gratísimas veladas. En ellas se formaron dos bandos que reñían divertidas batallas hiriéndose con los pinchazos, de espina de rosa, de sus ingeniosos epigramas.
Poseyendo nuestro Obispo la lengua latina a la edad de catorce años, como queda referido, era natural que llegara a adquirir la elegancia y el gusto que acabó por confirmar la versación que en la materia le reconocían los peritos. El estudio de este idioma le sirvió para los que posteriormente hizo de la lengua castellana. Sus aficiones literarias lo familiarizaron con los poetas latinos y los escritores españoles, no siendo tampoco escaso el número de literatos franceses e italianos que leía en su propio idioma. Dados estos antecedentes que significan esmerada cultura, un ingenio como el suyo no podía menos que descollar en la ciencia y en el arte literarios cuyos abundantes recursos, al par que revestían de galanas formas su pensamiento, daban lustre y esplendor a su estilo, dechado de pureza, corrección y sencillez.
La fama de santidad dispensada al varón evangélico, por todos los que admiran sus grandes virtudes así como su reputación oratoria, han sido consagradas por la opinión unánime.
Tal vez algún día se organice el proceso canónico que ponga de manifiesto los grados de perfección que alcanzó su espíritu. Pero, si la fama de sus virtudes debe ser comprobada para llevar el sello de la Iglesia, en cambio, la relativa a la de su elocuencia ostenta ya el sello de la sanción definitiva.
En la tribuna sagrada, surge la gran figura del prelado envuelta por los resplandores de la santidad y la elocuencia, de la bondad y la pureza. Su palabra inspirada vibró bajo las bóvedas del templo, con la augusta majestad de la verdad, con el seductor ropaje de la retórica, con las galas y atavíos de la poesía y la ática corrección de la forma, irreprochable y nítida... Alma de artista y de creyente, tesoro de bondades, luminosa inteligencia, sabía remontar su vuelo hasta las encumbradas cimas del dogma y descender desde allí, henchido de unción y de piedad, para tranquilizar las inquietudes del espíritu y restañar las heridas de los corazones sangrantes.
La oratoria se define por los tratadistas como el arte de convencer y conmover. Esta definición supone dos operaciones: la de razonar y la de herir el sentimiento, dirigiéndose, en el primer caso, a la mente, y en el segundo, al corazón. De aquí surgen también dos entidades distintas: el lógico y el artista, esto es, el científico y el poeta. No se concibe, pues, al lógico desprovisto de verdad, que es la ciencia, como no es posible concebir tampoco al artista sin el temperamento y las visiones del poeta. El orador, para ser tal, ha de reunir en sí y de manera inseparable las cualidades mencionadas sin cuya concurrencia, bien podrá ser un razonador más o menos hábil, pero, de ninguna manera un orador como el arte lo requiere. El don de la oratoria es un privilegio raro. La naturaleza no lo prodiga y lo reserva con tan prudente economía, que se consideran felices los pueblos en cuyo seno brota el genio que ilumina las oscuridades del pensamiento con las irradiaciones de su luz. Monseñor del Granado pertenecía al reducido grupo de estos seres privilegiados. Dotado de una inteligencia poderosa, esmeradamente cultivada, llegó a adquirir una ilustración tan vasta que le permitía dominar los conocimientos generales fuera de los especiales que constituían al teólogo. Sus altas dotes, sometidas a severa disciplina, ofrecían el concierto que proviene del equilibrio de todas ellas, sin que la imaginación del artista deprima ni menoscabe las funciones reflexivas del pensador. Posesionado de las materias que trataba, por intrincadas que fuesen, sabía exponerlas con tal lucidez que su comprensión no era difícil para ninguno de los que le escuchaban. Su razonamiento vigoroso, sea que indujera o dedujera, tenía una precisión lógica irrefutable.
Las inteligencias mediocres se ven obligadas a detenerse en la contemplación superficial y exterior de las cosas. Por grande que sea su esfuerzo, no alcanzan a penetrar la sombra con que su natural limitación les intercepta el paso. No así las inteligencias superiores; a medida que remontan su vuelo a mayor altura, cuanto más ahondan y penetran en las profundidades misteriosas del abismo, tanto más espacio y claridad encuentran. Nuestro orador, sin esfuerzo ni fatiga, dejándose guiar sólo por las intuiciones del pensamiento, llegaba a descubrir nuevos horizontes, puntos de observación ignorados, desde donde conducía a su auditorio a la divina contemplación de lo sublime y de lo bello. Pero, al orador no le basta señalar lo sublime ni lo bello, es preciso que lo sepa sentir.
Sentir la grandeza de lo maravilloso hasta el desfallecimiento, sentir el deleite de lo bello hasta el éxtasis. Sentir, saber sentir la emoción estética. Conmoverse con ella tan profundamente que al trasmitirla viva, palpitante y temblorosa, escuche en el latido de los corazones que le rodean, el ritmo acelerado de su propio corazón... Tal era la elocuencia arrebatadora de Monseñor del Granado. No era posible escucharle sin dejar de participar los sentimientos que agitaban su alma de poeta, su temperamento de artista. Su palabra conmovía hasta excitar el sistema nervioso y producir las impresiones que deseaba obtener del auditorio sobre el que alcanzaba el más absoluto dominio. Era preciso rendir la voluntad ante la persuasión impuesta por la verdad lógicamente demostrada, ante el mágico hechizo del canto de aquel cisne de divina inspiración. Su elocuencia ha sido más de una vez comparada a la de Bossuet por la elevación del pensamiento y la magnificencia de la forma; y en verdad, que si se tratara de hacer un estudio comparativo, no sería tal vez difícil encontrar en las concepciones y arranques de nuestro orador, rasgos que nos recuerdan las atrevidas ascensiones del águila de Meaux, la grandeza de Lacordaire, la elegancia de Fenelón, la melancólica poesía del padre Félix o la elocuencia del Crisóstomo (que admiraba). Pero, un trabajo de esta índole, no sería posible sin ofrecer al lector los documentos que comprueben las semejanzas, teniendo a la vista la colección de sus obras oratorias.
Cabe detenerse un momento aquí, para responder a la posible interrogación del lector: ¿estas líneas obedecen al propósito de esbozar la fisonomía del Prelado o de cantarle un himnos inspirado por el afecto?...
¿Dónde están las sombras del cuadro? ¿Cuáles las imperfecciones inherentes al hombre? ¿Se han referido sólo las excelencias guardando piadoso silencio sobre todo lo que pudiera constituir mancha o tilde por lo menos?... Con el corazón en la mano, invocando toda la sinceridad de que me creo capaz, sin incurrir en la necia temeridad de atribuir acierto a mis apreciaciones, debo decir que la ilustre personalidad del Obispo es una de esas excepcionales, que por rara disposición de la Providencia, ofrecen el conjunto de tantas virtudes y cualidades, de tanta luz y esplendor, que su brillo impide descubrir en ellas, fuera de sus naturales limitaciones, cosa alguna digna de reproche y censura. Por lo demás, creo haber respondido a las dos únicas observaciones que se han formulado contra él: relativa la primera a la debilidad de su carácter, la segunda a su intervención política.
La vida y la muerte de nuestro Obispo ha sido sintetizada por el malogrado escritor D. Adrián Aneiva, en un pensamiento digno del mármol: «Vivió para el corazón y el corazón le dio la muerte»... Un día, 23 de septiembre de 1895, regresó el Prelado de su visita pastoral, hecha a la provincia de Tapacarí, regresó padeciendo otra vez la afección cardíaca que cinco años antes puso en peligro su vida. Las fuerzas del corazón estaban agotadas. Era natural el cansancio del órgano que había sufrido y trabajado tanto. La depresión debía ser proporcional al enorme gasto de energías... Al día siguiente de su llegada, celebró la misa, por última vez, en el templo de Santa Teresa que era su predilecto. La noche del 24 volvió el ataque al corazón. Durante los intervalos en que cedían la angustia y el dolor, se escuchaba la oración fervorosa del enfermo: In te Domine, speravimno Non confundar in juditium... El 25 comprendió que era el último de su vida. No sintió turbación alguna en presencia de la muerte. La recibió con la serenidad de los justos para quienes el terrible trance no es la sumersión tenebrosa que aterra, sino la ascensión luminosa que glorifica. Después de recibir el Viático dirigió una alocución. Una vez más habló el orador, que cerca de cuarenta años había ocupado la tribuna y fue para exhortar al Clero, insinuándole el cumplimiento de sus sagrados deberes. El así acabó de cumplir los suyos...
A prima noche sintió que la muerte iba a descargar su golpe y en el momento supremo, dando testimonio de la fidelidad con que sabía cumplir la voluntad de Dios, mandó que lo incorporasen en el lecho y puesto de rodillas, dejó volar su alma...
Cayó la gentil palmera, sombra del peregrino, refugio de las aves... El huracán destrozó sus ramas, arrojó sus nidos. ¡Pobres avecillas!... Calló para siempre, el divino cisne... Ya no agitan el lago azul sus alas blancas. Se han extinguido los rumores en las ondas, las armonías en el bosque, y en la montaña ha expirado hasta el eco de sus cantos...
Pero, en la inmensidad de los cielos ¡ha surgido una nueva estrella, inmortal y esplendorosa aparición!...
Regresar a la página anterior • Regresar al inicio de esta página
![]()
EN UNA VELADA
Un selecto grupo de señoritas se ha organizado con el generoso propósito de fomentar y proteger el trabajo de las obreras, abandonadas hoy a los azares y contingencias de la suerte, porque si bien la ley garantiza su retribución, en cambio, no lo procura ni incrementa, como lo requieren las necesidades de la época.
El trabajo, impuesto por la naturaleza como ley de conservación y de desenvolvimiento, obliga a todos los seres, según sus aptitudes y capacidad, sea que se lo considere como un deber o un derecho, tiene que ser procurado con la solicitud de las necesidades imprescindibles, establecido con sujeción a los preceptos de la higiene y garantizando la efectividad de su remuneración equitativa.
Juzgo que, para completar su programa, debiera consignar entre sus tópicos el de la capacitación profesional de la mujer, cuya actividad, entre nosotros, está limitada al desempeño de cargos cuya retribución no satisface las necesidades de la vida. A esto debe propender, para establecer la base de su independencia económica, fuente de prosperidad y desarrollo, de civilización y cultura.
No hemos de detenernos a considerar el debatido problema de la igualdad psíquica de varón y de la mujer o la superioridad de éste sobre aquélla; para nuestro propósito, basta tener presente que la mujer es un ser inteligente y noble, por la elevación de su espíritu, por la bondad de su alma, por la sensibilidad de su naturaleza y la dulzura de su carácter. De paso, sólo anotaremos la inexactitud del concepto que se tiene acerca de lo que en tono compasivo se llama su debilidad; se la aprecia así, sin tener en cuenta los datos suministrados por la observación, que demuestra lo contrario. Su alma está templada en la fragua de las resistencias heroicas: madre, está sometida a los padecimientos consiguientes a la maternidad, que pesa sobre ella con el rigor de la maldición bíblica: alumbra a sus hijos con el dolor de sus entrañas desgarradas, su resistencia para el padecimiento físico es admirada en los pabellones operatorios, donde el espanto abate la voluntad y rinde el ánimo; en los campos de batalla, dan testimonio de su valor, acciones que por sí solas bastan para constituir la gloria de un héroe; su fortaleza moral se revela en los sufrimientos cotidianos de la vida, sobrellevados por ella con resignación y paciencia: viuda, extenuada por el sufrimiento, bajo sus tocas descoloridas, pálida y exangüe pero, valerosa y firme, trabaja, lucha, y en su caso, mendiga para sustentar a sus hijos.
Su poder intelectual está plenamente comprobado por el brillo de los ingenios que se han distinguido en el cultivo de las ciencias, de las letras y las artes, habiendo alcanzado su fama, la eterna consagración de la gloria; no obstante, prejuicios establecidos hacen que sólo se la considere capacitada para la maternidad y los cuidados domésticos, esto, dentro del matrimonio, fuera de él, celebrando los encantos de su belleza, se la coloca en la categoría de los seres frágiles, delicados y hermosos: flores, pájaros, mujeres...
Pero, estas no son, no pueden ser, sus únicas finalidades: la vida no se reduce a la conservación de la especie y la contemplación de la belleza; sus fines son múltiples y amplios; para todos ellos es apta la mujer; confinarla sólo al hogar importa desconocer sus disposiciones, aprisionar el ave, con las alas rotas.
Si bien el matrimonio implica, para ella, la solución del problema de la vida, que encuentra en él la satisfacción de sus necesidades morales como el empleo de sus energías físicas, dado el caso que las intelectuales también encuentran también la suya, será preciso observar que no todas abrazan ese estado y que no es pequeño el número de las que por falta de vocación u otros motivos permanecen fuera de él. Entonces, para ellas, habrá siempre que reclamar su capacitación profesional, como medio de subsistencia o siquiera sea de simple cultura intelectual.
La inactividad de la mujer determina la atrofia de su organismo, impidiéndole adquirir la plenitud de los desarrollos vigorosos y sanos; causa la paralización de fuerzas productoras, el estancamiento de la vida, la muerte, en suma, de todos los gérmenes de prosperidad. Se siente un especie de repulsión contra la mujeres que tratan de cultivar sus aficiones literarias, ultrajándolas con epítetos despectivos. ¿Hasta cuándo consideraremos a la mujer como aquel ser compasible de «cabellos largos y entendimiento corto», de que nos habla Schopenhauer?
Es pues llegado el caso de redimir a la mujer de la esclavitud a que se encuentra sometida: si es una inteligencia, si es una voluntad, ¿por qué no desenvolver estas energías en beneficio social y suyo? Si es débil, si es frágil, ¿por qué no dotarla de los medios que le permitan luchar por la vida, con las ventajas del varón? ¿Ha de perdurar eternamente su minoridad, sometida a las restricciones establecidas por la ley y los perjuicios?
Regresar a la página anterior • Regresar al inicio de esta página
![]()
EN LA CORONACIÓN DE LA POETISA ADELA ZAMUDIO
Los centros intelectuales, cumpliendo el grato deber de asociarse a los festejos, se han dignado dispensarme la honra inmerecida de su delegación, para expresar su pensamiento, henchido de profundos e inefables sentimientos, y dejar escuchar su palabra, cálida y vibrante. Pensamiento y verbo, luz y armonía; irradiaciones de la mente, estremecimientos del alma, latidos del corazón...
¿Pero, dónde encontrar al poeta digno de esta empresa? Recorrí mi huerto para buscarlo, y encontré marchitas sus flores, calladas sus aves y sus fuentes; el follaje mustio; mi alma aterida y mi corazón sangrante.
Si en cualquier parte, la coronación de un poeta constituye un acontecimiento extraordinario, digno de celebrarse con el mayor esplendor posible, entre nosotros, reviste mayores proporciones, atenta la circunstancia de ser la primera vez que se realiza, para exaltar los merecimientos del ingenio, con el supremo realce de la gloria.
Es ella la que hoy, enalteciendo a la mujer, ciñe con las ramas del laurel simbólico la frente pensadora de un espíritu superior, dotado de la visión beatífica de la belleza; del excelso son de la poesía, cifra ya compendio de todas las artes, suprema floración y armonía del corazón y del pensamiento.
No ha mucho, antes del benéfico cambio de las corrientes del criterio, en este orden de apreciaciones, la mujer, entre nosotros, estaba consagrada por completo a las labores domésticas del hogar; impedida por la limitación de su cultura, la tradición y las costumbres, para toda actividad científica o literaria; no osaba salir de la mansa servidumbre y la apacible reclusión de la casa. Bajo este ambiente, surgió nuestra poetisa, cediendo al poderoso impulso de una fuerza superior a su voluntad y al medio. Crujían sin duda las ramas, se desgajaban y caían; pero el ave cantaba y era preciso escucharla.
Cantaba y era tan hermosa su voz, que el bosque se estremecía de placer, se columpiaban las flores y las mariposas, en el blando regazo de las auroras perfumadas de la brisa.
Soledad era el seudónimo de la alondra. Era una rosa de aquellas que, por los azares de la casualidad, nace en el páramo, agobiada por los cardos del contorno y las malezas del yermo. Soledad del alma, silencio de la vida, mutismo de las cosas, indiferencia de los seres, hostilidad del medio... Soledad, inspirada alondra: ¡canta, canta, Soledad!
Los tiempos pasan; el mérito se impone y la fama vuela. La crisálida rompió su capullo y revestida de brillantes alas, Adela Zamudio ostentó el poder de su talento poético y las regias galas de su inspiración fecunda.
Su coronación no sólo importa un acto de justicia, discernido al mérito, sino la debida elevación de la mujer al rango que por derecho le corresponde. La dulce compañera del hombre, la que comparte con él, soportando con más valor y resignación los sufrimientos de la vida, es también acreedora a sus triunfos y glorificaciones.
Bolivia corona por primera vez a un poeta y este poeta es una dama, cuyo renombre ha conseguido alcanzar resonancias enaltecedoras para su Patria. Es por eso que el Excmo. Señor Presidente de la República, acompañado de los altos dignatarios de Estado, se ha trasladado de la Sede del Gobierno, para tributar personalmente este altísimo homenaje nacional a nuestra insigne poetisa.
Pueblo, honra y ama al poeta; ámalo porque con sus manos desgarradas, heridas por los espinos del camino, recoge la dorada espiga y amasa el pan; porque, con sus pies sangrantes, desciende a las profundas cisternas en pos del agua con que escancia el ánfora; ámalo porque así sacia tu hambre de belleza y apacigua tu sed de ideal. Ámalo porque sus cantos mitigan tus dolores. Ámalo porque te aparta de la dura realidad de las cosas, de las miserias de la vida, que atormentan tu pensamiento y estrujan tu corazón; ámalo porque con sus alas te remontas a las altas cumbres para espaciar tus miradas, en la luminosa extensión del infinito.
Regresar a la página anterior • Regresar al inicio de esta página
![]()
Nuestro proceso histórico manifiesta que la libertad aún no ha descendido de su alto solio para encarnarse en la realidad de la vida, como el astro que brilla en las lejanías del cielo, sin dejarnos sentir el calor de sus rayos.
¿Hemos alcanzado la libertad que nos propusimos o no hemos hecho otra cosa que desmejorar nuestra situación? ¿Podemos sostener honradamente que la libertad, reconocida y proclamada por la Constitución Política del Estado, se traduce en la realidad de los hechos? ¿Qué responde la conciencia en su fuera interno?
La libertad para nosotros es apenas el don temporal recibido de la rectitud de los pocos Gobiernos respetuosos que algunas veces pasan por el escenario histórico, honrando la administración de su periodo. Brilla, como aquellos rayos de sol que, en los días brumosos, suelen rasgar momentáneamente la nube, para eclipsarse luego en la espesura de su sombra. Ella aún no ha llegado a encarnarse en la conciencia nacional; no es la célula de los tejidos que constituyen nuestra carne; no es la medula de nuestros huesos; no es el aliento viril de nuestro espíritu; todavía no es más que, diré con un ilustre pensador, «acento académico o eco callejero».
La libertad no llega a ser efectiva sino cuando está garantizada por la fuerza, y la fuerza es, aunque no debiera serlo, la suprema razón, en los tiempos antiguos y modernos.
El fuerte domina al débil, que se rinde impotente; los pueblos inermes son la víctima paciente de la tiranía armada de los fuertes; el ciudadano desprovisto de recursos es el ludubrio del que dispone de ellos.
Pero, ¿dónde encontrar la fuerza? El concepto moderno nos indica: en la riqueza. Y es preciso crearla y adquirla en la fuente del progreso.
Cabe ensalzar, con épico acento, el poder de la inteligencia, el triunfo de la constancia y el valor del esfuerzo. Habría que concertar los sones del martillo que doblega, sobre el yunque, la resistencia del hierro, del barreno que perfora la roca, del hacha que desgaja y troncha, de la garlopa que desbasta y del vapor que pita.
La cascada que precipitada desde las altas cimas, sus ondas espumosas y rugientes, con la salvaje libertad de la montaña, ha sido encauzada para transformar su fuerza en la corriente que impulsa el carro, con velocidad vertiginosa, y en la luz que brilla en la oscuridad de la noche, con resplandores de sol.
Grande fue la obra de nuestros padres, que a costa de cruentos sacrificios, nos legaron una Patria libre e independiente; pero esta obra, a pesar de su trascendental importancia, con su magnitud asombrosa, quedó hasta cierto punto incompleta, porque la libertad, para ser efectiva, debe estar apoyada y garantizada por la fuerza, y la fuerza, ya sabéis señores, que en otros términos se llama riqueza.
Regresar a la página anterior • Regresar al inicio de esta página
![]()
CRIMEN Y CASTIGO
Es el título de la célebre novela del ilustre escritor ruso Fedoro Dostoyewski. Su denominación corresponde exactamente al sombrío drama desarrollado en sus páginas, impresionantes y dolorosas.
Los conceptos de crimen y castigo son correlativos; existen entre ellos las forzosas relaciones que vinculan la causa con el efecto, el antecedente con la consecuencia lógica, inflexible, inmutable.
Raskolnikof comete un doble asesinato: víctima a la prestamista Alena Ivanovna y a Isabel, hermana menor de ésta. No importa que los actos delictuosos se hayan consumado bajo el influjo de las sugestiones morbosas de un cerebro desequilibrado; los hechos, por muchas y atendibles que sean sus circunstancias atenuantes, son punibles y reclaman la expiación consiguiente, proporcionada a la magnitud del delito.
Sobre este eje gira la acción y se desarrolla el drama, bajo el cielo nebuloso de San Petersburgo, en medio de una atmósfera saturada de humo de tabaco y vahos de aguardiente. Sus personajes se mueven en boardillas infectas, privadas de luz y de sol; parecen reptiles que se arrastran en la humedad de sus escondrijos. Los muebles desvencijados por el uso gimen, los harapos se quejan, la miseria, por todas partes, la horrible miseria, solloza, protesta y se retuerce entre los gritos del dolor y las convulsiones de la desesperación.
Raskolnikof; protagonista del drama, sirve a su autor para hacer el admirable estudio psicológico de uno de los criminales de Lombroso.
Es el caso de un joven enfermo, sobreexcitado por las privaciones de la
pobreza, ávido de satisfacer sus necesidades y las de su familia, compuesta de
su madre y de su hermana Advotia Romanovna. Se ve obligado a abandonar sus
estudios jurídicos y llega a persuadirse de que es lícito suprimir todo lo que
constituye un obstáculo en los caminos de la vida. Piensa que Napoleón, para
realizar sus conquistas, ha segado muchas existencias y que por ello ningún
tribunal le ha condenado a castigo alguno.
El ¿por qué no había de victimar a una anciana cuya vida era no sólo estéril sino perjudicial?...
Se condena a los impotentes, a los vencidos, al paso que se aclama y corona el esfuerzo victorioso de las voluntades enérgicas, sea cual fuere la moralidad de sus actos. Partiendo de este falso concepto, siente la obsesión del crimen, que lucha con las resistencias de su naturaleza bondadosa y de su inteligencia cultivada. Nada más angustioso que esta lucha. En las sombras de su cerebro enfermo luce a momentos un rayo de luz cuya claridad no tarda en extinguirse, envuelta por la obscuridad que todo lo borra y entenebrece. La fijeza del pensamiento en una sola idea, como las miradas de un maníaco dirigidas a un sólo punto, acabó por trastornar el equilibrio de sus facultades, y presa su alma de vacilaciones, sobresaltos, incertidumbre y duda, penetra en las brumas del delirio. Sufre antes de cometer el crimen y sufre, después, mucho más.
El dolor excesivo, como los licores fuertes, perturba la razón. El joven apuró hasta sus heces la copa del trágico elíxir y se puso ebrio, borracho, esta es la palabra gráfica con que se pudiera manifestar el estado lamentable de su espíritu conturbado.
Por último, denuncia él mismo sus delitos. Mató por robar; pero, no robó; esto es, no dispuso, en beneficio suyo, los objetos sustraídos. Mató por matar y nada más.
Al lado de este drama y relacionándose con él, se desenvuelve el de la familia de Marmeladof, dipsómano incurable, esposo de Catalina Ivanovna. Sonia, hija del primer matrimonio, del citado personaje, para procurar el sustento a sus padres y hermanos se ve obligada, por las circunstancias, a tomar el billete amarillo.
Pálida, delgada, graciosa y buena, hace la impresión de un rayo de luz disuelto en el fango... Raskolnikof había costeado, sin otro móvil que el de hacer el bien, los funerales del padre de la joven, quien tenía este motivo de gratitud para él.
Son de una belleza conmovedora las páginas que contienen la descripción de la noche aquella en que el asesino ávido de expansión, revela, a la joven, trémulo y desvanecido, su crimen.
A la luz mortecina de una vela que parpadeaba, en un mal candelero de bronce, nace el amor, mudo, intenso, grandioso. No hay palabras, miradas intencionadas ni sonrisas; sólo se perciben los temblores de la piedad, las efusiones silenciosas del sentimiento, las lágrimas de la conmiseración. Hay un momento en que el joven se postra a los pies de la prostituta; pero no es ante ella, como lo declara, sino ante el sufrimiento humano, simbolizado en esa criatura, por esa víctima de las crueldades de su suerte.
¿Por qué Sonia es simpática? ¿Puede una ramera serlo?... En el presente caso creo que sí; y me fundo para afirmarlo en las observaciones que acerca del concepto de lo Bello hace el inteligente crítico D. Manuel de La Revilla, quien afirma, como no podía menos que hacerlo, que la belleza es siempre relativa, (se entiende preterición hecha de la absoluta,) por encontrarse, en la Naturaleza, constantemente limitada por lo feo. Un objeto es hermoso cuando el elemento negativo, lo feo, es menor que el positivo, lo bello. Ahora bien, en el caso concreto, los elementos simpáticos en la naturaleza de Sonia son muchos, y mayores que los repulsivos, reducidos a uno solo: la prostitución que, en tratándose de Sonia, pierde gran parte de su carácter abominable y odioso, porque ella obedece no a la perversión del alma, que conserva su virginidad, sino más bien al generoso propósito de procurar el sustento a una familia torturada por el hambre. Algo más: el sacrificio de la carne, la inmolación de la víctima, constituyen, más bien, un elemento estético, que revela la belleza moral de la mártir.
Hay martirios puros, hay martirios santos, aquellos cuya aureola puede brillar a la luz del día, bajo los rayos del sol meridiano; pero hay otros vergonzosos que tienen que excusarse de las miradas del público, y éstos, tal vez por la misma circunstancia, tienen un doble mérito.
Apelo al testimonio de las mujeres honradas; ellas me dirán que están dispuestas a sufrir todos los tormentos imaginables antes que consentir sea empañado el cristal de su pureza. Esto manifiesta la magnitud del sacrificio y por consiguiente su mérito inmenso y su belleza singular. Pero, se dirá: ¿por qué no buscar el sustento en el trabajo honrado? ¿El fin acaso puede justificar los medios? Ya lo sé; así es; pero, trabajar supone la condición de tener los elementos necesarios para hacerlo: instrucción, técnica, aptitudes, capital, etc., etc., recursos que no cabe suponer se encontrasen al alcance de una pobre muchacha, no diré educada, sino crecida bajo las impresiones de los cintarazos de su madrastra y los hipos alcohólicos de su padre... Con lo dicho no pretendo, en manera alguna, justificar la prostitución; no hay disculpa que la haga tolerable, dentro de los preceptos de la Moral, ni accidente alguno que pueda transformarla en elemento estético. Lo malo en sí y por sí mismo, como observa el citado crítico, es deforme, porque implica perturbación, trastorno y no puede ser bello; pero, aquí surge la observación: ¿Por qué Sonia es simpática?... Porque su belleza no proviene de la corrupción de la carne sino de las prendas morales que adornan su espíritu. Por eso decía yo, al hablar de Sonia, que ella hace la impresión de un rayo de luz, que aun desde el fango irradia su claridad. Fango es la mísera carne vendida; luz, y hermosa luz, es la bondad inagotable, la fidelidad ejemplar, la rectitud asombrosa de su alma tan buena como atribulada, tan digna después de su regeneración, como paciente durante su martirio. Ella acepta el oprobio por asegurar el sustento a su familia, ella aconseja al joven que ama que denuncie su crimen y lo expíe con valor; ella, por último, le acompaña a Siberia y participa moralmente con él, las torturas de la prisión, las humillaciones de la cadena... Su falta, atenuada por tantas circunstancias, se destaca en el fondo del cuadro sólo como un punto borroso, como sombra tenue que se desvanece y esfuma entre rayos de luz.
Reanudando el relato: muerto Marmeladof, su esposa Catalina acaba por perder completamente el juicio. Expulsada de la casa que ocupaba, por falta del pago de alquileres y otros disgustos habidos con la propietaria, se propone mantener a sus hijos implorando la caridad pública. Es trágico el aspecto de aquel grupo de figuras escuálidas presidido por la loca que canta y obliga a bailar a sus pequeñuelos llamando la atención pública, en las calles, a fin de obtener unos mendrugos de pan.
¡Pobre loca! Canta y tose; la tisis devora sus pulmones, el hambre le produce calambres. Nunca es más sombrío y aterrante el sufrimiento que cuando estalla en carcajadas.
Fuera de los protagonistas del drama hay otros personajes que sólo descubren sus siluetas; pero, no por éste son menos interesantes ni dejan de revelar la potencia creadora del gran poeta trágico a cuyo conjuro surgen animados de vida inmortal.
El autor no ha querido finalizar su obra con ningún desenlace, Raskolnikof queda en el presidio de Siberia cerca del cual se instala Sonia para velar por él. Se comprende que la expiación purificará al delincuente, regenerándole, y que ambos proseguirán el camino de la vida, sea siempre con rumbo a los desiertos helados o tal vez hacia el hermoso valle de Cachemira...
El conjunto de la obra pertenece a ese género literario, tan propiamente denominado por Leopoldo Alas, «lo bello doloroso». Sí, es lo bello doloroso, y tanto que, produce la penosa impresión de una pesadilla prolongada, de aquellas angustiosas cuyo recuerdo no deja de amedrentar por mucho que se haya desvanecido ya la ficción del ensueño.
La belleza de la obra no es de aquellas que se debe a su exhortación retórica; ella no existe -me refiero a la versión española- la belleza, decía, resulta del mérito real de sus personajes que, como el oro virgen, pesan y valen sin que el artista se haya esmerado en los primores de la forma.
Crimen y Castigo es una flor siberiana, trágica como el alma de su autor, triste como la desolación de las estepas heladas, sombría como su brumoso cielo.
EL AMOR DE LOS AMORES
Su lectura deja profundas impresiones en el ánimo atento a los ideales que la informan, a los problemas que entraña y al deleite que procuran los primores de su forma ática, galana, exquisitamente correcta.
La personalidad literaria de su autor es singular, única tal vez en nuestros días. Descendiente de los grandes escritores que ilustraron el siglo de oro de las letras castellanas, ostenta como ellos su noble y característico sello, de elevación en el pensamiento, de bondad en el corazón, de belleza clásica en la forma. Para escribir sus libros ha descolgado, de su espetera, la péñola que Cervantes dejó consagrada por su genio y sin profanarla traza con ella páginas dignas de figurar, en mi concepto, sin desdoro y menoscabo alguno, al lado de las que nos dejaron Fray Luis de León y de Granada, la doctora de Avila y San Juan de la Cruz, dechados inmortales cuyas excelencias ha conseguido asimilárselas, al extremo de hacerlas suyas, tan suyas como propias. De aquí la pureza irreprochable de su estilo, la propiedad de su frase, la elegancia de sus giros castizos y armoniosos. De aquí el grato aroma de flores secas, conservadas en arcas preciosas de sándalo y cedro; de aquí su acendrada ortodoxia, su ardentísima fe, su mística unción.
Empieza el novelista, en el primer capítulo de su obra, por dar cuenta de los personajes que han de intervenir en ella. Me parece innecesaria, y aun perjudicial, esa información previa. ¿Para qué esbozar siluetas cuando ha de pintarse de cuerpo entero? ¿Para qué disminuir el interés que despierta lo ignorado cuando se tiene que descorrer, en su debida oportunidad, el velo de los misterios presentidos?... Esta circunstancia en otra novela, que no fuese de Ricardo León, habría bastado para dejar caer el libro de la manos del lector; pero, tal es la excelencia de la obra, tanta la importancia de su forma clásica que nada impide proseguir la lectura cuyo interés sube de punto en el capítulo donde el poeta ensalza las glorias de Castilla, cuna de héroes y de santos; tierra de landas yermas, de rocas calcinadas, secas y polvorosas; pero, fecunda en bellezas para sus hijos que saben descubrirlas en la desolación de sus páramos, en el silencio de sus soledades, en la eterna quietud de sus llanuras...
Felipe, hijo de Pelayo Crespo, muchos años ausente de la casa paterna, se restituyó a ella, tan exhausto de bienes como cargado de vicios. Faltando poco al término de su jornada hizo la casualidad de que se encontrase con Isabel, su hermana menor, acompañada de Tasarín, simpático mozo, sirviente de Pelayo y, más tarde, esposo de Isabel. Son rasgos de mano maestra los que describen la caída de la tarde, el cansancio del viajero, el encuentro de los dos hermanos, el espanto de la niña ante aquel hombre híspido, de recia complexión, de fea catadura y repulsivo aspecto... Pelayo Crespo, antiguo condiscípulo de D. Fernando Villalaz y Samaniego, vivía en un huerto próximo al castillo de éste, su amigo y benefactor, quien, así como cedió graciosamente las rentas de la referida heredad a Pelayo, quiso también favorecer a su hijo, nombrándole su secretario, no sin haber luchado, hasta vencer la tenaz oposición de su esposa, la linda castellana Juanita Flores de Villalaz.
Juanita, cuyo espíritu no se remontaba «más allá de la altura de las plumas de su sombrero», según se refiere, era incapaz de elevarse hasta la encumbrada cima del amor de Dios y del prójimo, sentimientos por los cuales su esposo D. Fernando era capaz de todos los sacrificios imaginables. Vanidosa y mundana, las riquezas, según su criterio, no debían servir para otra cosa que no fuese realzar las ostentaciones de su opulencia. Así recibió a Felipe con sumo desagrado, tanto porque esto significaba erogación cuanto porque le infundia repugnancia su desagradable figura. Eran inútiles las exhortaciones de D. Fernando que le decía: «haz el bien complaciéndote en él; hazlo como la noria rechinando»... Poco tiempo después de su matrimonio el señor de Villalaz, víctima de una amaurosis, había cegado por completo. Semejante desgracia, lejos de alterar el concierto de su carácter, sólo sirvió para dulcificarlo, haciéndole más bondadoso, más paciente, más resignado. La práctica constante del bien, el ejercicio cotidiano de las virtudes cristianas, encendieron sobre su cabeza cana, para iluminar las facciones de su rostro exangüe, los rayos de la aureola de los santos.
Entretanto, se desarrollaba en torno suyo uno de esos dramas pasionales en los que, invertido el orden natural de las cosas, surgen los más extraños contrastes, las más inexplicables aberraciones: un acto de valor de parte de Felipe, basta para rendir las resistencias de la señora del Castillo, y de las entrañas del odio nace un amor funesto, ponzoñoso como el fruto de un árbol maldito. El caso no es raro, y bien merece que Ricardo León no se limitase a manifestarlo, describiendo sus consecuencias. Para dar más importancia a la obra era necesario estudiar el proceso psicológico de esa pasión; había que dividir ambos corazones para revelar los secretos de sus más recónditos repliegues.
Villalaz milagrosa y súbitamente recobra la vista; la recobra para ver en las facciones del hijo que creía ser suyo los rasgos repulsivos de la fisonomía de Felipe... Los culpables huyen; y también D. Fernando abandona el Castillo, cediendo su propiedad, como la de todos los bienes de su cuantiosa fortuna, para la fundación de un convento y su distribución entre los pobres. Y aquí empiezan las locuras de la Cruz de este nuevo Caballero de Cristo, inflamado por las llamas del amor divino, por las de aquel sol que se ha introducido en su alma para derretirle el corazón y las entrañas...
Cubierto de una larga túnica, ceñida por una cuerda a la cintura, destocada la cabeza, descalzos los pies, bajo el nombre de Fermín de la Miseria, como en otros tiempos, el de la Triste Figura, se lanza por esos campos de Dios en busca de santas aventuras. ¡Qué semejanza la de los dos caballeros!... Ambos pretenden establecer, sobre la faz de la tierra, el imperio de la Verdad, de la Justicia y del Bien; ambos combaten por la Gloria y los dos incomprendidos provocan la hilaridad de los necios que se burlan de ellos, la cólera de los malvados que los hieren, escarnecen y vilipendian; y así bajo una lluvia de piedras, maltrechos y peor feridos dan con sus miembros quebrantados en fétidos calabozos y en jaulas de fieras. Es así como la humanidad recompensa a estos locos sublimes, a estos divinos soñadores por sus grandes hazañas, por sus gloriosas empresas, por sus encumbrados ideales... Y la augusta figura del Caballero de la Miseria, espiando faltas ajenas, sufriendo las penurias del hambre y de la sed, recorriendo poblados y desiertos, seco y enjuto de carnes, inflamado por los rayos del amor de los amores, predicando la caridad y amando a todos más que a sí mismo, evoca el recuerdo de las virtudes excelsas del Pobrecillo de Asís, de San Juan de Dios, de San Francisco Javier, del padre Damián y otros egregios varones, modelos de perfección cristiana y altísimas glorias de la humanidad.
Es dos veces milenario el problema de las locuras de la Cruz. El interés que despierta su discusión no se agota porque es de aquellos que emanan de las enseñanzas del Evangelio a las que quiso Dios infundirles la inmortalidad propia de su divino pensamiento. Considerémosle, siquiera sea brevemente, ya que nuestro autor nos invita a ello con el héroe de su novela.
Mártires de los circos y de las catacumbas, moradores solitarios del desierto, austeros cenobitas, heroicas hermanas de la Caridad, vírgenes enclaustradas, misioneros de todas las órdenes religiosas, almas grandes, almas justas, almas buenas, ¡reveladnos la fuerza extraordinaria que os impulsa al sacrificio, la que templa vuestros dolores, la que os hace deleitable el martirio!... Vosotros para quienes la existencia es una lucha incesante, la vida un sufrimiento continuo, la muerte el triunfo supremo demostradnos la cordura de las locuras de la Cruz.
El excesivo desarrollo de una de las facultades intelectuales causa la depresión de las demás y ocasiona, inevitablemente, cierto grado de desequilibrio que no puede menos que alterar su concierto. Lo propio sucede con las grandes pasiones: la que predomina, al reconcentrar en sí todas las energías del espíritu, destruye su armonía y determina la anormalidad del sujeto. De ese predominio puede decirse lo que de lo Bello afirma un tratadista: «Lo Bello se transforma en lo Sublime cuando su grandeza rompe la armonía de sus formas por no caber en ellas»... Las grandes pasiones son grandes locuras; sí, locuras; pero sublimes.
Si la palabra locura no fuera irreverente me animaría a emplearla para calificar con ella el amor inconcebible que determina la encarnación del Verbo y la crucifixión de Jesús, incesantemente renovada sobre el ara de los altares...
Aquél que de esta suerte extrema su amor, ¿no será digno de todos los amores?... Así lo han comprendido los santos y los héroes del Cristianismo sin excepción alguna. Y bien vistas las cosas, ¿a qué se reducen esas locuras?... A despojarse de los bienes propios para satisfacer las necesidades ajenas; renunciar las comodidades, despreciar los halagos de la fortuna; velar junto al lecho de los enfermos, aliviar sus dolores, enjugar sus lágrimas; perdonar las injurias; soportar las afrentas; reprimir las concupiscencias; sofrenar el orgullo; extinguir la vanidad; amar, amar a todos; amar tanto que las llamas de la hoguera del amor consuman las escorias de las imperfecciones humanas y acendren el oro de la virtud hasta que el alma brille iluminada con resplandores seráficos. ¿Estas son locuras?... Las son para los que no creen en la vida futura; para los que niegan la existencia de Dios y del alma; para aquellos cuyo misión en este mundo debe reducirse a gozar porque fuera de él, no hay nada; pero, no juzgan lo mismo los que creen y afirman lo contrario; éstos, a su vez, sintetizando su pensamiento responden a aquéllos: «Si santo no soy loco debo de ser»...
El Caballero de la Miseria, después de recorrer ciudades, villas y cortijos se metió de fraile; ciñendo el cordón de la orden seráfica, tomó el nombre de Francisco de Jesús. Dados sus antecedentes fácil es suponer cómo y cuánto redoblaría sus penitencias y mortificaciones para santificarse más, si aún era posible, en su nuevo estado. Muy pronto llegó a esa perfección evangélica en que la personalidad del individuo desaparece bajo el influjo de la plenitud de la Caridad, de tal suerte que el alma ya no vive en sí sino el Amado en ella. Cupio dillolvi et esse cum Christo: Francisco de Jesús, como San Pablo, se disolvió en Cristo. Cierto día le llamaron para que confesase a un enfermo en el lazareto de leprosos. Bajo la horrible podredumbre de unos miembros desechos, de una masa de carne supurante y fétida reconoció, profundamente deformadas, las facciones de Felipe Crespo... ¡Escuchó la relación de sus crímenes; besó su frente carcomida y le cerró amorosamente los ojos! ¡Oh! ¡amor de los amores! más poderoso que el odio, más intenso que la vida, más recio que la muerte! Poco después Fray Francisco partió de misionero al Oriente.
Pero, en el castillo del señor de Villalaz no todos los días son brumosos ni es tanta la aridez de sus tierras que no florezcan en ellas albos jazmines y encarnadas rosas. Impresión de matas floridas, de yerbas húmedas; exhalaciones de bosque y búcaro; rumores de alas, tibiezas de nido, todo eso hay en los amores de Isabel y Tasarín. Dos almas puras, dos corazones buenos que se aproximan y juntan hasta fundirse en la suprema unidad del amor, lejos del mundanal ruido, en la soledad de los campos, en el silencio del huerto, bajo la paz de los cielos.
El estilo para el literato tiene toda la importancia que el colorido para el pintor. Saben los críticos que basta una pincelada para apreciar el talento del artista que la fijó en el lienzo, porque en ella se refleja su alma, con las emociones del momento, bajo la modalidad permanente de su ser.
El pintor se vale de la línea, del color, de la luz y de la sombra; el literato no dispone de otro medio que el de la palabra para dar vida a sus creaciones; pero, la palabra en sus labios o bajo los puntos de su pluma es también línea, color, luz y sombra; susurro, armonía, tempestad; rayo que estalla, huracán que brama: sublime manifestación del pensamiento, esplendorosa revelación del alma.
Ricardo León es de esos artistas que persuadidos de la importancia de la forma la aman y se apasionan de ella; por eso sus obras son casi perfectas; y aunque su fondo no ofreciese interés alguno, bastaría la hermosura de su forma para asegurarles la inmortalidad de lo bello. De ellas se puede decir sin hipérbole: «no dejarán de ser leídas mientras se hable la lengua castellana». Su estilo -y aquí repetido lo que él afirma del de Menéndez y Pelayo- «es el paño de oro que se plega dócilmente sobre las graciosas curvas de sus castizos pensamientos». Verdadero paño de oro, recamado de perlas y piedras preciosas, iridiscentes, de policromos reflejos, abrillantados por la divina luz de su inspiración poética.
Ricardo León es poeta y vuelvo a repetir sus palabras aplicándoselas, de aquellos que «cruzan la vida derrochando el corazón» porque le tienen henchido de lágrimas.
La lectura de sus obras deja en los labios el sabor de los vinos añejos, exprimidos de los racimos de aquellas cepas cuyos jugos generosos escanciaban en copas de plata labrada los maestros españoles del siglo de oro. Amante de lo pasado busca su inspiración en los nobles y grandes ideales que informaron la España religiosa y caballeresca: la de Carlos V y Felipe II.
En pleno siglo XX, condenando el naturalismo, inspirado por la filosofía positivista, y el decadentismo literario -lastimosa expresión de un período de perversiones intelectuales- se presenta con la gentil apostura de los trovadores de la edad media, ostentando, come glorioso escudo en su lira, el símbolo cristiano, rodeado de los blasones de su ingenio. Canta las glorias de su Dios y de su patria con el acento de las convicciones firmes y de los grandes amores; su lira tiene cuerdas arrancadas de las que pulsaron los poetas místicos de su tierra; gusta de las sombras de los templos góticos; y los dogmas y el culto sagrado tienen para él tesoros inagotables de dulce y santa inspiración. Ama las viejas ciudades, los castillos abandonados, sus rejas silenciosas, y al conjuro mágico de su voz surgen los hidalgos de regia estirpe, indómito valor y luciente armadura...
Ricardo León es psicólogo; pero, no de aquellos que profundizan y apuran el análisis hasta descubrir los misterios del alma, revelando las relaciones de causa a efecto que rigen sus fenómenos, sino sólo a la manera de los buenos novelistas.
En conclusión: Amor de los Amores es un libro que consagra la gloria de su autor; honra a su ilustre patria y revela los tesoros de su hermosa lengua.
LA GLORIA DE DON RAMIRO
No me propongo emitir un juicio acerca de la novela de Enrique Rodríguez Larrera, cuyo título sirve de epígrafe a estas líneas; mi propósito se reduce a manifestar la impresión que me ha causado uno de los episodios de la obra, que será sin duda de los mejores que hayan salido de la pluma del ilustre escritor argentino.
De paso, deseo también tocar un problema de sumo interés para psicólogos y literatos, ya que su estudio incumbe a unos y otros; digo, indicarlo y nada más, porque mi escasa preparación no ha de permitirme otra cosa, dejando su solución a otros ingenios dignos de él. Me refiero a la inconsciencia del genio, tema que ha sugerido interesantes observaciones a D. Manuel de la Revilla, en el estudio que hace de la creación del Quijote.
Rodríguez Larreta, ha descrito de mano maestra y con primoroso estilo, la época histórica de Felipe II. Ella sirve de marco a don Ramiro, protagonista de la novela, así como a los otros personajes que viven y se desenvuelven, despertando, en el lector, el recuerdo del famoso Monarca, sombrío y grande como el Escorial, monumento que simboliza su espíritu, mezcla de sombra y de luz, execrado por unos, ensalzado por otros; pero siempre admirado de todos.
¿La reconstrucción del período histórico ha sido perfecta?... ¿La evocación artística tan completa que deje en la retina las imágenes coloridas de las personas y las cosas descritas?...
Dejo que el lector del libro declare sus impresiones; de mi sólo sé decir que a Felipe II me lo presentó Fábraquer, en sus Misterios del Escorial; y que después sólo he visto retratos suyos.
Entre los personajes de la novela figura Casilda, criada de D. Ramiro. Emerge su silueta, descuidada por el autor, como una de esas obras de segundo orden, destinadas a llenar los espacios vacíos de un cuadro. Sin claros perfiles ni contornos definidos, parece que su creación sólo ha obedecido a la necesidad de añadir un episodio al drama, con el propósito de buscar la variedad y evitar la monotonía. También se puede suponer que el novelista, al introducirlo quiso dar a su obra un carácter de mayor realidad, describiendo la vida con sus detalles y minucias, compuesta, de lo pequeño y lo grande. Deduzco que el autor no ha tenido otros móviles, porque la intención se revela por el descuido con que presenta esta figura.
¿Quién no repara en el mayor o menor interés que un pintor manifiesta al delinear las distintas figuras de su cuadro?... ¿Acaso no se perciben las emociones del alma, las temblores del pulso que cincela o colora? Ya es la claridad de una alborada, la luz de unos ojos, lo gris de un paisaje, lo que indica la predilección de un artista enamorado de su ideal, el que luego se descubre, destacándose como la impresión dominante del cuadro.
Rodríguez Larreta se ha propuesto pintar, como lo dice, una época histórica, ésta es la finalidad de su obra y no otra. Creo yo que el éxito ha
coronado sus esfuerzos; lo prueba el justo renombre de su libro prócer. Dicho sea esto sin que ello se oponga a algunas salvedades y reparos que la crítica pueda anotar, por aquello de que no hay obra humana perfecta, exenta de errores y deficiencias.
Voy a mi propósito: Casilda se enamora de don Ramiro y siente por él una de esas pasiones tan grandes como calladas. Espía sus pasos, escudriña sus miradas, tiembla en su presencia, conteniendo sus estremecimientos; el eco de su voz, el ruido de sus pasos la conmueven profundamente; pero, ¿cómo revelar su amor? ¿Cómo fijar sus ojos, preñados de tempestad, en las frías e indiferentes pupilas del amo?... Y aquí se desarrolla un drama pasional, no descrito por el autor, sino más bien visto por el lector, al través de los velos del silencio... Amor imposible, callado amor; llama comprimida, volcán cubierto con la nieve de una indiferencia estudiada. Poesía del silencio: ¿cuántas emociones duermen en tu seno, como las notas calladas en las cuerdas del arpa del poeta de las rimas, esperando la mano de nieve que las arranque y desgrane? ¿Cuánta vida palpita, cuántas ternuras se estremecen, cuántas ideas pliegan sus alas bajo tu manto, como las crisálidas en su capullo, sin que para ellas llegue la primavera que rompa su envoltura y las impulse a volar?...
Casilda sigue al amo, ávida de verlo y servirle. D. Ramiro pretende retribuir su fidelidad y atenciones, con dinero; ella rehusa la dádiva ultrajante; y el amo absorto en las incidentes de su azarosa existencia, nada ve, nada escucha ni comprende. Se embarca para América; ha partido la nave que lo conduce. Ella, abatida bajo el peso de su infortunio, de bruces sobre una roca, ve alejarse la esperanza... Se siente su respiración anhelosa; se nota el parpadeo de una llama interior que se extingue con la lentitud de una agonía prolongada y dolorosa... Las grandes tristezas suelen producir misteriosos encantos. La imaginación, para intensificar la nota poética de ese cuadro, se complace en contemplar a la joven, mísero despojo de voraz incendio, bajo las sombras melancólicas de un crepúsculo que esfuma sus celajes con los rayos mortecinos de un sol poniente. Se hunde el astro, se apaga la esperanza... Repito: en la obra nada más poético ni emocionante que aquella mujer de pálido rostro, enjutos ojos y extraviadas miradas.
Volviendo al asunto indicado, cabe interrogarse: ¿en las creaciones del genio, fuera del plan concebido, hay algunas inconscientes?... El citado señor de la Revilla sostiene que sí; pero, acaso no se le podría objetar que dichas obras, al parecer frutos espontáneos de la casualidad, son más bien exquisitas flores cultivadas por las manos de un artista primoroso que, al descuido y con cuidado, ha sabido trazar, sin propósito aparente, las líneas, cuya sabia combinación, han producido el efecto que se propuso?
Ahora, si se acepta la inconsciencia, surge otra interrogación, y es la relativa a sus grados: ¿dónde comienza y acaba este ofuscamiento brillante de la conciencia, este eclipse luminoso del criterio?... Dejemos la palabra a quienes puedan solucionar el problema de la inconsciencia y el de sus grados. A mí me parece que la figura de Casilda ha surgido de la paleta de su autor al conjuro de uno de sus genios, no invocados por él, para la creación de su obra; y que ha correspondido noblemente al agravio, iluminando con las luces más vivas y los más delicados colores, el cuadro relegado a un lugar secundario, en la galería de sus hermosos lienzos.
LA HORDA
Su lectura entristece el espíritu agobiado por la pesadumbre de tanta miseria, oprimido por el espectáculo de la carne lacerada, gemebunda, cubierta de harapos.
¡Los pobres sufren! El hambre, el frío, la desnudez, la boardilla infecta, las privaciones transformadas en dolor, la falta de dinero tejiendo la trama de la vida, de las existencias desgraciadas.
El eterno problema del pauperismo planteado como la interrogación dirigida a los pensadores de todos los siglos, a los hombres de corazón de todas las épocas...
Isidro Maltrana, hijo de un obrero, recogido por la bondad de una dama y educado pare ejercer profesiones liberales, pierde a su benefactora, y arrojado de la casa, por los herederos de aquélla, se echa a vagar por las calles de Madrid, en busca de trabajo y sustento. Frecuenta hoteles, círculos literarios, redacciones de periódicos y apenas si consigue pasar la noche tendido en un sofá o en cama prestada de su padrastro, cuando éste la abandona por las mañanas, para ir al trabajo.
Ligado a la clase estudiantil y a la plebe de los arrabales es popularísimo y simpático para todos, por la vivacidad de su ingenio y la bondad de su carácter suave y acomodaticio. Entre sus amigos figura el Mosco, obrero que para satisfacer sus gustos sibaríticos, solía algunas noches internarse furtivamente al bosque real, donde cazaba conejos, sin que fuesen suficientes para detenerlo, las descargas de los guardas.
El Mosco tiene una hija: Feliciana, linda muchacha, que sabe realzar su belleza con el tocado sencillo de las obreras de taller. Ella guisaba los perniles y conejos que su padre invitaba a Maltrana, en las frecuentes reuniones de su casa, a las que el joven asistía para matar el hambre, la eterna compañera de su vida miserable y arrastrada
Cierto día de Carnaval, en que las muchachas del barrio se disfrazaron, Maltrana encuentra a Feliciana. La joven alentada por el antifaz, y por unos sorbos de vino que había tomado, creyendo no ser reconocida, le revela su amor. -Soy amiga de Feliciana, le dice, tú no te fijas en ella; nunca has detenido tus miradas en sus ojos; orgulloso, sin duda pretendes a alguna señorona de Madrid; tal vez algunas cómicas se disputan tus amores y no reparas en la modesta obrera que tu quiere... Isidro se dio cuenta y de súbito estalló en él la pasión.
Esta es, sin duda, la escena más interesante del drama por la observación profunda y sagaz del pudor femenino que disimula sus sentimientos para revelarlos, después, en la primera oportunidad que se le presenta.
La joven acaba por abandonar a su padre y se retira con Isidro a vivir en casa del hermano Vicente, personaje cómico, introducido en la novela como un desahogo antirreligioso del autor, destinado a ridiculizar, presentando antipáticas a las personas piadosas que, si en ocasiones no prestan beneficios, como éste, que favorecía a los jóvenes, por lo menos, no causan daño, virtud negativa que, por sí sola, importa para la sociedad un beneficio positivo.
La feliz pareja bebe la copa de los placeres hasta concluir el licor escanciado. Con sus últimas gotas, esto es, con las últimas pesetas, concluye el breve período de su dicha y comienza la triste peregrinación de la miseria, sufrida en todos sus dolorosos detalles.
La simpática muchacha que, apoyada en el brazo de Maltrana, paseaba su belleza por las calles de Madrid, se cierra deformada por el embarazo, en la pequeña vivienda donde trabaja, durante el día y gran parte de la noche, emballenando corsés, a fin de ganar unos mendrugos de pan, insuficientes para los dos.
Cuánta resignación, cuánta ternura cabe en el corazón de la joven obrera que privada de calor y sustento, como las flores de aire y sol, languidece y decae tristemente, hasta que muere en el hospital, de donde su cadáver,
destrozado por el bisturí, es conducido a la fosa común... Ni lápida ni flores sobre su tumba...
La figura de Isidro Maltrana, ampliada por el autor en sus Argonautas, tiene toda la realidad de la vida: el calor de la sangre en circulación, la elasticidad de los músculos en movimiento, el vivaz centelleo de la inteligencia animada. Y así desfilan, por las páginas de la novela, todos los personajes de ella, magistralmente caracterizados por las pinceladas del eximio artista que, sobre otros, no menos grandes que él, y algunos indiscutiblemente superiores, tiene la cualidad de no ser pesado y farragoso. Fácil y ameno, siempre interesante, obliga a sus lectores a no dejar, sin desagrado, la lectura de sus obras, y basta conocerle una para procurarse las demás.
Blasco Ibañez, como muchos pensadores, se detiene ante la horda famélica que discurre por los caminos de la vida, llena de miserias, resignada unas veces y amenazante otras, en pos de un pedazo de pan, del jirón de tel