1863 Evocación a la Unión Americana
1868 Sermón al Templo del Hospicio
1868 Discurso (Monasterio de Capuchín)
1870 Carta Pastoral al Obispado
1879 Oración Fúnebre (Almirante Grau)
1889 Discurso (Concilio Platense)
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FRANCISCO MARIA DEL GRANADO
1835-1895
Bajo la cruz que irradia santidades
el ave lira de su pecho canta,
y la ola que hincha su garganta
como el mar estremece las ciudades.
La Doctrina que alumbra las edades
su sapiencia dogmática abrillanta,
y florece de amor la vida santa
en un haz de celestes claridades.
En su pluma de exegeta divino
la Verdad evangélica fulgura
como en la obra del Teólogo de Aquino.
Y en púlpito el ístico Prelado
en paloma de luz se transfigura,
por el verbo de Dios iluminado.
—Javier del Granado
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Cuando anegada en lágrimas de duelo
América la joven sin ventura
mira empapado su virgíneo velo
con los torrentes de su sangre pura;
cuando imagina que implacable el cielo
cruel, desastroso porvenir le augura,
oye entusiasta célicos cantares
que unión le dicen, perla de los mares.
Cuando el pesar nublara su alba frente,
ciprés tornando su laurel de gloria,
porque sus hijos con furor demente
la huesa le preparan mortuoria,
porque extinguirse ya su vida siente
y ve entre sombras eclipsar su historia,
súbito enjuga su angustioso llanto
y unión, repite, con alegre canto.
Los hijos de Colón nobles y bravos
no sufrirán que la vetusta Europa
en su loca ambición domine, esclavos,
a los que cubre la anchurosa copa
del árbol de los libres. Ni en sus cabos,
que ahora amenaza la extranjera popa,
flameará jamás bandera alguna
no siendo aquella que a luchar los una.
Y tú Bolivia ¡patria idolatrada!
que alto gritaste libertad un día,
¿olvidarás acaso enajenada
tus timbres, tu valor, tu bizarría;
la sangre de tus venas derramada
que el campo del honor regar solía?
¡Ah, no, que el nombre unión americana
tu ayer de glorias tornará en mañana!
Dulce es mirar unidos los hermanos
la común causa defender sañudos
y la ambición de déspotas tiranos
oponer de sus pechos los escudos;
que si hay fatiga en sus lascadas manos
no la ocasionan poderosos nudos
de ignominioso cautiverio impío,
mas sí el esfuerzo de su noble brío.
¡Unión oh genio celestial, sublime
que de la Cruz surgió del Nazareno!
ven, y a tu sello divinal imprime
en el doliente lacerado seno
de la joven América, que gime
a los amagos de un poder ajeno,
ven y bendice el amoroso lazo
que une a sus hijos en fraterno abrazo.
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PREDICADO EN LA CATEDRAL DE COCHABAMBA
«Cantemus Domino, gloriose enim magnificatus est,
Equum et ascensorem eius deiecit in mare.» Ex 15 21.-
Cuando los hijos de Israel acababan de sacudir el yugo de la servidumbre egipcíaca, cuando, pasaba la tenebrosa noche de la esclavitud, vieron rayar la aurora de la libertad, su primer cuidado fue el de expresar su profundo reconocimiento al Señor a cuyo robusto brazo debían tan inmenso bien, modulando en coro con su ínclito caudillo el sublime cántico; cuya primera estrofa he colocado al frente de mi discurso, con el fin de despertar en vosotros un sentimiento igual, en este día de grandes y gloriosos recuerdos para los hijos de Cochabamba que, animados por el noble instinto de la independencia y cansados ya de sufrir la dominación férrea de sus antiguos amos, dieron el grito de la libertad; cuyo potente eco se transmitió, con rapidez eléctrica, a los demás pueblos del Alto Perú que, después de una lucha prolongada como heroica, vieron al fin prosternándose a sus plantas al horrendo monstruo del despotismo y sepultando en las ondas de su sangre, vertida a torrentes, al Faraón de la tiranía.
Nada más justo que consagrar el recuerdo de este acontecimiento, por tantos títulos memorable, enviando hasta el trono del Dios de los libres alegres himnos de bendición y alabanza, los fervientes votos de nuestra gratitud; nada más justo, sí, que celebrar, con transportes de patriótico y religioso entusiasmo, el solemne aniversario del catorce de setiembre de 1810, en que este leal y valeroso pueblo se alzó denodado y heroico, a la voz de los esclarecidos patriotas Rivero, Arce y Guzmán, para soplar esa chispa sagrada que, desprendiéndose de las riberas del Plata, había de formar más tarde la inapagable hoguera que redujo a pavesas el cetro de los tiranos y, de cuyo inflamado seno, debía de surgir espléndida y triunfante la imagen encantadora y augusta de la libertad. En vano los Goyeneche, los Ramírez, los Nieto y los Sánchez Chávez desplegarán sus gastados recursos, pondrán en acción sus reprobadas arterías, con el inicuo objeto de extinguir sus purísimas y crecientes llamas; en vano, porque, extendiéndose éstas con increíble celeridad al departamento de Oruro y sus vecinas comarcas, consumirá las huestes realistas de Piérola en los inmortales campos de Aroma, donde la gran causa americana cosechó ¡sus primeros laureles! ¡Allí fue donde los inermes hijos del Tunari, a las órdenes del intrépido Arce, tuvieron el indisputable timbre de haber descargado el primer golpe en la orgullosa cerviz del león íbero y entonado el primer himno de triunfo!
Con todo, como el recuerdo de este suceso, si bien grandioso y espléndido, sería por otra parte infructuoso y estéril si no engendrara en nuestro espíritu inspiraciones saludables y fecundadas en la práctica, he creído oportuno aprovechar del plausible motivo que nos congrega en este lugar santo para repetiros una palabra que hoy resuena en todo el ámbito del nuevo Continente: unión, palabra mágica que, proferida en lo alto del Calvario por el Unigénito de Dios, representa el principio destinado a regenerar el mundo y, al que la humanidad se encamina, como por instinto, porque prevé que en él se encierra el anhelado secreto de sus destinos.
Esta tendencia constante a la unión universal de la especie humana se deja sentir cada día de un modo más pronunciado a medida que el mundo marcha por la senda de la perfectibilidad y del progreso que se ha trazado y por la que lo impele la benéfica mano de la providencia. Mas por una deplorable desgracia, las pasiones, triste patrimonio de los hijos de Adán, son una rémora constantemente opuesta al fácil curso del carro social, un escollo contra el que vienen a estrellarse los nobles esfuerzos de la razón, ilustrada por la religión y por la sana filosofía. El orgullo y la ambición, que despoblaron el cielo de una parte de sus felices moradores, son las dos infernales arpías que han talado, a su vez, la tierra después de anegarla en un diluvio de sangre; el orgullo y la ambición, que armaron al hombre contra el hombre y que hicieron al hombre esclavo de su semejante, son también los que han armado los pueblos contra los pueblos y las naciones entre sí.
De aquí la triste, la nunca bien deplorada necesidad de la guerra cuya infausta historia es la de la humanidad, desde los primeros días de su aparición sobre el globo que ha sido en todo tiempo el sangriento teatro de la lucha entre el derecho y la fuerza, entre la libertad y la tiranía. La libertad -he dicho- palabra que, no obstante no ser generalmente bien comprendida, llena de dulzura el labio que la pronuncia y de encanto el corazón que la reclama porque es ella el presente más valioso que recibió el hombre de las manos de Dios, que habiéndosela otorgado la respeta Él mismo. Hablo de la libertad en su verdadero, en su más noble sentido: de la libertad moral del individuo, regulada por la ley divina y por las leyes de la justicia humana que son su procedencia, libertad moral que colectivamente constituye en su conjunto la libertad civil y política, sin la que los hombres y las sociedades no podrían jamás arribar a su fin ni conseguir su felicidad.
En boca del sabio Fray Bartolomé de las Casas, «Libertas est res preciosior et inæstimabilior cunctis opibus quæ populus liber habet». Ahora bien, esta preciosa libertad, este don inestimable que conquistaron nuestros mayores a costa de tantos, tan penosos y heroicos sacrificios, la habemos hoy amagada en nuestro continente por el orgullo y la ambición de la vieja Europa; la desgraciada Méjico la llora perdida, aunque no sin la esperanza de recobrarla; otra república vecina y hermana nuestra, el Perú, se agita horrorizada a la sola idea de correr la misma suerte. En tan críticas y solemnes circunstancias, ¿podrían los hijos de Cochabamba permanecer tranquilos e indiferentes? ¡Ah, no! No ha olvidado este heroico pueblo cuán cara le costo la libertad, por la que vio en un día como éste transformarse a sus bellas hijas en otras tantas valientes Amazonas que, sobreponiéndose a la debilidad y delicadeza de su sexo, cambiaron la aguja con el sable del soldado. Pero estas escenas de valor y heroísmo no eran sino el resultado lógico de ese espíritu de unión que animaba a nuestros padres, espíritu que, gracias a Dios, no degenerará en sus hijos que unidos cual afectuosos hermanos serán invencibles y, fuertes para arrojar lejos de sus patrios lares al monstruo de la conquista que rechazan con todas sus fuerzas.
Quizá este lenguaje pudiese pareceros extraño, y tal vez subversivo, en los labios del sacerdote católico, del ministro del Dios de la Paz; pero, quién ignora que la Iglesia, cuando prescribe la sumisión y la obediencia a las potestades terrenas, habla de la sumisión y la obediencia legítimas y que en el dogma católico jamás pudo tener cabida la absurda doctrina de que el mero hecho engendre nunca el derecho. Si así fuera, quedarían legitimadas las más escandalosas usurpaciones, condenadas las resistencias más heroicas de los pueblos abandonado el mundo al ciego imperio de la fuerza. Sería cierto que la naciones debiesen escuchar cruzados los brazos y con los ojos fijos en el suelo este cruel y rudo sarcasmo. -Agachad la cerviz ante el conquistador, sus derechos se fundan en su fuerza, vuestra obligación en vuestra flaqueza- ¡Oh! sería menester entonces arrancar del espíritu humano todas las ideas de razón y de justicia, ahogar el grito de sentido común y desfoliar de nuestra historia una de sus más brillantes páginas, aquella que nos muestra la América toda levantándose como un solo hombre, para luchar brazo a brazo contra sus injustos opresores hasta quebrantar y reducir a polvo el pesado yugo que durante tres centurias oprimió sus juveniles sienes. Sería, en fin, necesario, sería justo, despojar a la virgen hija de Colón de sus más bellos atavíos para entregarla maniatada y cubierta de lodo y de ignominia al escarnio del mundo en cuyo seno se agita ¡llena de vida, belleza y juventud! ¿Y qué corazón americano deja no se siente arder en el fuego de la más santa indignación, al imaginar siquiera que un hecho semejante pudiese figurar jamás en los fastos de la historia de las naciones?
¡Ah, no! Esa independencia, comprada a tan caro precio, será conservada y defendida con tenaz denuedo por los hijos de los libres que harán de sus pechos una muralla impenetrable al plomo del usurpador audaz; tendrán todo el valor que les inspira la justicia de su causa; en su auxilio volará el Ángel custodio de la América, enviado por el Dios de los ejércitos, de Aquél que sepultó a Faraón y sus huestes en las hondas del mar, del que sostuvo, con brazo fuerte, a Josué contra los Amonitas, a Barac, a David y a los ínclitos macabeos contra los feroces enemigos de su querido pueblo israelítico.
Empero, una idea siniestra cruza en este instante mi cerebro y viene a perturbar el gozo que experimenta mi corazón, al constituirme profeta de tan halagüeño resultado, y no tengo inconveniente en comunicárosla. Yo bien sé que el cielo protege la verdad y la justicia; así me lo dice la razón; así me lo enseña la palabra revelada; en ello me confirman mil sucesos de la historia de todos los siglos. Pero también sé, por estos mismos irrefragables oráculos, que el Dios de las misericordias, el Dios Bueno, el Dios Clemente, es al propio tiempo el Dios de la eterna justicia, y en el ejercicio de este atributo suele verter la copa de su justa indignación sobre los pueblos cuando, encaminándose éstos por tortuosas sendas del vicio y de la iniquidad que Dios detesta, se apartan del Señor por su licencia, por sus desordenes y, más que todo, por su falta de concordia y de unión.
Sin ir muy lejos, y sin pretender eclipsar en lo más mínimo el brillo de esa corona de gloria y de martirio que ciñe hoy la desventurada hija de Moctezuma, ¿quién no ve la parte que ella misma ha tenido en las desgracias que la conturban, con las divisiones que desgarraron su seno? ¿A quién se oculta el lastimoso estado de extenuación y abatimiento en que cayo ese infortunado pueblo, a consecuencia de sus discordias intestinas que le arrebataron tantos y tan robustos brazos, que suministraron un especioso pretexto a la intervención extranjera y, que ofrecieron abundante pábulo a la rapacidad de las águilas del imperio, para venir a cebar sus voraces garras en las entrañas palpitantes de su ilustre víctima, y hasta cuándo arderá en discordia?
Yo os confieso ingenuamente que este terrible ejemplo me hiela de espanto toda vez que, al recordar como hoy nuestras pasadas glorias, me pregunto: cuál el fruto que hemos recogido de la abnegación, heroísmo y bizarría que caracterizaron a nuestros padres. Porque, aunque triste y doloroso es confesarlo, él no ha sido tan proficuo, tan delicioso como ellos se lo prometieron sin duda y como era de esperarse. Libres de una dominación extraña y onerosa, dueños del suelo que nos vio nacer, oímos bien pronto mezclarse, en infernal armonía, los alegres cánticos de victoria, el eco triunfal del clarín de Ayacucho con los hondos suspiros y plañideros ayes de la hija de Bolivar que, cual otra Rebeca, sentía con intenso y agudo dolor luchar dentro de su seno ¡a sus propios hijos! Sí, la historia posterior a nuestra emancipación no es sino la historia de nuestras desavenencias, la de nuestros odios, la de nuestros rencores. ¿Cuántas veces se ha escarchado este hermoso suelo digno de mejor suerte con la sangre de nuestros hermanos, vertida cruel y estérilmente en guerras fratricidas que han provocado con justicia la compasión y el escándalo de los pueblos que nos rodean? ¿Qué hay de nuestros hermanos indios, hijos del gran Manco Cápac? Por ellos rompieron nuestros abuelos los lazos inicuos mediante los cuales estábamos sojuzgados a la cruel España. Favorecidos por la providencia con todo el lujo de la creación, dotados por el cielo con inmensos e inapreciables tesoros de riqueza y provenir, hemos visto, casi siempre, emplearse la mano destinada a explotarlos, o en esgrimir el acero homicida, en fundir el plomo destructor de nuestra propia existencia, afligiendo así los venerados manes de nuestros abuelos, de los ilustres mártires de la independencia americana que, si dado les fuera sacudir el polvo del sepulcro y fijar los ojos en el sombrío y luctuoso cuadro de nuestras disensiones domésticas, alzarían su voz, con temeroso y sentido acento, para decirnos: hijos degenerados de una estirpe preclara, ¿cómo habíais olvidado así nuestro ejemplo? ¿cómo habíais derrochado la herencia de fraternidad y de civismo que os legamos a fin de que, con religioso esmero, labrarais con ella vuestra común ventura? ¡Oh, recordad que nuestras venas se agotaron para conquistar para vosotros esa patria de la que habíais hecho un objeto de ludibrio y de horror! No olvidéis jamás que la discordia es el enemigo más temible de la libertad y la siniestra precursora de la esclavitud ¡la fuente emponzoñada de la decadencia de los pueblos, de la ruina de las naciones!
Conciudadanos, hermanos y amigos míos, en nombre de la religión santa de que soy ministro, en nombre de la patria de quien somos hijos, en nombre de vuestros más caros y preciosos intereses, yo os convoco sobre la tumba de nuestros héroes para exortaros, para conjuraros a sacrificar en las aras del bien procomunal nuestras miras egoístas, nuestras miserias personales, nuestras mezquinas pasiones, nuestras animosidades y enconos, y nuestros prejuicios, a fin de ofrecer a los ojos de Dios y de los hombres el hermoso espectáculo de los hermanos unidos como si fueran uno solo, y dispuestos a conservar y sostener incólumes los sacrosantos dogmas de la Igualdad, Fraternidad y Libertad que nacidos en el Calvario vinieron un día, cual benéficos genios, a posarse en las encumbradas crestas de nuestros Andes; sobre ellos flamea hoy con vivos y variadísimos colores una sola enseña, un solo pabellón, el pabellón americano en cuyo torno se agrupan todas las gentes del Continente; borrada está la línea divisoria que las separa ¡no tenemos hoy más patria que la América, ella nos llama, acudamos a su voz!
Y si como nadie ignora, después de las obligaciones que tenemos para con el Ser Supremo, no hay otras más imperiosas ni más sagradas que aquellas que nos ligan con esta patria, arda en nuestros corazones el divino fuego de esa virtud tan decantada como poco ejercida: el patriotismo por el cual todo ciudadano debe hacer uso de su libertad, en el interés de todos y para el bien común de los asociados. Si su interés privado se halla en oposición al interés general, su deber le dice: Es necesario, urgente sacrificar la parte en favor del todo, lo particular por lo general, el individuo en beneficio de la sociedad. Mas, para esto, es menester toda la fuerza del desinterés, todo el valor de la abnegación propia, la voluntad generosa del deber, del bien ante todas las cosas y a pesar de todas las cosas. He aquí lo que constituye el verdadero patriotismo, virtud que como todas suele ofrecer algunas dificultades en la práctica, porque ella vive de luchas, de privaciones, de sacrificios. Ella requiere una razón fuerte, unida a una fuerte voluntad; supone un corazón fuerte y generoso, un alma inflexible y honrada que antepone ante todo la verdad, el bien y la justicia.
Mas ¿dónde encontraremos el germen de tan alta virtud? Dónde, yo os diré: en la religión divina de Jesús; sí, esta preciosa virtud es la hija primogénita de la caridad cristiana; su arquetipo nos ofrece la Iglesia Católica y Apostólica en sus primeros y florecientes días en los que los nueve discípulos de la cruz no tenían sino una sola alma y un solo corazón; abramos pues el nuestro a las celestes inspiraciones de la caridad, ejerzámosla hoy en una de sus más importantes manifestaciones, la piedad, la beneficencia con la porción más menesterosa, desgraciada y doliente de nuestros hermanos; será ésta una de las más puras ovaciones con la que solemnicemos la gloriosa memoria de este día ¡seamos verdaderos cristianos y seremos entonces verdaderos patriotas! Y si esta debe ser en todo tiempo la regla de nuestra conducta, ella reviste un nuevo carácter de actualidad y de urgencia en las presentes circunstancias, en los momentos solemnes que atravesamos, viendo como vemos seriamente amagada la autonomía de una república hermana, y con ella tal vez la nuestra, por la injusticia de una nación estimulada por sórdida codicia; parece que pretendiere beber el resto de sangre que pudo escaparse a su voracidad en el corazón de la joven América que espió de un modo tan espantoso el delito de haber recibido del cielo tantos elementos de riqueza y de gloria; que pagó tan caro los beneficios que le enrostra la España, su antigua madre, beneficios que en la indeclinable balanza de la justicia pesan bien poco si en el platillo opuesto se suspenden los males de que la colmó, males cuyo germen aún no ha desaparecido del todo entre nosotros después de cuarenta años. Sí, no temo equivocarme al asegurar que los vicios más dominantes que traban hoy a las naciones sudamericanas son la funesta herencia que nos legó la Metrópoli. Si le debemos reconocimiento por una parte; por otra merece nuestro perdón; por ninguna nos hallamos en el caso de abdicar nuestra dignidad de hombres libres, ni de consentir se canonice con culpable indolencia el latrocinio, la ambición y todo ese monstruoso conjunto de inicuas pretensiones, encaminadas a realizar con escándalo del mundo y mengua de la civilización ¡el terrible, el bárbaro derecho del más fuerte!
¡Ah! esa Religión sublime, bajo cuyos auspicios consagramos el recuerdo de este día: esa Religión sublime que nos prescribe la unión recíproca y la defensa justa será la estrella que guié nuestra nave en medio de la tormenta que oscurece con pardos nubarrones el horizonte de la patria y cuyo sordo tronar se escucha en las ondas del Pacífico; sus aguas serán la tumba de nuestros guerreros antes que presenciar la horrorosa imagen de la reconquista, asentando su tenebroso solio sobre los brillantes escombros de la democracia. ¡Ah, no! No llegará nunca el aciago día en que la América del Sur vea por segunda vez flamear ante sus ojos anegados en llanto el sangriento pendón de la tiranía, en que las ninfas de sus bosques huyan despavoridas al aterrador León de Iberia cuyas fuerzas supo abatir en cien combates. ¡No lo consentirá el Dios de los libres! ante Cuyo altar derramamos hoy los férvidos votos de nuestra gratitud y a Quien por siempre se tributen el honor de la magnificencia y la gloria.
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PREDICADO EN LA INAUGURACIÓN DEL TEMPLO DEL HOSPICIO
Católicos, cuando considero que hace poco más de ocho años, me cupo la honra de dirigiros la palabra, en este mismo lugar, con ocasión de haberse trazado el plano y colocadose la primera piedra de este augusto edificio, bajo cuyas suntuosas bóvedas nos hallamos congregados hoy; cuando traigo a la memoria, que entonces no esperé, que ninguno de los que asistimos a aquel acto, presenciase esta segunda solemnidad que anuncia la casi completa coronación de una obra que, por las circunstancias tan desfavorables en que se emprendió, parecía imposible se finalizara en el corto período de tiempo que ha transcurrido desde aquella fecha; sin contar como no contaba anticipadamente con todos los elementos necesarios para obtener su pronta conclusión. Cuando pienso, digo, que lo que fue entonces para mí una lisonjera pero remota ilusión es ahora una positiva y consoladora realidad, sólo acierto a expresar las vivas y dulces emociones, el puro y entusiasta regocijo que rebosa mi corazón, prorrumpiendo ufano y gozoso con el Salmista: «In domum Domini ibimus». Sal 122 1.
¡Bajo cualquier punto de vista, pues, que se considere, hermanos míos, la erección de este Venerable y hermoso Santuario, encontraremos mil justas y poderosas razones que motivan el fervoroso júbilo de que, a juzgar por lo que en mí pasa, os supongo profundamente penetrados al concurrir a la sagrada función con que hoy se inaugura! Ni podía ser de otra manera, siendo así, que como nadie lo ignora, la adquisición de un bien cualquiera que él sea, produce necesariamente la expansión y el contento en el alma del que lo posee; y nosotros acabamos de adquirir un cúmulo de bienes de todo género: como cristianos, en el orden espiritual, el más noble, digno y elevado; como ciudadanos en el orden moral y social, cuya mejora es de tanta magnitud y trascendencia; y finalmente, en el orden estético y material, como hombres amantes de la belleza artística, del ornato y progreso industrial de nuestro país, ventaja que si bien ocupa un puesto secundario, merece no obstante, fijar nuestra atención.
¡Oh! Alcemos, pues, nuestros ojos al cielo, y bendigamos humildes y reconocidos al Señor, cuya liberal y benéfica mano nos regala tan inestimable presente. Ofrezcámosle a porfía, nuestros más fervientes votos, nuestros más rendidos homenajes, en acción de gracias, por haber removido los obstáculos, facilitado los medios, reanimado la piedad de los fieles y sostenido la loable constancia de estos ilustres cenobitas, para haber erigido este precioso monumento consagrado a su gloria, este magnífico y majestuoso alcázar en que será su excelso nombre bendecido eternamente y al que hemos acudido ahora llenos de santa y deliciosa alegría.
¡Inmaculada y Santísima Madre de la Divina providencia! Vos bajo cuyos maternales auspicios se ha edificado este templo para que en él more, Él que habitó nueve meses en vuestro seno purísimo; Vos que tan vivamente interesada estáis por la mayor honra y gloria de vuestro Divino Hijo, y que con tanta solicitud y ternura queréis y procuráis el bien de los que hemos sido rescatados al precio infinito de su sangre; Vos en fin, que en todo tiempo voláis en auxilio del menesteroso que os invoca, no me neguéis ahora, vuestro eficaz amparo, a fin de que yo pueda, inculcar con fruto, en el ánimo de mis benévolos oyentes, las breves reflexiones que me sugiere el grato motivo que hoy aquí nos reúne. Así espero lo haréis, Madre clementísima, pues nunca habéis desmentido que sois y seréis siempre la fiel dispensadora de la gracia de que fuisteis llena.
Católicos, si es un axioma psicológico que el hombre es, como nos lo dicen de consuno, la razón y la fe, un ser compuesto de dos sustancias tan diversas como íntimamente unidas entre sí, a saber: el espíritu y la materia, el alma y el cuerpo. Si es del mismo modo exacto y evidente, que este último, por medio de los órganos de que está dotado, es el vehículo indispensable de las percepciones igualmente que de los sentimientos que residen en aquélla, es a todas luces claro y comprensible, aun para el más vulgar buen sentido: que el Culto Religioso externo y público, es una necesidad inherente a la naturaleza humana, que siendo la primera y la más noble de las creaciones de Dios, si se exceptúa la creación angélica, y la única capaz de conocerle y amarle en este mundo, no puede sin hacerse culpable de un enorme crimen, romper los sagrados vínculos que tan fuertemente la ligan con su Divino y Bondadoso Hacedor. No puede, sin destruir las condiciones esenciales de su ser, rehusarle el legítimo tributo de adoración y amor, respeto y gratitud que
Aquel tiene derecho a exigirle ya privadamente y como a individuo, ya colectivamente y como a sociedad.
Así se explica por qué en la cuna de todas las naciones del orbe, sin excluir las tribus mas embrutecidas y bárbaras, encontramos ante todas cosas, un altar, y un sacerdocio; circunstancia que con tanta razón, obligó a decir al célebre Plutarco que hallaréis pueblos sin literatura, sin leyes, sin casas, sin murallas, sin teatros, sin moneda; pero no encontraréis jamás pueblos sin Dios, sin plegarias, sin sacrificios; pues nunca se ha visto ni verá un pueblo semejante, por lo que cree más fácil que exista una ciudad edificada en el aire, que un pueblo sin religión.
Es tan sensible y palmaria esta verdad, que los incrédulos mismos se han visto forzados a reconocerla y confesarla innumerables veces. La Religión reducida a lo puramente espiritual, no tardaría en verse relegada a la región de la luna. Es pues según eso indudable, hermanos míos, que el alma necesita de signos exteriores para manifestar los sentimientos que abriga interiormente y muy en especial los que se refieren a Dios, los cuales desaparecerían fácilmente del corazón de la mayor parte de los hombres, si no se les excitase y fomentase de continuo, por medio de objetos materiales, que hiriendo los sentidos corpóreos, produzcan y sostengan en ella impresiones vivas, profundas y duraderas. He ahí expuesta y justificada, por la simple razón natural, la existencia de ciertos lugares particularmente destinados a la satisfacción de esta necesidad imperiosa y al cumplimiento de este deber sagrado del hombre con respecto al culto religioso.
Y si del terreno de la filosofía y de la historia profana, pasamos al de la revelación Divina, hallaremos en solemne comprobante de cuanto os llevo dicho: que el mismo Dios, así que hubo promulgado sus leyes sacrosantas, sobre la abrasada y fulgurante cumbre del Sinaí, ordena inmediatamente a su siervo Moisés la construcción de un tabernáculo sobre el que descienda su gloria y brille su imponente majestad; en el que su pueblo fiel le ofrezca sus preces, oblaciones y holocaustos. Veremos que Jacob al despertar de su misterioso sueño, consagra al Señor el dichoso sitio en que le plugo mostrársele: exclamando, sobrecogido de reverencial temor, que atinaba con la casa de Yahveh y que la puerta daba hacia el cielo; que David concibe el designio de edificar un templo al gran Yahveh, quien, por boca de su profeta, se lo impide, anunciándole que semejante honra estaba reservada al pacífico Salomón, el cual construye en efecto, apurando los recursos de la riqueza y del arte, aquel famoso edificio, asombro de las naciones, maravilla del mundo, en el que promete morar el Santo por esencia, escuchar y recibir las oraciones y ofrendas de su querido Israel.
Más tarde, llegada la dichosa plenitud de los tiempos, el cristianismo, profundo conocedor de la naturaleza humana, ha establecido y conservado la loable costumbre de erigir templos y basílicas en honor del Dios viviente, a despecho de las insensatas declamaciones de la impiedad de todos los siglos, parodiada últimamente por el racionalismo moderno que acusa a la Iglesia Católica de haber querido circunscribir la majestad del Altísimo en un recinto material; de haber alejado de su compañía a Dios, confinándolo dentro de los límites de un estrecho tabernáculo... Como si la Iglesia intentara jamás encerrar entre paredes y columnas la inmensidad Divina, como si ella no enseñara al niño incipiente, en la primera hoja del Catecismo, que Dios está en todas partes, que todo lo penetra, todo lo ocupa, todo lo llena con su adorable presencia: ¡como si nosotros ignorásemos que la Divinidad no ha menester de templos para sí misma cual un monarca necesita de un palacio para la ostentación de su grandeza y poderío, que la creación con todas sus bellezas es un átomo fugaz y deleznable para Aquél que tiene por escabel de su trono los soles y los mundos! Como si no comprendiéramos, en fin, que nosotros débiles y miserables criaturas, somos los que necesitamos de estos lugares consagrados a Dios, para poder nutrir y sostener nuestras ideas y sentimientos religiosos; para auxiliar nuestra flaqueza, elevando y poniendo en contacto nuestro espíritu con el Autor de toda verdad y de todo bien; para exhibirnos reunidos en su presencia, como hijos de una misma familia a la vista de nuestro Padre común, estrechando así los dulces vínculos de nuestra afectuosa fraternidad; para conservar en nuestro entendimiento encendida siempre la antorcha de la fe, y en nuestro corazón el fuego purísimo de la virtud. Efectivamente, hermanos míos, a quien de nosotros se oculta que por grandes, suntuosos y espléndidos que fueran los templos que consagrásemos al Eterno, no podrían nunca ser una mansión digna y correspondiente a su inmensa majestad, a su excelsitud infinita. Muy convencido de ello estaba el gran Salomón, cuando le decía: «Ergone putandum est quod vere Deus habitet super terram? si enim cælum, et cæli cælorum te capere non possunt, quanto magis domus hæc, quam ædificavi?». 1 R 8 27.
¡Y para que no dudásemos jamás de la grata complacencia con que acogió el Omnipotente tan humilde y fervorosa oración, un fuego milagroso descendido del cielo, consumió al punto las numerosas víctimas que cubrían el altar, y la majestad divina llenó el recinto sagrado, bajo el emblema de una brillante nube por la que, envueltos como en un manto de luz los Israelitas, prorrumpieron extasiados en alegres himnos de bendición y alabanza al Autor de aquella maravilla! Y cuenta, hermanos míos, que aquel templo no debía contener sino sombras y figuras: las tablas de la ley, el maná del desierto, la vara prodigiosa de Aarón; en sus altares de bronce no debía verterse otra sangre que la de los animales y sus bóvedas de oro y cedro sólo habían de resonar con el acento de los profetas. ¡Mientras que en nuestros templos habita personalmente el Dios que dictó la ley, en ellos se guarda el pan vivo bajado del cielo; un pueblo de adoradores en espíritu y verdad llena las sagradas naves, el altar está enrojecido con la sangre redentora que borra los pecados del mundo y los ecos repiten la voz del Soberano de los profetas! ¿Qué extraño es pues entonces, que al penetrar en ellos, crea el hombre traspasar los confines del mundo, para trasladarse a una región inaccesible a los cuidados y aptaciones de la vida, donde se tranquiliza el alma, se consuela el corazón, se amortiguan las pasiones y se despiertan esos nobilísimos sentimientos que constituyen la alta dignidad del rey de la creación, que reproduce en sí la viva imagen del Supremo monarca de los cielos que encuentra sus delicias en morar con los hijos de los hombres? La fuerza del hábito hace otra parte que la mayoría de los hombres contemple, con indiferente frialdad, el grandioso espectáculo de la naturaleza; al paso que es muy difícil penetrar al interior de un templo, sin sentirse poseído de un religioso respeto, de un recogimiento santo que nos induce, con más o menos eficacia, a humillarnos en la presencia del Señor, a concentrarnos en nosotros mismos, a contemplar las verdades eternas cuya saludable meditación suele ser tan olvidada por el aturdimiento que producen los negocios y placeres mundanales. Todos y cada uno de los objetos que allí encontramos nos mueven a consideraciones de un orden superior que, cayendo cual lluvia bienhechora, sobre el terreno agostado y marchito de nuestro corazón, lo vivifica, lo fertiliza, y hace brotar en él los gérmenes de la verdad y del bien, de la dulce paz, del sosiego envidiable del espíritu, el cual necesita para vivir, una atmósfera apropiada, un alimento análogo a su naturaleza, capaz de reparar sus fuerzas enervadas y amortecidas por el pernicioso influjo del medio material que le rodea en el seno del mundo -del mundo cuyo bullicio no puede dejar de aturdirnos, hastiarnos y hacernos desear, siquiera por un instante, la soledad y silencio del Santuario- ¡Oh! ¡Es muy pesada sí, la atmósfera que nos rodea para que no suspiremos por gozar, alguna vez, las puras y refrigerantes brisas del cielo, a la sombra del árbol de la vida plantado en medio de nuestros templos que, a semejanza de esos verdes oasis que se encuentran en los abrasadores desiertos de la Libia, ofrecen al cristiano peregrino el agua que brota hasta la vida eterna, para humedecer su labio desecado, para calmar la ardiente, la inextinguible sed de lo infinito que le devora!
¡Por eso, ellos se llaman y son verdaderamente casas de oración! a donde aquél que, herido por el dolor, acude a dirigir sus plegarias al Dios de todo consuelo, no puede salir desconsolado ¡Oh! ¡nunca, jamás, podrá salir desconsolado el hijo que entra en la casa de su buen padre a implorar en sus cuitas, auxilio y protección! Él lo tiene dicho: «Petite, et dabitur vobis; quærite, et invenietis; pulsate, et aperietur». Lc 11 9.
Ya comprenderéis ahora, hermanos míos, por qué el universo con toda su magnificencia, no dice al corazón lo que la modesta iglesia de una aldea; pues en la cima de los montes, bajo la vasta bóveda azul del firmamento, no hallamos ni el altar, ni la cruz, ni la santa mesa, ni el tribunal de la misericordia, y ninguno, en fin, de aquellos símbolos tan elocuentes, tan persuasivos y conmovedores, tan ricos de recuerdos y sobre todo de acción tan eficaz sobre los sentidos y por consiguiente sobre el espíritu y el corazón, entre los cuales figuran las imágenes de los santos con las que la Iglesia católica recuerda a sus hijos la sublime y tierna comunión que existe entre ellos y los felices moradores de la Jerusalén celestial, les muestra a los santos como presentes a las oraciones de la tierra; los constituye protectores de los pueblos que edificaron con sus virtudes a cuyas imitaciones exhorta y excita. Ella quiere además, que veamos, en los templos materiales, una imagen de nuestros cuerpos que son templos vivos de Dios, purificados con el agua del bautismo, sellados con el sello de la gracia santificante, ungidos con el óleo de los sacramentos, iluminados con la luz del Evangelio y destinados eternamente a una inmortalidad gloriosa, por eso el Señor se muestra tan solícito y celoso de la Santidad de estos templos, «Nescitis quia templum Dei estis, et Spiritus Dei habitat in vobis?». 1 Co 3 16. ¡De aquí el deber que tenemos de limpiarlos, adornarlos y conservarlos mediante el ejercicio de todas las virtudes, de una manera digna del Dios que en ellos reside! Permitidme ahora que os pregunte, hermanos míos, ¿lo hacemos así por ventura? ¡Oh! ¡válgame Dios! ¡Cuantos hombres, como dice el Crisóstomo, cuidan más de sus pesebres y caballerizas, que del templo de su alma! Cristianos que me escucháis, ¿queréis conservar sin mancha ese viviente santuario? venid con frecuencia al templo, ¡pues el hijo que huye del hogar paterno, no podrá ser jamás buen hijo, buen esposo, buen padre, buen hermano, buen amigo, buen ciudadano! Almas justas, si os alejáis de este lugar santo, si vuestras miradas os desvían de las cosas celestiales, para dirigirse a las de la tierra, no tardaréis en ser arrebatadas por el voraginoso torbellino de la tentación. Débiles tallos os troncharéis al primer soplo del huracán de las pasiones: columnas separadas del edificio, no podréis teneros firmes y caeréis hechas pedazos al golpe de vuestra impetuosa caída. No olvidéis que la fuente más pura, pierde su limpidez y trasparencia: ¡el paso de un insecto la remueve y enturbia, el soplo del viento agita y corruga su tersa superficie!
Y si el templo del Señor es para el justo un lugar de sostén, de expansión y consuelo; para el pecador arrepentido es un lugar de rehabilitación y de luz en el que sus miradas tropiezan aquí con los tribunales sagrados, donde movido por las exhortaciones de un director compasivo y celoso, prometió mudar de vida y reprimir sus viciadas propensiones: allí con el altar donde en otro tiempo sustentó su alma con el cuerpo adorable de Jesucristo, que murió porque él viviera; más allá, descubren la cátedra donde no se ha cesado de distribuir el pan de la divina palabra, ni de combatir los desordenes y excesos de su vida criminal, mostrándole sus fatales consecuencias, acullá distinguen postrada de hinojos una persona virtuosa y timorata cuya piedad la confunde y condena. ¡Todo en fin, todo le acusa y le enrostra su negra ingratitud para con Dios, lo cual no tarda en producir, en él, un principio de arrepentimiento, de reforma, de justificación, viniendo luego la gracia a colmar el hondo abismo que abriera la iniquidad!
Y quién no ve, católicos, la inagotable fecundidad de este suelo sagrado para producir tan abundantes y preciosos frutos en el orden espiritual y por consecuencia necesaria en el orden moral y social que de aquél se derivan? Pero aun hay más: el oro, la plata, los adornos y preciosidades con que decoramos nuestros templos, fuera de fomentar y dar pábulo a las creaciones de la industria y del arte, nos hablan también a su modo, y nos dicen: que siendo Dios el Árbitro Supremo, Creador y dispensador de todos los bienes, obligación nuestra es ofrendarle el oro, las riquezas y las producciones del talento y del genio; pagándole, así, el justo tributo de todas las cosas que de su pródiga y benéfica mano hemos recibido. Este homenaje de gratitud y adoración es un nuevo título para merecer más y más sus inapreciables dones.
La pompa, que el culto católico despliega en nuestros templos, no es pues solamente un manantial perenne y fecundo de bienes espirituales sino que además suministra -como llevo dicho- el trabajo y la subsistencia a un sin número de individuos y familias, en especial de la clase proletaria cuya industria promueve y conserva con el consumo de los variados objetos que emplea en su esplendor y sostenimiento. Llamar, como lo han hecho muchos que se titulan enfáticamente amigos del pueblo, superfluas y vanas las erogaciones del culto religioso es la más refinada crueldad contra la indigencia. La Iglesia no piensa de este modo, y prescindiendo de que toda pompa por espléndida que fuese, es una débil y pequeña manifestación de la criatura al Creador; ella tiene en mira que el pobre cuente con una casa común donde pisen sus pies ricas alfombras, ya que le está prohibida la entrada a los mullidos estrados de los opulentos del mundo: quiere que el pobre se siente lado a lado del rico fastuoso y se arrellane en los sofás con que le brinda, ya que en su mísero albergue, no tiene los divanes orientales en que descansan los modernos epulones: ¡quiere que el oído del menesteroso se recree con las melodías de la música sagrada, ya que las puertas de los teatros y festines se han cerrado para él y que olvide así siquiera por un instante, su miseria, su angustia, sus privaciones y padecimientos, a fin de que no le asalte la siniestra idea de atacar al rico en su propiedad para proporcionarse las comodidades, ventajas y placeres de que aquél disfruta!
Destruir las iglesias es aniquilar el culto y con él la religión; destruir la religión es remover las bases fundamentales de la sociedad. ¡Ah! en vez de derribar las iglesias o disminuir su número, es preciso levantar otras nuevas, cuantas más se construyan, menos cárceles abriréis: pues el culto divino público, es el lazo social mas poderoso y fuerte que une a todos los miembros de la familia humana, en la casa de su común y legítimo padre, Dios.
Decidme ahora, católicos, si hay razón bastante, para celebrar llenos del más puro regocijo, la dedicación de esta santa casa, que así nos va a colmar de tantos y tan inestimables bienes; para prorrumpir estáticos de gozo y alegría. Empero, nuestro entusiasmo y alborozo deberán ir aun mas allá, si a todo lo que llevo expuesto se añade la consideración de que este nuevo santuario nos ofrece un depósito de sacerdotes distinguidos por su doctrina, su piedad y su celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Efectivamente, ¿quién de nosotros puede sin injusticia, algo más sin ingratitud, desconocer los grandes e importantes servicios que, con el exacto y escrupuloso cumplimiento de su ministerio, prestan estos beneméritos religiosos, en obsequio de la salud espiritual de los fieles? Mas, aun cuando estas relevantes prendas no los hiciesen acreedores a nuestra benevolencia y a nuestro respeto, sería sobrado y poderoso título para comprometer nuestra gratitud en favor suyo, este magnífico monumento que atestiguará perpetuamente a la vez que la preclara piedad de sus principales autores, el decidido y generoso interés que los anima hacia nosotros, que hemos visto el infatigable tesón que han desplegado, para levantar y dar cima a una obra que, sin su admirable constancia, sin sus nobles esfuerzos, no habría podido llevarse a cabo, si se atiende a la naturaleza de su construcción y a las difíciles circunstancias del lugar y de la época en que se ha emprendido. Y no creo que haya ninguno entre vosotros, que no sienta y confiese esta verdad altamente honrosa para estos dignos y laboriosos operarios de la mies evangélica. Verdad que por sí sola, es más que suficiente para obligar nuestra más viva y profunda gratitud hacia ellos; para extinguir de una vez por siempre, en nuestro espíritu, las mezquinas preocupaciones de un nacionalismo falso y mal entendido que nos induce, frecuentemente, a desconocer y despreciar el verdadero mérito, sólo porque él se encuentra en individuos que no nacieron en el mismo espacio de terreno en que nosotros nacimos. ¡Cuánta injusticia, qué estrechez y trastorno de ideas y cuán poca nobleza de sentimientos arguye semejante conducta! Seamos pues justos, hermanos míos, amemos nuestra patria con un amor sincero e ilustrado, queramos su bienestar y su progreso, cualquiera sea la latitud de donde ellos nos vengan: reflexión que adquiere mayor fuerza, cuando se trata del sacerdote católico cuya patria es el mundo entero, al que fue enviado a evangelizar, por Aquél que dijo a sus apóstoles: «euntes... docete omnes gentes: baptizantes eos in nomine Patris, et Filii, et Spiritus sancti». Mt 28 19
Afortunadamente y para honra de nuestra religiosa y sensata sociedad, la gran mayoría que la constituye está muy distante de estas pueriles y odiosas prevenciones; dígalo sino la munificencia y liberalidad de tantas personas que, con sus donaciones y limosnas, han contribuido a la erección de este santo edificio hasta el estado tan lisonjero en que se encuentra. ¡Plegue al cielo! que el número de tan piadosos colaboradores crezca y se aumente de día en día, a fin de que dentro de breve tiempo nos quepa la gloria de verlo definitivamente concluido y decorado. ¡Así el pueblo cochabambino dará un nuevo y elocuente testimonio de su adhesión proverbial al catolicismo, y de ese espíritu emprendedor y progresista que forma su carácter y lo impele a acometer animoso todo cuanto pueda influir en la mejora y engrandecimiento de su hermoso suelo, para el que esta solemne inauguración en el año que hoy empieza, será, no lo dudéis, un seguro presagio de prosperidad y de ventura!
¡Inmortal y augusto soberano de los cielos! ¡a cuya gloria se consagra este venerado alcázar donde se va a inmolar, por vez primera, la sacrosanta y purísima Víctima del calvario, esa hostia de paz y de salud que no obstante nuestra indignidad y pequeñez os obliga a mirarnos con ojos de paternal clemencia! ¡aceptad pues propicio, los votos que os hacemos, escuchad indulgente las plegarias que os enviamos y derramad magnífico vuestras celestes bendiciones sobre este pueblo que os confiesa, adora y glorifica! y si los reyes de la tierra, al tomar posesión de sus frágiles palacios, se ostentan dadivosos y liberales con sus súbditos; ¿cómo no os mostréis vos grande y misericordioso en este día, en que cubierto con los velos eucarísticos, haréis vuestra entrada solemne a este templo donde se os tributará el culto de que sois digno? ¿Cómo no locupletaríais nuestros corazones con las infinitas riquezas de vuestro amor y bondad inagotables? ¿Cómo dejaríais de compadecer nuestros males, de curar nuestras heridas y de enjugar nuestras lágrimas...? ¡Ah! ¡no, gran Dios! Señor, esperamos confiados los poderosos auxilios de vuestra gracia en el tiempo y vuestra visión beatífica, vuestra gloria perdurable en la feliz eternidad -que os, deseo-
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
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PRONUNCIADO CON MOTIVO DE LA INSTALACIÓN SOLEMNE DEL NUEVO MONASTERIO DE CAPUCHINAS DE JESÚS CRUCIFICADO
«Beati immaculati in via,
Quia ambulant in lege Domini». Sal 119 1.-
Con cuánta propiedad se aplica, hermanos míos, este verso del Salmista a esa selecta y preciosa porción de almas fieles que, noblemente estimuladas por el santo deseo de la perfección evangélica, renuncian el mundo, sus placeres e ilusiones para consagrarse enteramente al Señor. Cuando digo mundo entiendo por esta palabra esa insensata muchedumbre que, sumergida en los goces y cuidados terrenales, vive en un completo olvido de Dios y de sí misma; ignorando, mejor dicho, desconociendo espontánea y temerariamente el fin principal de su creación, cual si no tuviera más destino que la nada, ni otro porvenir que el de apurar, hasta donde sea posible, la copa del deleite. Hablo, sí, de ese mundo que renuncia solemnemente el cristiano, al borde de la pila bautismal, como a uno de los más peligrosos enemigos de su salvación; de ese mundo al que, según San Agustín, se refiere el Profeta de Patmos cuando dice que no conoció al Salvador.
Es cierto que todos estamos en la obligación de buscar, ante todas cosas, a Dios que es nuestro primer principio y será nuestro último fin; pero, desgraciadamente y por lo general, no cumplimos este deber sagrado porque carecemos de resolución bastante para romper el ominoso yugo de las pasiones que nos tiranizan y, para resistir a los falaces halagos del mal que nos seducen. No así esas almas que conciben y ejecutan el generoso designio de obligarse al servicio Divino de un modo perpetuo e irrevocable; de emplearse en levantar, noche y día, sus puras manos al cielo a fin de atraer sobre la tierra el rocío de las celestes bendiciones, las cuales merecen con justicia formar parte de la dichosa y bienhadada estirpe de los que buscan, de veras, al Señor.
¡Oh! felicitémonos al ver multiplicarse, en nuestro país, tan noble, tan ilustre progenie. Y tributemos humildes gracias a la Providencia, que se apresura a prodigarnos dulcísonos consuelos mediante el ensanche del culto religioso y de las instituciones monásticas, que oponiendo un dique al torrente devastador del vicio, y ofreciendo poderosos estímulos a la virtud, son un germen fecundo de progreso y ventura para los pueblos.
Dígalo sino esta nueva comunidad que se instala hoy, pocos meses después de la inauguración del vecino Templo, cuya importancia tuve la honra de manifestaros en otro discurso, cumpliéndome, ahora, la de hacer una breve apología de los institutos religiosos, con la mira de disipar, en cuanto esté a mis alcances, ese espíritu de hostilidad y prevención, pronunciado tenazmente contra ellos en la calamitosa época en que vivimos.
Espero ¡Oh Virgen de las Vírgenes! que me otorgaréis bondadosa y benigna vuestro amparo, siendo como sois la excelsa Emperatriz de esa cándida falange que milita bajo vuestras banderas, y en cuyo obsequio me propongo hablar, ave maría.
Tarea ciertamente difícil y penosa es, hermanos míos, la del ministro de la Religión que se propone hacer la apología de los conventos, a la faz de un siglo como el presente, en el que infatuado el hombre al contemplar sus numerosas conquistas sobre la materia, ha acabado por someterse servilmente bajo el imperio de esa misma materia que se gloria de dominar, con despótica soberanía. Tal es, en efecto, lo que la historia contemporánea nos muestra, toda vez que volvemos los ojos hacia esos países cuya civilización y cuyos prodigiosos avances son incitadores de nuestras aspiraciones y de nuestra envidia; lo que prueba la funesta disposición en que nos hallamos, de acoger sin examen la errónea doctrina, de que la ventura de los pueblos debe medirse por la mayor suma de bienestar material posible, y de que por consecuencia, todo lo que no se encamine a procurarlo, es ya que no pernicioso, estéril y de ningún provecho; teoría que envilece y degrada al hombre, el cual necesita, sobre todo, perfeccionar su alma hecha a imagen de Dios, por el solícito esmero en procurarse, con preferencia, los bienes incorruptibles y perdurables, en cuya posesión consiste principalmente su feliz, inmortal y glorioso destino. «Quærite», dice el celestial Maestro, «primum regnum Dei, et iustitiam eius: et hæc omnia adiicientur vobis» Mt 6 33, palabras que establecen del modo más terminante y explícito, la superioridad intrínseca del espíritu sobre la materia. No queráis, sin embargo, que yo intente desconocer los deberes que tenemos con relación al cuerpo, ni la moderada solicitud en satisfacer sus exigencias y necesidades, no, porque esto sería extravagante y absurdo, como quiera que el hombre es un compuesto de dos sustancias, que no es dado nunca separar completamente, sin destruir el fondo de su naturaleza; pero sí afirmo sin temor de equivocarme: esos mismos deberes relativos a nuestra parte animal tienen que estar forzosamente subordinados a las leyes espirituales y morales que figuran en primera línea, en superior escala; so pena de abdicar ignominiosamente el cetro de monarcas de la creación y confundirnos con las bestias que pacen la yerba.
Por consiguiente, todo lo que conduzca a favorecer el desarrollo y perfección del espíritu, a depurarlo de sus manchas, a unirlo más estrechamente con su Divino Autor, no puede menos que ser grande, digno, respetable y noble; no puede menos que ejercer una influencia tan positiva, como bienhechora, en nuestro corazón natural e instintivamente amante de la grandeza, la bondad y el heroísmo, y ¿quién osara negar que estos brillantes caracteres distinguen a las comunidades religiosas y, en especial, a las del bello sexo, que ofrece a los ojos atónitos del mundo, de los ángeles, y de los hombres, el imponente, conmovedor y sublime espectáculo de la pureza, la abnegación y el desprendimiento en su mayor altura?
Si pues, como católicos, reconocemos por verdadero y divino el Código Santo del Evangelio, no podremos jamás zaherir ni menospreciar impunemente estas instituciones venerables que arrancan su origen y su modo de ser de aquella fuente purísima. Consultad sino la historia y hallaréis, desde la aparición del cristianismo, un sinnúmero de personas de uno y otro sexo que, alumbradas por una luz superior, se dedican a la práctica de los consejos del Dios Hombre, con el loable fin de obtener la más alta perfección moral asequible sobre la tierra; ni pudo ser de otro modo, pues de lo contrario, Jesucristo habría dado al mundo lecciones impracticables y consejos ilusorios, lo que no se puede afirmar sin blasfemia, ¿o se dirá que, bastando para conseguir la eterna bienaventuranza la observancia de los preceptos, es una supererogación inconducente? Sería eso así, si al potente impulso que diera Jesucristo a la humanidad regenerada, si a la voz irresistible con que la invito a copiar en sí, su imagen perfectísima, no hubiera surgido, como por encanto, una multitud de almas ardorosas cuyo fervor no quedase satisfecho, con el mero cumplimiento del deber.
Hacer cada uno lo que debe, no hacer mal a nadie y suum cuique tribuendi, es el ideal más acabado de la sabiduría humana; respetar el derecho, y cumplir el deber era el grado supremo a que pudo elevarse la filosofía gentilicia, cuyas doctrinas no llegaban siempre ni aun a ese tipo tan vulgar. Efectivamente, el cumplimiento universal del simple deber sería, por sí solo, muy apetecible; mas, para que la inmensa mayoría de los hombres se resolviese a ello, era en extremo conveniente hacer desfilar ante sus ojos virtudes decididas a subir más alto; para que, estimulada por el ejemplo de una minoría heroica, marchara con más facilidad y eficacia a su perfección. Tal ha sucedido con el cristianismo, en cuyo seno se ha encontrado siempre a esa generosa minoría, caminando sobre las huellas de Jesús, conmovida por estas palabras: «Estote... vos perfecti, sicut et Pater vester cælestis perfectus est», Mt 5 48; dispuesta a lanzarse en su compañía, más allá de los límites del precepto y de las fronteras del deber; exclamando férvida y entusiasta -lo bueno no es bastante, queremos lo mejor; el deber es poca cosa, queremos el sacrificio-.
Ved ahí el móvil, ved ahí el blanco de la vida religiosa, que es, bajo este punto de vista, una causa poderosamente aceleratriz de progreso, en el orden moral.
Pero, aun sin tener en cuenta la notable circunstancia de que los institutos religiosos tienen, en favor suyo, la autoridad expresa del Evangelio y la palabra indefectible del Divino Enviado, que no puede cambiar ni sufrir alteración alguna con el transcurso del tiempo, como acontece con las doctrinas que proceden de la débil razón humana; el sentido común y la sana filosofía nos dicen que es preciso, ya que no respetarlos, dejar por lo menos de combatirlos, de un modo innoble, injusto y sistemático puesto que, lejos de ocasionar mal ninguno, contribuyen, en gran manera, al sostén, dignidad, esplendor y prestigio del imperio santo de la virtud. Y si esto es así, cómo no es posible desconocerlo, ¿habrá cordura, sensatez y sabiduría en condenarlos magistral y despiadadamente, en calificarlos como rémoras invencibles del progreso, como un anacronismo injustificable del Siglo de las Luces? No me podréis negar que esto es lo que se ha dicho y lo que se repite de ordinario, por muchos de vosotros; permitidme ahora dirigiros una pregunta: ¿no es evidente que en nuestro siglo, más que en ningún otro, se proclama a voz en grito la libertad, la tolerancia y el respeto a los fueros de la conciencia? Y bien, ¿cómo canceláis ese principio tan preconizado, tan exigentemente reclamado en la actualidad, con la repugnancia que os inspira ver y el vivo deseo que tenéis de impedir, si pudieseis, que una pequeña porción del sexo devoto busque en la vida contemplativa, en el silencioso recinto del claustro, un asilo contra los riesgos del mundo, un medio de satisfacer las nobles y piadosas aspiraciones de su espíritu y de su corazón?
Para eludir la fuerza de este sencillo argumento y justificarse del merecido epíteto de inconsecuentes, han pretendido primero los protestantes, y después sus discípulos los modernos racionalistas: que la aversión que profesan a los claustros nace del interés y lástima que les inspira la suerte de esas pobres vírgenes, que, cegadas por la alucinación y el fanatismo, cometen la bárbara imprudencia de adoptar, de un modo perpetuo, un género de vida lleno de inconvenientes. Se nota, desde luego, que la imprudencia deberá consistir, especialmente, en la perpetuidad del voto. Sentada esta premisa, será forzoso concluir que no es lícito hacer uso de la propia libertad para practicar de un modo estable la virtud más perfecta, ni celebrar una alianza perenne, indisoluble entre nuestra alma inmortal y su principio eterno, entre la criatura y el Creador; ¡pero, qué! la elección del estado religioso, ¿no es, por ventura, el libre ejercicio del derecho natural que todo hombre tiene, de escoger, después de una concienzuda deliberación, lo que juzgue más conforme a su carácter, a sus inclinaciones, lo más conducente a su bienestar presente y futuro, derecho que nadie le puede disputar ni arrebatar?
La Iglesia católica ha tomado, pues hago su tutela maternal, ese derecho, sancionando severas penas contra el que compeliere violentamente a otro a tomar el hábito religioso; algo más, ha prevenido, por medio de sabias y oportunas providencias, el que nadie se imponga a sí mismo aquel yugo, sin haber sometido antes, a duras pruebas, su vocación: la edad que ella exige y el tiempo que señala para el noviciado son más que suficientes para conocer, por experiencia, los deberes anexos a la vida claustral. Nuestros legisladores no han encontrado dificultad alguna en permitir que los individuos de ambos sexos se liguen con el vínculo indisoluble del matrimonio, en una edad mucho más temprana que la requerida para la emisión de los votos monásticos, sin que nunca se hubiese reprochado de imprudente semejante proceder. Y si nos remontamos a un otro orden de ideas más elevadas, veremos que Dios, Ser de los seres, es libre y feliz por esencia; no obstante hallarse siempre y necesariamente fijo en el bien, y eternamente separado del mal; ¿y es otra acaso la tendencia del ser formado a su semejanza, toda vez, que por un acto supremo de su libertad quiere prevenir de antemano los veleidosos caprichos de un corazón de suyo inconstante y rebelde? ¿De un corazón que, inútilmente fatigado en buscar la dicha que no puede hallar en las criaturas sobre la tierra, la busca en Dios, creándose, por su propio albedrío, una dulce y feliz necesidad que lo mantenga firme junto al bien y lo aparte constantemente del mal?
Oíd a este propósito al célebre Mr. Chateaubriand: él dice que, en estos últimos tiempos, se ha declamado mucho contra los votos monástico y, con todo, no es difícil aducir en su favor poderosas razones sacadas de la naturaleza de las cosas y de las necesidades mismas de nuestra alma. Lo que principalmente hace al hombre desgraciado es su propia inconstancia, y el abuso frecuente de su libre albedrío; fluctuando de sensación en sensación, de pensamiento en pensamiento, sus afecciones tienen la misma movilidad que sus ideas, y éstas la misma insubsistencia que aquéllas: semejante situación abisma al hombre en una congojosa inquietud de la que no puede salir, sino cuando una fuerza superior lo liga a un objeto sólo. Entonces se le ve arrastrar alegremente su cadena; pues aunque infiel, aborrece no obstante la infidelidad; de suerte que el artesano, por ejemplo, es mas feliz que el rico desocupado, por estar sujeto a un trabajo forzoso que le quita toda ocasión de ajenos deseos y de inconstancia, y la ley prohibitiva del divorcio ofrece menos dificultades que la que lo permite. El voto perpetuo, es decir, la sujeción a una regla inviolable, lejos de sumergirnos en el infortunio es, por el contrario, una disposición favorable a nuestra felicidad, porque tiende a escudarnos contra las ilusiones del mundo; si ponemos en una balanza los sinsabores y sufrimientos que acarrean las pasiones y los brevísimos goces que procuran, veremos que el voto es, aún en la época mas florida de la juventud, un grande y efectivo bien.
Me diréis quizá que, alguna vez, se han visto religiosas que acaban por arrepentirse de su estado, y cuya existencia es un anticipado infierno. Convengo con vosotros en la realidad innegable de un hecho, por fortuna, poco frecuente; mas no es lógico deducir de aquí, nada contrario a lo que os llevo dicho: ¡qué! ¿en todos los estados, en todas las condiciones de la vida, no se ven ejemplos de arrepentimientos amarguísimos? Pretender, pues, una garantía, a fin de que cada cual conserve la libertad necesaria para no desesperarse, para cambiar a su antojo de condición importaría establecer un principio tan monstruoso como funesto que, aplicado a casos particulares, minaría (en pocos instantes) los cimientos del orden social. La idea sola de que este cambio fuese posible sería bastante a excitar, con vehemencia, el deseo de conseguirlo, y entonces veríamos a muchos esposos abandonar su tierna prole en la orfandad y la miseria, por haberse apoderado de sus corazones un amor extraño. ¡Oh! ¿y quién no ve el abismo a que conduce tan inmoral y absurda doctrina?
Aquellos que no extienden sus miradas mas allá de este mundo, que hacen consistir la felicidad en el goce de los placeres, ventajas y comodidades que les brinda, no conciben cómo pueda vivirse contento en el retiro, en la mortificación de la carne y en el ejercicio de austeras virtudes; porque jamás saborearon las delicias de la vida espiritual, ni bebieron nunca las purísimas aguas con que Dios riega estos amenos jardines del catolicismo.
¿Queréis una prueba práctica de mis anteriores asertos? Sea: muy reciente es la historia de la revolución francesa del pasado siglo, cuyos corifeos se propusieron entre mil otras innovaciones sacrílegas, libertar a las víctimas del claustro, abriendo de par en par sus puertas; ¿y qué sucedió? ¡que comunidades enteras arrastraron los suplicios y la muerte antes que faltar a sus sagrados votos; que la superiora de un convento marchó, con frente serena, acompañada de todas sus hijas al cadalso, entonando, llenas de júbilo, las letanías de la Santísima Virgen; sin que este hermoso cántico cesase mientras la fatal guillotina no apagó la voz de la última religiosa sacrificada! Igual escena se repitió en España y otras naciones de Europa, donde los revolucionarios filántropos abrieron las puertas de los monasterios, cuyas moradoras prefirieron el abandono, el hambre, la desnudez y la miseria a la profanación de su santo estado.
Por otra parte, la Iglesia prudente siempre y previsora permite, existiendo grave causa, la traslación de una religiosa a otro monasterio, y aun la secularización, si el motivo es en extremo urgente. ¿Dónde está pues entonces, la dureza, la crueldad, la tiranía, de que la acusan sus injustos adversarios?
Añado, por último, que los institutos monásticos, lejos de ser inútiles en la actualidad, son demasiado provechosos, no ya sólo por el benéfico influjo que ejercen sobre la mujer, mostrándole de continuo, el tipo ideal de su más bello y esencial adorno, el pudor; no ya sólo porque las plegarias que desde ellos suben todos los días al trono del Eterno desarman la justicia celeste cuya explosión provocan a cada paso nuestras iniquidades; sino también porque constituyen un elemento reaccionario contra el sensualismo a que se aboga sin rebozo, por la rehabilitación de la carne (principio tanto más temible, cuanto que se difunde por escritores que se precian de católicos y según los cuales el Cristianismo es una excelente religión, pero que necesita aún amoldarse a las circunstancias de la época, mitigando su excesiva severidad con respecto a la carne, sus exigencias y propensiones). Mas permitidme que otra vez os pregunte con un eminente apologista: ¿no es cierto que, en vez de reprochar al espíritu su tiranía sobre la carne, hay más bien que echar en rostro a ésta su tenaz rebeldía contra aquél? ¿no es indudable que si el hombre se degrada y prostituye, no es porque sostiene con extremada firmeza el dominio del alma, sino porque se muestra sobrado débil ante las rebeliones del cuerpo? ¿Está acaso muy exaltado ahora el espíritu y muy deprimida la carne? ¿Habrá, por ejemplo, que obligar a muchos de vosotros a que moderen sus vigilias, maceraciones y ayunos? ¿habría que arrancarles el silicio de sobre los lomos y quitarles de la mano la sangrienta disciplina? ¡Ah! esa sonrisa que asoma a vuestros labios, me asegura que no hay por qué afligirse ni temer en este orden, y que los peligros de destrucción corporal se encuentran en el extremo opuesto, como lo acreditan elocuentemente los hospitales, esos puntos de reunión de todos los dolores físicos donde no hay un solo paciente conducido allí por los rigores del ascetismo y de la penitencia, mientras que los hay en inmenso número llevados al lecho de la muerte, en la primavera de la vida, por los excesos de la malicia, de la disolución y el libertinaje.
¿Y podréis negar entonces que es sobremanera útil, conveniente y hasta de todo punto necesario, oponer un contrapeso a esa tendencia sensual y destructora que lo invade todo, causando males sin cuento, al individuo, a la familia y a la sociedad? ¿No será, por lo mismo, de suma importancia un monasterio, que ofrezca el ejemplo del mas elevado espiritualismo, y satisfaga así una de las más imperiosas necesidades que al presente sentimos y confesamos?
¡Oh! Rasgad pues ya la opaca venda de impías e irrazonables preocupaciones, y veréis brillar, a vuestros ojos, el luminoso astro de la verdad católica. Guiaos por su luz, en especial, vosotros, jóvenes cristianos, y evitaréis los escollos de la falsa ciencia: desnudaos de ese pedantismo que os ridiculiza y desluce: no aventuréis jamás, vuestro prematuro dictamen, en materias que exigen detenidos estudios, y que están profundamente cimentadas, en el irrecusable testimonio de Aquél que no puede engañarse, ni engañarnos.
Estas ligeras reflexiones, pueden ya suministraros, hermanas mías, alguna idea de la alta, digna y hermosa misión que estáis llamadas a cumplir. De vosotras depende que este nuevo plantel de la religión seráfica florezca, por el ejercicio de todas las virtudes, y preserve, con el aroma que exhale, del contagio del vicio a innumerables almas. Para ello, es preciso no olvidar, por un solo instante, que vais a ser las esposas del Dios Crucificado, y que habiendo voluntariamente renunciado el mundo, sus vanidades y placeres, tenéis que reducir, como el Apóstol, vuestro cuerpo a servidumbre, por la penitencia, la oración, el retiro y la abstracción total de los bienes y de los afectos terrenales. ¡Felices vosotras si, ajustando vuestra conducta a las severas prescripciones de vuestra santa regla, consegáis atraeros las miradas de Dios y las bendiciones de vuestros semejantes! ¡Felices, si sabéis corresponder dignamente a la santidad de vuestra vocación! Empero desgraciadas ¡mil veces desgraciadas! si sustraídas materialmente del bullicio mundanal, traéis al santuario un corazón que no esté absolutamente vacío de todo apego inmoderado a las cosas de la tierra, y que no palpite ansioso, ¡por las cosas celestiales! ¡Desgraciadas, si permitís que penetre hasta vosotras el espíritu de la disipación, de la tibieza, de la discordia y la inobservancia de vuestras constituciones!
¡Oh! yo me lisonjeo con la esperanza de que, impulsadas por el vehemente anhelo de buscar en Dios vuestra santificación y salvación, os haréis dignas de gozar las delicias de la paz que reside en el claustro, de esa paz rico patrimonio de las almas puras, timoratas y fieles al Señor. Que El os bendiga y comunique profusamente su gracia, a fin de que buscándolo solícitas en la tierra, os incorporéis, un día, a esa cándida muchedumbre que forma su comitiva gloriosa, en el Cielo que os deseo.
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AL VENERABLE DEÁN Y CABILDO ECLESIÁSTICO, AL CLERO Y FIELES DEL OBISPADO, SALUD Y PAZ EN EL SEÑOR
Instituido, sin merecimiento alguno, obispo coadjutor del Ilmo. y digno prelado diocesano Dr. D. Rafael Salinas, por las letras apostólicas que Su Santidad el Romano Pontífice Pío IX se ha dignado a pedir en favor mío, a consecuencia de la presentación que, de acuerdo con el referido Ilmo. prelado,
se sirvió hacer de mi demeritoria persona el Excmo. patrono nacional , he creído oportuno y necesario dirigir al venerable deán y cabildo eclesiástico, al respetable clero secular y regular, y a todos los fieles de la Diócesis de Cochabamba mi débil voz, para expresarles los contrarios sentimientos de inquietud, temor y congoja, igualmente que de consuelo, alegría y esperanza que abriga mi espíritu, al considerar, por una parte, mi pequeñez e insuficiencia para sobrellevar el enorme peso del episcopado, y por otra el acendrado celo y la índole altamente religiosa que distinguen al clero y pueblo confiados a mi vigilancia y solicitud. Esta consideración, a la vez que me anonada y confunde, me obliga a tributar rendidas y fervientes gracias a la divina y adorable providencia del Señor que, sin tener en cuenta mi indignidad suma, ha querido conferirme una misión, aunque elevada y sublime, en extremo difícil y espinosa, bajo tan favorables y lisonjeros auspicios.
Sí, carísimos hermanos e hijos míos, yo bendigo, lleno del más profundo reconocimiento, la bondad infinita del gran Padre de familias que así me encomienda el cuidado y cultivo de un terreno fértil y bien preparado, en el que la preciosa simiente de la doctrina católica ha producido y producirá en adelante opimos y sazonados frutos, y que, asociándome de expertos e infatigables colaboradores, me constituye pastor de un aprisco que anhela ansioso el pasto saludable de la verdad evangélica; rechazando con instintiva repugnancia e invencible disgusto la venenosa yerba de la impiedad que causa hoy día el malestar y la muerte de muchos pueblos infelices, cuyos pastores lloran desolados, cual otros Jeremías, sobre las ruinas de la cuidad santa, al ver que sus ovejas, emponzoñadas con aquel tósigo mortífero, se extravían del redil para entregarse indefensas e incautas a carniceros lobos.
Qué tan triste ejemplo, a la par que excite piedad y compasión hacia aquellos desventurados hermanos nuestros, nos sirva de estímulo para permanecer siempre ligados con el vínculo de una sola fe, de una misma esperanza y de una recíproca y ardiente caridad, a la firme y robusta columna de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana, en cuyo seno solamente brilla la esplendorosa antorcha que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, mostrándole, al través del oscuro y áspero desierto de la vida, la única senda segura que conduce a la eterna felicidad.
Efectivamente, el corazón se contrae de angustia, amados hijos, y se subleva horrorizado ante ese cúmulo de perversas doctrinas y abominables principios, que proclamándose en alta voz por hombres que se dicen los representantes de las ideas de las naciones más civilizadas del mundo, constituyen la profesión de fe de la escuela racionalista moderna; escuela lejana a la profesión del último de los Romanos, «ut quidque intellegi potest ita aggredi etiam intellectu oportet». Bástame para convenceros y para justificar mi alarma y mis temores a este respecto llamar vuestra atención sobre las siguientes frases, proferidas y publicadas hace pocos meses, por los libres pensadores parisienses que se adhirieron al Anticoncilio de Nápoles; hélas aquí: «Etant donné que l'idée de Dieu est l'origine et le soutien de tout despotisme et de tout injustice et que la RELIGION CATHOLIQUE represente la personification la plus complète et terrible de cette idée, les libres penseurs de Paris se voient dans l'obligation de travailler en faveur de L'ABOLITION RAPIDE ET RADICALE du Catholicisme et son ANEANTISSEMENT par tous les moyens compatibles avec la justice».
Tan monstruosa y deplorable aberración de ideas y sentimientos, último y supremo esfuerzo del orgullo, germen funesto de la depravación angélica y de la depravación humana, importa sin embargo, amados hijos, un poderoso argumento ad hominem en favor de la fe que profesamos, y cuya gloriosa apología se hace al confesar paladinamente que: fuera de la luz que el Catolicismo derrama sobra la noción de Divinidad y las consecuencias que de ella se derivan en todo orden, no existen sino las negras y pavorosas tinieblas del absurdo y espantoso ateísmo. He ahí como el racionalismo moderno que hasta aquí se cubriera con el mentido ropaje del celo religioso de que se fingía penetrado, al asestar sus tiros a la Iglesia Católica adulterada y mancillada, según él, por la ignorancia y la superstición de sus prosélitos, por la perversidad y la ambición de sus ministros y propagandistas, he ahí como se arranca con sus propias manos la careta de la hipocresía y del dolo, para mostrarnos su horripilante faz en toda su desnudez y deformidad espantosas, revelando (sin rodeos y a las claras) sus tendencias destructoras de la idea de Dios, y con ella de la fuente de toda verdad y de todo bien, palabras que carecerían completamente de sentido, en la hipótesis, por fortuna imposible, de que llegara a extinguirse entre los hombres la noción de un Ser absoluto de quien todo procede como de su principio, y a quien se encamina todo, como a su último fin.
No os dejéis pues seducir con vanas y falaces teorías. ¡Alerta!, pues, amados hijos, ¡alerta! no os sorprendan esos misioneros de Satán, que pretenden eclipsar con su hálito inmundo el brillo del Sol eterno que nos alumbra y vivifica, ¡alerta! que ellos se valen de todos los medios apropiados para esparcir sus detestadas máximas y muy especialmente de la prensa; prostituyendo así ese bello invento del ingenio humano, y convirtiéndolo en inicuo resorte de sus miras subversivas de todo orden, de toda autoridad, de todo principio, de toda virtud.
El ojo previsor y vigilante de nuestro Santísimo Padre, el gran Pío IX, descubrió hace ya mucho tiempo, al través del dorado velo con que el desarrollo de las ciencias y de la industria cobijaba a nuestro siglo, el peligroso cáncer que roía sus entrañas; y es para aplicarle el remedio, para cauterizar ese cáncer que ha reunido hoy en torno suyo a todos los obispos de la Catolicidad, en esa asamblea augusta y venerable de la que, como de un manantial purísimo, brotaran -para difundirse por toda la superficie del globo- las aguas purificadoras de la verdad, cuyo triunfo será tanto más cumplido y espléndido, cuanto más rudos son los ataques que se le dirigen; porque inmortal por su naturaleza, no hay cuidado de que sucumba en la batalla con el error, que lleva en sí mismo el germen de su destrucción.
La época que atravesamos es verdaderamente de angustia y prueba para nosotros, amados hijos, porque las furias infernales se han conjurado con audacia inaudita contra la Iglesia, desplegando su tenebroso poder para aniquilarla si dado les fuera y no estuviera escrito: «et portæ inferi non prævalebunt adversum eam». Mt 16 18. Entre los numerosos y malignos artificios de que hacen uso frecuente para lograr sus depravados fines, hay uno que consiste en presentarla como una institución añeja y caduca, sin objeto ya en la actualidad, hostil y opuesta al progreso individual y social ¡qué conjunto de extravagancias y de blasfemias amados hijos! La más leve tintura de la historia es suficiente para apreciar hasta qué punto son erróneas y calumniosas semejantes aserciones. ¿Quién no conoce, en efecto, los grandes e inestimables beneficios que en todo tiempo ha prodigado la Iglesia Católica al mundo que le debe esa civilización cristiana de que tanto se gloria? ¿Quién sino esa religión divina, cuya fiel depositaria y representante ha sido la Iglesia, disipó con la luz de su doctrina las tinieblas del paganismo, y desinfectó con el aroma de heroicas virtudes, la mefítica y pestilente atmósfera que respiraban las antiguas sociedades, trabajadas por todo linaje de vicios y excesos? ¿Quién desmontó los bosques y cultivó los vastos eriales, que hoy sirven de asiento a las más celebres y florecientes poblaciones de la Europa? ¿Quién rompió las cadenas del esclavo, elevó a la mujer al rango que hoy ocupa? ¿Quién suavizó las costumbres feroces de los hijos del Norte, moderó los rigores de guerra y templó los bárbaros abusos del poder en los reyes? ¿Quién ennobleció las artes, salvó las ciencias y las letras en la edad media? ¿Quién...? pero sería una tarea inacabable el señalar, siquiera ligeramente, los importantísimos servicios de que somos deudores a la Iglesia Católica, y los que sólo una ignorancia supina o una incalificable ingratitud osaran negar y desconocer; sin embargo no hay por qué extrañar lo que sucede con el Catolicismo, pues él sigue la suerte de su Divino Fundador cuya inocente sangre pedía a voces el pueblo, en cambio de los inmensos bienes de que lo colmara.
No habiendo podido el maléfico genio de la impiedad coronar con el éxito sus desesperados esfuerzos para impedir la reunión del Concilio Ecuménico Vaticano, ha recurrido ahora a la mentira y la calumnia en sus más cínicas manifestaciones, para infundir la desconfianza en los gobiernos y hacer vacilar la fe de los pueblos, en orden a las decisiones que han de emanar de aquella santa e ilustre asamblea, salvadora de los más caros y preciosos intereses de la religión y de la humanidad. Por desgracia, esta estrategia luciferina parece haber surtido algún efecto en ciertos espíritus, o demasiado superficiales, o en extremo propensos a la incredulidad religiosa; lo que sucede particularmente con la juventud a la que me dirijo, exhortándola con toda la efusión de mi ternura, con todo el interés y las simpatías que por ella abrigo, a que no precipite jamás su dictamen en materias de suyo delicadas, y para cuya debida apreciación se requiere un caudal competente de conocimientos adquiridos con largos estudios, y una imparcialidad severa y exenta del influjo de las pasiones fogosas de la adolescencia. Sí, jóvenes amados, hay empeño -y empeño sistematizado y tenaz- en pervertir vuestras ideas, en arrebataros la fe de vuestros padres, en inspiraros hacia ella aversión y repugnancia... ¡Ah! los que tal procuran son vuestros verdaderos asesinos, vuestros más crueles y despiadados verdugos. Esas bellas palabras -libertad y progreso- son las efímeras flores con que cubren el puñal homicida que se quiere sepultar en vuestra inteligencia y en vuestro corazón. Desengañaos, la verdadera libertad y el progreso bien entendido sólo nacen y crecen a la sombra del árbol del Catolicismo: Donde reside el espíritu del Señor allí esta la libertad. Sed perfectos como lo es vuestro padre que está en los cielos. Ved que mañana seréis vosotros los depositarios de los destinos de la patria, ¿y qué sería de ésta, entregada en manos de hombres destituidos de creencias y sentimientos religiosos? ¿Qué base tendrían entonces las instituciones, qué vigor las leyes, qué estímulos la conciencia, qué garantía la justicia, qué móvil las nobles acciones, qué apoyo las virtudes públicas y privadas...? Lo dejo a vuestra consideración.
Otra escuela que se da el título de neocatólica, sin atreverse a suscribir el símbolo ateísta que os he citado, y mostrándose animada de un celo asaz sospechoso, esquiva la nota de herejía e impiedad que justamente merece, afirmando que sólo se propone depurar la doctrina evangélica de los borrones con que la han oscurecido y desfigurado los papas, obispos y sacerdotes; empero salta a los ojos que, si el vicario de Jesucristo y los obispos que componen la Iglesia docente hubiesen podido oscurecer y alterar la verdadera doctrina del Evangelio, la autoridad divina de este libro (que ellos se jactan de reconocer y acatar) sería completamente ilusoria y falsa, como quiera que en él se registran estas solemnes y terminantes palabras, dirigidas por el Hombre Dios a Pedro y a los demás apóstoles, de quienes el Romano Pontífice y los obispos son sucesores: «Et quodcumque ligaveris super terram, erit ligatum et in cælis: et quodcumque solveris super terram, erit solutum et in cælis». Mt 16 19.
¿Quién no advierte pues a primera vista que la asistencia divina, tan explícitamente prometida y tan fielmente prestada a la Iglesia docente, es una de las verdades fundamentales que encierra ese mismo Evangelio que los neocatólicos, pretenden hallarse hoy adulterado y oscurecido? ¿Quién no ve que sin esta divina asistencia garantizada por la indefectible promesa del Hijo de Dios, la herejía y la impiedad filosófica que no han omitido esfuerzo alguno para destruirla; siendo ésta una de las más perentorias pruebas de que el Catolicismo es una institución divina incapaz por consiguiente de ser mellada por la débil mano del hombre? Es pues evidente que nuestra fe dejaría de ser verdadera, desde el instante en que pudiese sufrir alteración o cambio, siendo como es en el orden intelectual y moral lo que los axiomas y primeros principios en las ciencias físicas y matemáticas, inmoble, inmutable, superior a todas las vicisitudes hijas de la falible razón humana. ¿Qué sería del edificio, si la columna se moviese? La Iglesia, es pues, esa firme e incontrastable columna, que sostiene el grandioso edificio de nuestras creencias, las que a su vez producen las virtudes más eminentes, los derechos más sagrados y los deberes más legítimos del hombre, de la familia y de la sociedad.
Otro de los males cuyo contagio se deja sentir de algún tiempo a esta parte entre nosotros es, no hay por qué disimularlo, la inconcebible temeridad con que algunos cristianos poco advertidos se permiten palabras irrespetuosas y hasta rechiflas y burlas saturadas de odio y menosprecio al hablar del Soberano Pontífice; declarándose abiertamente en favor de los adversarios de la Santa Sede. Semejante conducta es en todo punto inconciliable con el nombre y la profesión de católico, quien ante todas cosas debe amar, venerar y defender su religión, so pena de ser un tránsfuga de ella; ahora bien, nadie ignora que el dictado de papa en los labios de un cristiano es sinónimo de padre, y que en lo espiritual lo es suyo el vicario de Jesucristo; según eso, ¿qué calificativo podrá darse a un hijo que se rebela contra su padre, que hace causa común con sus enemigos y perseguidores, que goza en sus padecimientos y se aflige de sus prosperidades, que emplea, tratándose de él, un lenguaje descomedido y osado? ¡Ah! un tal hijo merecería indudablemente la maldición que pesó un día sobre Caín y su generación:
«Ainsi Abel offroit en pure conscience
Sacrifices à Dieu, Caïn offroit aussi:
L'un offroit un cœ doux, l'autre un cœr endurci,
L'un fut au gré de Dieu, l'autre non agreable...».
Si a esto se agrega que el Pontífice que rige hoy la Iglesia se halla adornado de las cualidades más distinguidas y de las más preclaras virtudes, si se reflexiona que Pío IX es uno de esos hombres providenciales que Dios regala muy de tarde en tarde al mundo, como un presente inestimable y magnífico de su clemencia infinita, un pontífice cuya magnanimidad y nobleza de espíritu, cuya justificación y firmeza sólo igualan a la dulzura angélical de su carácter, se tendrá la medida de la perversidad e ingratitud de esos hijos desnaturalizados, de esos Judas que en coro con los enemigos de su padre y maestro claman: «Crucifige eum...Crucifige eum». Mc 15 14. ¡Oh! ¿Es posible que habiendo individuos que llevan el amor a la patria y la familia hasta un extremo exagerado de exaltación e intolerancia, miren no sólo con estoica indiferencia, sino con aversión y desprecio lo que hay de más sagrado, amable y precioso en este mundo, la religión fuente de todos los bienes y remedio de todos los males que aquejan esta vida fugaz y transitoria, en cuyos lóbregos y temerosos linderos no hay ni puede haber más luz, más consuelo ni esperanza que ella? Que los que no la conocen, que los que no han participado de sus beneficios la desdeñen, nada tiene de extraño; pero que el que ha abierto los ojos en su regazo maternal, el que ha sentido y experimentado sus dulces caricias, su tierna solicitud, sus amorosos cuidados, la rechace como a una madrastra despótica y aborrecible, he ahí lo que no se comprende, sin suponer una perversión lastimosa del sentimiento y del instinto naturales.
Os dije ya que uno de los medios que con mejor resultado suele poner en acción la impiedad en nuestros días, para conseguir sus intentos, es la prensa periódica. Sorprende a la verdad el descaro con que los periódicos que se titulan liberales consignan en sus columnas las más groseras falsedades y las mentiras más vergonzosas, siguiendo a la letra el tan sabido consejo del corifeo de la incredulidad del pasado siglo, Voltaire, que decía a sus discípulos: «Mentez, mentez avec audace puisqu'il reste toujours quelque chose!»(1) Estad pues prevenidos contra ese lazo que se os tiende, y no aceptéis a fardo cerrado todo lo que se escribe con respecto a la Iglesia y a su augusto jefe, suspended vuestro juicio y tomaos el trabajo de investigar la verdad de las cosas, no precedáis en el importante negocio de vuestra religión, como no obraríais ciertamente si se tratara de despojárseos de vuestra honra o de vuestros intereses temporales, no os dejéis arrastrar por el ciego impulso de la naturaleza maleada y propensa, desde su primitiva caída, a acoger sin examen todo lo que halaga y secunda sus viciadas inclinaciones, y conduce a abrir ancha puerta a la satisfacción de sus deseos criminales; porque no lo dudéis, ese odio hidrófobo a Jesucristo y su Iglesia, parte principalmente del corazón que se subleva a la vista de la severa moral del Evangelio, cuyos austeros principios se empeña en relajar a nombre de la libertad y de la tolerancia, palabras que en labios del impío son absurdas y contradictorias, porque mientras proclama como un derecho sacratísimo la libertad de conciencia y la tolerancia en materia de religión, despliega todos sus conatos y echa mano de los recursos más inicuos para combatir el Catolicismo y violentar la conciencia de sus adeptos, suscitando hacia ellos la animadversión y el ridículo. Todo lo cual, no obstante, viene a corroborar cada vez más la divinidad de los oráculos de nuestra fe sacrosanta; pues hace diecinueve siglos que el Doctor de las naciones, San Pablo, anunciaba con voz profética lo que, día por día, se realiza actualmente en medio de nosotros; decía que aparecerán falsos doctores y seudoprofetas, lobos rapaces que destrozarán el rebaño y que, de entre vosotros mismos, surgirán hombres que prediquen doctrinas perversas, para atraerse partidarios y discípulos. Alerta pues, amados hijos, que ellos se os darán a conocer por sus tendencias y sus obras.
Me he detenido, amados hijos, tal vez más de lo necesario en estas reflexiones no porque me asista duda alguna acerca de vuestra adhesión inviolable a la fe de vuestros mayores, de lo que estoy íntima y gratamente convencido, sino para que ellas sirvan de prevención a los sencillos e incautos, y les hagan retirar el pie de las redes, que con solapada astucia les preparan los injustos enemigos de nuestra religión adorable -«Immisit enim in rete pedes suos, in maculis ejus ambulat» Jb 18 8- ahora que con ocasión del Concilio Ecuménico, sus dogmas y sus prácticas son el asunto favorito de las conversaciones y el tema obligado de todas las disputas; ahora que las cuestiones religiosas han abandonado los liceos y las academias para trasladarse a los salones y los estrados; resultando de aquí que en ellas toma muchas veces parte hasta el bello sexo, no sin grave peligro de ver naufragar su fe y el espíritu de fervorosa piedad que lo distingue.
Y si cuando el ejército enemigo rodea una plaza, el soldado que la custodia debe estar con el arma en mano para defenderla, debe permanecer en vigilia incesante para evitar una sorpresa; ¿con cuánta razón, oh, venerables sacerdotes y hermanos míos, nosotros los centinelas de Israel y soldados de la milicia de Cristo, no deberemos aprestarnos, cual valerosos guerreros, a la defensa de Sión circunvalada de amenazadoras huestes? Subamos pues a lo alto de sus muros y torreones, y rechacemos con denodado brío a esa temible falange que la embiste sañuda y alzado el ariete para zapar la gran piedra, sobre la que cimentó su Divino Constructor. Pero ¿cuál el medio más adecuado para obtener el triunfo? Yo os lo diré: unámonos todos en el Señor, sin cuyo auxilio trabajaremos en vano. Reanímese nuestra fe, de suyo poderosa, para asegurarnos la victoria. Armémonos con las armas del estudio, el retiro, el ayuno y la oración, y más que todo, opongamos a los tiros de la impiedad, la égida impenetrable de una vida santa, ejemplar y fecunda en virtudes sacerdotales, tanto más necesarias ahora, cuanto que nuestros adversarios, cerrando los ojos para no verse a sí mismos, los tienen provistos de finos lentes para observar nuestras más leves acciones, con el siniestro fin de arrancar de las manchas del hombre concebido en la iniquidad argumentos contra la Religión inmaculada de que es ministro. No olvidemos que nuestro Divino Maestro antes de anunciar la Buena Nueva, empezó a practicarla él mismo; preciso es pues que, a imitación suya, nosotros sus vicegerentes sobre la tierra, sus coadyuvadores, acreditemos la viveza de nuestra fe y robustezcamos nuestra palabra y enseñanza, con la regularidad de nuestra conducta y la pureza de nuestras costumbres, para que nuestros enemigos se confundan no teniendo mal ninguno que decir de nosotros: implorando para ello asiduamente el socorro de aquél cuya gracia nos fortifica y nos hace en cierto modo omnipotentes para el bien, según esta sentencia del Apóstol; «Qui nunc gaudeo in passionibus provis, et adimpleo ea, quæ desunt passionum Christi, in carne mea pro corpore ejus, quod est Ecclesia». Col 1 24.¡Ay del ministro que, en vez de servir de antemural a los ataques del enemigo, se constituye en puente que le facilita el acceso al Santuario, donde penetra sacrílego, destrozando con la misma espada al centinela traidor y el altar de que era custodio!
Son, pues, en cierta manera reos de tamaña alevosía aquellos sacerdotes y, en especial, los párrocos que, ya por una incuria culpable, ya por una reprensible condescendencia, permiten y toleran abusos condenados por la religión entre sus feligreses, los cuales creen, quizá sinceramente, que no hay inconveniente alguno en mezclar, a los actos más sagrados del culto, las disipaciones, excesos y desordenes a que se entregan con ocasión de las festividades religiosas, convirtiéndolas en una parodia de las saturnales del gentilismo y suministrando, sin sospecharlo siquiera, armas a la impiedad, que toma do hay pretexto, para escarnecer nuestras creencias y deprimir nuestro ministerio. Doloroso pero necesario es decirlo, que esto suele ocurrir con no rara frecuencia, particularmente entre las gentes del pueblo y de la campiña.
Recordemos pues, hermanos míos, que siendo nosotros la luz del mundo debemos disipar las tinieblas de la ignorancia; y siendo la sal de la tierra, ahuyentar la infección del vicio para poder conducir, con el doble cayado de la palabra y del ejemplo, la cara grey de Jesucristo a los siempre verdes y frondosos prados del Edén celestial, que es el fin supremo de nuestra misión sobre la tierra; mas, si así no lo hiciéramos, caerán sobre nosotros estas formidables amenazas que nos intima el Señor: «Væ pastoribus, qui disperdunt et dilacerunt gregem pascuæ meæ!» Jr 23 1.
Verdad es, que no es fácil extinguir ex abrupto abusos inveterados en el transcurso de largos años, mas no por eso declina la obligación imperiosa que tenemos de trabajar paulatina pero constantemente en abolirlos, empleando todos los medios a ello conducentes. Por fortuna, nuestras masas se distinguen por su docilidad y completa sumisión a la voz de sus pastores, y cuando éstos logren persuadirlas de que no se proponen otra mira que su mejora y bienestar temporal y eterno, no es verosímil que se resistan a complacerlos y prestarles obediencia, toda vez que se les exija, con sagacidad, dulzura y energía, la renuncia de sus malos hábitos, y de sus costumbres supersticiosas y contrarias al Evangelio; pues mientras esta clase de la sociedad no comprenda el verdadero espíritu de aquel Divino libro, es de todo punto imposible obtener de ella los frutos del Cristianismo en el orden moral. No desmayéis pues, hermanos míos, en la noble tarea de argüir, rogar, increpar e instar oportuna e importunamente, con toda paciencia y doctrina, a efecto de establecer y afianzar el imperio de la fe y de las virtudes entre vuestros feligreses -a quienes debéis ante todas cosas el pan de la enseñanza- sin consentir que hiera vuestros oídos la gemebunda voz de Jeremías.
Por lo que a mí toca, no dejaré de insistir constantemente en recomendaros, como es de mi obligación, el cumplimiento de todos vuestros deberes sacerdotales, esforzándome por llenarlos yo también con el socorro divino y coadyuvado de las luces y consejos del ilustre Obispo propietario y del Vuestro Senado Eclesiástico, cuyos dignos y respetables miembros se encuentran animados del celo más ardiente por la honra de la casa del Señor, por el vigor de la disciplina eclesiástica y la fiel custodia de los intereses sacratísimos de nuestra santa religión: lo cual hará, no lo dudo, que reunidos en torno del indigno prelado que os habla, trabajaréis de consuno en la grande obra del aumento del Divino culto y la florescencia de las virtudes cristianas.
Los inequívocos y reiterados testimonios de adhesión, benevolencia y respeto, que todos vosotros, sin distinción de clases ni condiciones, me habéis dispensado y no cesáis de prodigarme, amados hijos, obligando cada vez más mi gratitud, hacen que yo me prometa fundadamente la satisfacción de mis ardentísimos votos por vuestra ventura en el tiempo y vuestra salvación en la eternidad, nobles objetos para cuyo logro os recomiendo, con el mayor encarecimiento, la firmeza en la fe, la perseverancia en las buenas obras y -muy especialmente- la caridad y el amor recíproco, amaos sí, los unos a los otros, sin excluir a vuestros enemigos y ofensores, teniendo presente el mandato de Jesús: Amad a vuestros enemigos, Enemigosniykichejta munakuychej, Uñisirinakamarux munapxam. Disimulaos pues recíprocamente vuestras faltas, perdonaos vuestros mutuos agravios, esforzaos finalmente por reproducir en lo posible, entre vosotros, la bella imagen de los primitivos fieles, de los que se dice en los Hechos apostólicos que no tenían sino una sola alma y un sólo corazón.
Y vosotros artesanos, mis tan queridos hijos, distinguíos siempre por vuestra piedad, vuestra honradez, vuestro amor al trabajo y vuestras buenas costumbres; huyendo de todos los excesos que deshonran al hombre y lo hacen aborrecible a los ojos de Dios y de sus semejantes: educad cristianamente a vuestros hijos, inspirándoles con vuestras lecciones y ejemplos, antipatía y horror por la mentira, la mala fe, la infidelidad en los contratos, la deshonestidad, la embriaguez y todos los vicios; de este modo tendréis de vuestra parte la protección del cielo, la estimación y confianza de vuestros conciudadanos.
Ayudadme, por último, todos vosotros, amados hijos, a sobrellevar el enorme peso que gravita sobre mis débiles hombros, y a corresponder a los nobles deseos y piadosas esperanzas del venerable y digno pastor de esta grey, que ha creído encontrar en mi humilde persona, un sustituto que lo reemplace en el arduo ejercicio del ministerio pastoral que tan honrosamente desempeñara por el espacio de doce años. A este fin, os pido que elevéis vuestras asiduas y fervientes plegarias al trono del Dios Omnipotente y misericordioso, a quien a mi vez ruego, quiera colmaros con la abundancia de sus dones y confirmar la bendición que de lo íntimo de su alma os envía, vuestro amantísimo hermano y padre en Jesucristo.
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1) Gabriel René Moreno anota: «una pequeña calumnia a Voltaire colgándole lo que nunca dijo». BIBLIOTECA BOLIVIANA, CATÁLOGO DE LA SECCIÓN DE LIBROS Y FOLLETOS 132 (1879).
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ANTE LA INMOLACIÓN DEL ALMIRANTE GRAU
«Quomodo cecidit potens, qui salvum faciebat populum Israel!» 1 M 9 21.
Cuando con estas sentidas palabras nos refiere el Sagrado Libro la consternación y quebranto del pueblo de Israel al saber la trágica y heroica muerte del valiente Macabeo, que tantas veces victorioso había sido el genio tutelar de su Nación y el salvador de su Patria, parece -señores y carísimos diocesanos- haber descrito el amargo, sincero y profundo duelo con que dos naciones hermanas lloran hoy sobre la tumba del ínclito campeón que, después de poner su robusto brazo al servicio de la más santa de las causas, inmola gustosa y generosamente su vida por la salvación de aquellas.
Mas, ante todo, decidme señores, ¿por qué el patriotismo es una grande y excelsa virtud a los ojos de la fe cristiana? ¿es porque él no viene a ser, en último análisis, sino una de las manifestaciones de la caridad, fórmula suprema de la celestial doctrina del que murió en la Cruz por la redención y la libertad del mundo, y de cuyos divinos labios brotó un día esta inmortal sentencia: «Maiorem hac dilectionem nemo habet, ut animam suam ponat quis pro amicis suis», Jn 15 13? Efectivamente, si el mérito de la abnegación propia ha de medirse por la magnitud del bien particular que el individuo renuncia en obsequio de los demás, y si la vida es el don más precioso y el mayor bien natural que puede concebirse aquí abajo el heroísmo supremo, el non plus ultra de la abnegación, consiste, evidentemente, en la inmolación voluntaria y generosa de la existencia, en aras del interés procomunal, y el hombre que ha consumado un acto semejante tiene un incontestable y legítimo derecho al honor, a la gratitud, a las bendiciones y a la gloria que ha sabido conquistarse.
He ahí, señores, por qué, congregados hoy en este venerado recinto, tributamos el justo homenaje de nuestras lágrimas de admiración y reconocimiento al heroico Contraalmirante de la Escuadra aliada Perú-boliviana, Don Miguel Grau y a sus compañeros de armas que tan gloriosamente sucumbieron en el combate naval de la bahía de Mejillones, el día ocho del mes pasado. (1)
Sin haber podido disponer del tiempo suficiente para tejer al preclaro difunto una corona fúnebre que merezca ceñir su frente inmaculada, tengo que limitarme a dirigiros, desde esta cátedra augusta, las breves y sencillas reflexiones que el amor a mi patria como ciudadano y mi alto ministerio como sacerdote me sugieren, con ocasión de esta triste y solemne ceremonia. Cuento para ello con vuestra indulgente y benévola atención.
No pasa mucho tiempo, señores, que con motivo de la contienda internacional a que tan injustamente hemos sido provocados por la República de Chile, resonó por la vez primera en nuestros oídos el nombre del bizarro Comandante del Huáscar, arrebatando, desde luego, en pos de sí nuestras más vivas y cordiales simpatías, porque las relevantes prendas intelectuales y morales del experto marino peruano, su serenidad, arrojo y pericia, la caballerosidad e hidalguía, de que dio reiteradas pruebas, durante el primer período de la campaña, hicieron resaltar su imponente figura, rodeada con una aureola de virtudes cívicas que le deparaban un asiento distinguido al lado de Bolívar y Sucre y de los más encumbrados próceres de la Independencia Sudamericana.
Ese nombre, desconocido aún para nosotros, había ya merecido los entusiastas encomios de la prensa británica que apreciando -«holding in high esteem»- con indisputable competencia, las singulares dotes del joven Comandante de la Unión, predijo los lauros que un día había este de cosechar para su patria, pronóstico que empezó a realizarse en los combates del Apurímac en que tanto sobresaliera, y cuando, después de abandonar el honorífico puesto de Capitán de un navío mercante, corrió presuroso a ofrecer sus servicios, en clase de último soldado, en la escuadra nacional vencedora en Abato, para acabar de tener ahora su más fiel y exacto cumplimiento.
Íntimamente penetrado Grau de la santidad de los deberes que su profesión le imponía, no encuentra mérito alguno en las atrevidas y remarcables hazañas marítimas que, atrayendo sobre él la admiración universal, le valieron los más calurosos aplausos y las ovaciones más expresivas y delicadas, no sólo de parte de las Repúblicas aliadas, sino aun de individuos y naciones neutrales, y confundido al verse hecho objeto de esas manifestaciones que para las almas vulgares son un incentivo de necia vanidad, protesta él no merecerlas, por cuanto su conducta no traspasa la línea de sus más simples obligaciones de ciudadano. Este solo rasgo nos descubre el rico tesoro de modestia que abrigaba su grande alma que al través del velo de la humildad, deja contemplar su simpática belleza.
De esta humildad y modestia fluían, como de su más pura fuente, esa moderación de carácter y ese espíritu de caridad que tan bien sientan a un guerrero cristiano, el cual conociéndose ministro e instrumento de la Providencia de un Dios infinitamente bueno y misericordioso, debe nutrir en su pecho sentimientos de humanidad y de dulzura y que cuando las fuerzas del deber lo constituyen en la necesidad dolorosa de destruir a las criaturas, no olvida nunca el gran precepto del Creador que le manda amar a sus semejantes como a sí mismo. El generoso comportamiento de Grau con sus adversarios, en las diferentes ocasiones en que pudo tomar respecto de ellos severas represalias y el que ha observado con la respetable viuda de su contendor, el Comandante de la Esmeralda, es el más clásico comprobante de la magnanimidad evangélica de sus sentimientos, en este orden. No ignoraba él que, como decía el sabio necrologista del gran Turena, «Il existe un droit plus elevé et plus sacré que celui que le sort ou l'orgeuil imposent aux faibles et malheureux et ceux qui vivent sous la loi de Notre Seigneur Jésus-Christ doivent pardonner, en tant qu'ils peuvent, le sang sacrifié pour le sien et bien traîter quelques vies que l'Homme-Dieu sauvera avec sa mort».
Como el héroe francés que he mencionado, anhelaba solamente someter a los enemigos, no perderlos; atacar sin arruinarlos; defenderse sin ofenderlos, y reducir al terreno de la razón, del derecho y la justicia a aquéllos contra quienes se veía, a pesar suyo, compelido a emplear la violencia. Sus verdaderos enemigos no eran, como no deben serlo para nosotros, esos hermanos nuestros, compasivamente obcecados, sino el orgullo, la usurpación y la injusticia.
Viose, pues, Grau en la dura precisión de aceptar y emprender la guerra que arma el brazo del hombre contra el hombre y le obliga a verter la sangre del hermano; la guerra, última razón y postrer esfuerzo del derecho atropellado; justa bella quibus necesaria, amados hijos, la más triste y dolorosa de las exigencias sociales. Partió, en consecuencia, a la cabeza de la Armada Naval de su Patria, de ese pueblo nobilísimo y magnánimo que movido únicamente por la santidad de nuestra causa, no trepidó un instante para unir su aliento al nuestro, en defensa y salvaguardia del derecho y de la justicia. Ejemplo digno, en verdad, de imitarse.
¡Naciones todas del nuevo y del viejo mundo! Alzad pues también vuestra voz, para protestar muy alto contra las violaciones del derecho representado en la causa de la alianza Perú-boliviana, que, en este sentido, es la causa de todos los pueblos, la causa de la humanidad, la causa misma de Dios, origen y fuente esencial de todo derecho.
Y vos, desventurada Chile, que arrastrada por el vértigo del error, habéis avanzado hasta los bordes de un abismo sin fondo, implantando a despecho de la civilización cristiana, el estandarte de la conquista sobre las costas de una Nación que ayer se afrontara generosa al sacrificio, en defensa de vuestras libertades; hoy hacéis lo que mañana nunca lloraréis bastante... Pensad empero, pensad sí, en que el Dios de los Ejércitos suele a veces consentir el momentáneo y efímero triunfo de la iniquidad, para mejor ostentar, después, todo el peso y poderío de su brazo justiciero.
Volvamos a nuestro héroe querido. Impulsado éste por el vehemente anhelo de salvar la honra de su patria, despliega una actividad, una audacia y energía que desconcertando e infundiendo el temor a sus enemigos, no obstante la superioridad de los elementos bélicos marítimos de que disponen, les arranca la confesión y el elogio de su sobresaliente mérito. El espíritu de ciega subordinación, que le distinguió desde su adolescencia como estudiante en el Convictorio Carolino de Lima, y su característico denuedo, le hacen emprender las excursiones más arriesgadas y desafiar los más inminentes peligros, hasta que sorprendido por casi toda la escuadra enemiga que le acecha y le arma una celada, reanima con su ejemplo el valor de los dignos tripulantes y empeña un combate tan sostenido, tan pertinaz y tan heroico, cuanto inmensamente desigual en el que sucumbe, coronando su preciosa vida con la muerte más gloriosa. ¡Oh! a él y a los que con el han perecido pueden aplicarse con rigurosa exactitud estas frases de David, hablando del valeroso Abner: «Sed sicut solent cadere coram filiis iniquitatis, sic corruisti». 2 S 3 34. Cuán propiamente se ha dicho que, en esta lucha, el vencido fue vencedor. Sí, lo fue, señores, con una victoria moral sin comparación, más noble que la que sólo se obtiene por la acción del número y de la fuerza bruta.
¡Oh! ¡admiremos señores tanto heroísmo, honremos virtud tan sublime, bendigamos memoria tan querida y lloremos tan inmensa pérdida! Cual un bello meteoro ígneo que, atravesando velozmente el espacio, deja apenas contemplar su brillo fascinador, para el horizonte de la patria netamente a nuestras miradas, así este hombre esclarecido surge en el horizonte de la patria para esparcir sobre ella sus plácidos y benéficos resplandores y ocultarse después en las profundidades del sepulcro, en el momento mismo en que su presencia constituía una de nuestras más halagadoras esperanzas. «¡Ay! nosotros -podría ya decir con un eminente orador- sabíamos todo lo que podíamos esperar y no pensamos en lo que podíamos temer». La Providencia nos reservaba una desgracia mayor por sí sola, que la pérdida de una batalla. Había de costar esta campaña al Perú y a Bolivia una existencia que cada uno de nosotros habría querido redimir con la suya propia.
¡Oh, Dios mío! ¿Por qué así tan prematuramente nos le habéis arrebatado? Pero ¿qué digo?; ¡Vos, Señor, sois justo en vuestros consejos sobre los hijos de los hombres y disponéis de los vencedores y las victorias, para cumplir vuestros altos designios que a nosotros sólo toca adorar con profundo silencio y recogimiento! No nos prohibís, sin embargo, pensar que le habéis arrancado de entre los vivientes, porque tal vez pusimos en él demasiada confianza, habiéndonos el Apóstol dicho: «Sed ipsi in nobismetipsis responsum mortis habuimus, ut non simus fidentis in nobis, sed in Deo, qui suscitat mortuos». 2 Co 1 9.
Después que el espantoso azote de la guerra vino a añadirse y como a coronar ese lúgubre conjunto de calamidades públicas que nos afligían, vemos todavía aumentarse las causas de nuestro ya tan prolongado sufrimiento con la desastrosa pérdida que lamentamos. Si pues, como cristianos católicos, estamos persuadidos de que los males -que por permisión divina aquejan así a los individuos como a los pueblos- son ya un castigo expiatorio de sus prevaricaciones o ya una prueba destinada a acrisolar sus virtudes pero que, en uno o en otro caso, tienden siempre a encaminarnos por las sendas más seguras al logro de nuestro último fin, mediante la práctica del bien; esforcémonos por conjurar tan luctuosa situación expiando nuestras culpas por la penitencia y por la más estricta fidelidad en la observancia de los divinos mandamientos; grabando para ello profundamente en nuestra memoria esta infalible sentencia:
«Iustitia elevat gentem
Miseros autem facit populos peccatum». Pr 14 34.
Y si hay virtudes cuyo ejercicio nos sea más necesario en las presentes circunstancias, para hacernos propicio el cielo, éstas son sin duda la viril resignación en las adversidades que él nos envía, la confianza en el poder y clemencia del Dios de la justicia y la abnegación personal en pro del bien común y de los sagrados intereses de la patria, por cuya salud debemos trabajar infatigables en nuestra respectiva esfera de acción, sin que nos arredre ningún sacrificio que sea menester consumar en su obsequio.
Mas, por grande que sea la pesadumbre que nos agobia, ella no debe conducirnos a la desesperación ni al desaliento y antes bien, en medio de nuestra angustiosa consternación, ha de animarnos la firme esperanza, de que el ejército aliado y sus valerosos Directores, fortalecidos con el grandioso ejemplo de los mártires del Huáscar, y emulando noblemente la gloria imperecedera de Grau y sus compañeros de sacrificio, sentirán reinflamarse con doble ardor, en sus corazones el fuego del amor patrio, para proseguir con nuevo brío la magna obra de defender y conservar incólumes, con la salvación de la patria, los sacrosantos fueros del derecho y de la justicia.
Pluguiese al cielo que esa nación obcecada, rasgando la venda de la pasión y del error que la ofuscan y extravían dejara de ofrecer a la América y al mundo el trascendental escándalo de una usurpación que, minando por su base aquellos principios salvadores, pone a nuestra patria y a nuestro noble aliado, el Perú, en la triste necesidad de rechazar la fuerza con la fuerza y de sostener, a todo trance, una guerra defensiva de cuyas sangrientas y desastrosas consecuencias, Chile ¡y solo Chile! será responsable ante Dios y ante la posteridad.
Entre tanto continuemos, amados hijos, elevando con insistente perseverancia nuestras humildes y fervorosas plegarias, hacia el excelso Solio del Dios de las Batallas, e imploremos su infinita misericordia sobre nuestra querida patria y sus defensores y sobre las almas de los ilustres muertos por cuyo eterno descanso, acabo de ofrecer sobre el ara santa el sacrificio augusto y propiciatorio del Cordero sin mancilla que borra los pecados del mundo.
¡Descansad en paz, ilustre víctima, porque terminasteis vuestra vida en lucha fatigosa! Descansad en paz, porque cumplisteis el deber en toda su plenitud, escribiendo con vuestra sangre, sobre las ondas del Océano, las más terrible sublime protesta contra las usurpaciones. Pues bien, que esas olas enrojecidas vayan a decir a otros hombres y a otros pueblos vuestra heroica inmolación, para que la humanidad, admirada, señale a vuestra historia un lugar de preferencia en sus anales de honra y gloria para las Naciones.
¡Sí, inmortal Grau! ¡glorioso mártir del deber! ¡que el cruento holocausto de vuestra vida en los altares de la justicia, alcanzando la resignación y el consuelo para vuestra digna, desolada esposa y vuestros tiernos hijos, os asegure una palma inmarcesible, allá en la mansión celestial, en esa patria de los justos, donde encuentran condigno y perenne galardón todas las virtudes y todos los sacrificios; en esa patria, donde se reservan una alegría sin fin y una paz perpetua, a los que, como vos, amaron en la tierra la justicia y aborrecieron la iniquidad! Requiescat in pace.
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1) 8 de octubre de 1879
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CARÍSIMOS HIJOS, SALUD Y PAZ EN EL SEÑOR
Encargado, a pesar de nuestra indignidad e insuficiencia, por el Eterno Príncipe de los pastores de suministrar a la grey, que nos ha confiado, el pasto saludable de la doctrina evangélica, y sin otro móvil que el vehemente anhelo de contribuir, en cuanto esté a nuestros débiles alcances, a vuestro bien pastoral y temporal, os dirigimos, amados hijos, nuestra palabra espiritual en la presente ocasión, a fin de recordaros, siquiera sea ligeramente, dos de los más sagrados deberes anexos a vuestro glorioso carácter de cristianos, cuales son: la respetuosa obediencia a las autoridades legítimamente constituidas (1), y el espíritu de unión y fraternidad que, siempre y en todo tiempo, debe reinar entre vosotros, para que en vuestra calidad de ciudadanos de una nación católica, podáis conservar y sostener incólume el don divino de la libertad, hija de la verdad y de la adhesión sincera y perseverante a la infalible palabra del Hijo de Dios que nos dice: «Si vos manseritis in sermone meo, vere discipuli mei eritis: et cognocetis veritatem, et veritas liberabit vos». Jn 8 31.
Clara es, desde luego, para vosotros la obligación que el Cuarto mandamiento del Decálogo os impone, de honrar, lo mismo que a los padres, a los superiores legítimos, y tampoco ignoráis que los efectos de la fuerza son absolutamente contrarios al derecho de mandar, que primitiva y originariamente viene de Dios: non est potestas nisi a Deo Rm 13 4; no siendo posible una autoridad civil legítima distinta de aquélla a que el pueblo se hubiese libremente sometido en observancia de la divina ley que así lo prescribe; en cuyo sentido, la nación es y se llama soberana, según la doctrina del Divino salvador difundida por sus apóstoles y luminosamente expuesta por el admirable genio de Aquino, el angélico doctor santo Tomás.
Si al romper el yugo de la dominación de la Corona castellana, para constituirse en Estado independiente, hubiese Bolivia adaptado su conducta a estas frases del gran Apóstol de las naciones: «Liberati autem a peccato, servi facti estis iustitiæ» Rm 6 18; nos habríamos ahorrado el espectáculo desgarrador de tanta sangre y de tantas lágrimas que han inundado a torrentes el suelo de la Patria ¡no habríamos tenido que sufrir ese cúmulo de males que la guerra fratricida ha hecho pesar sobre nosotros durante medio siglo! Todo lo cual provino principalmente, no lo dudéis, de una falsa filosofía, que llegó a generalizar la persuasión de que siendo esencialmente la autoridad una creación de la fuerza, era la misma fuerza dueña de desobedecerla o destruirla, a su antojo, y sin más ley que su voluntad. De tan absurdo y monstruoso principio fluyó, naturalmente, la tiranía en las leyes, el espíritu de rebelión en los gobernados, la violencia y la arbitrariedad en los gobernantes, y el inevitable naufragio de la libertad, combatida incesantemente por las olas del despotismo y la anarquía.
Ahora bien, si es una verdad eterna, una ley de Dios, la existencia de una autoridad suprema en el Estado legítimo, claro es que obedeciéndola dentro de los límites de lo justo, obedecemos a Dios mismo, y somos verdaderamente libres; siguiéndose de aquí, que buscar la libertad en el caos y el desorden de una revolución, habiendo ella sido establecida por Dios en la armonía y el orden de la obediencia, es caer fatalmente en los brazos de la más ominosa esclavitud.
Al recordar, amados hijos, estas sabias y salutíferas enseñanzas de nuestra Religión adorable, no perdáis de vista que la base fundamental sobre que ella descansa es la caridad, o sea el amor a Dios y al prójimo como a nosotros mismos, y que este último amor, sin el cual es imposible el primero, adquiere una carácter más obligatorio; por decirlo así, si a la simple calidad de hombre y de cristiano se añade la de ciudadano que constituye un nuevo y fuerte vínculo de fraternidad; vínculo santo que relajan y destrozan esas animosidades sangrientas, engendradas por el espíritu de partido y la ciega intolerancia en asuntos políticos que, contraído el corazón de angustia, vemos manifestarse con motivo de la lucha electoral que hoy preocupa al país, y en la que os conjuro y exhorto, a ejercer el derecho que la ley os acuerda, sin odio ni animadversión hacia aquellos conciudadanos vuestros que difieran de vosotros, en la elección de la persona que deba encargarse del supremo Gobierno de la República, en el próximo periodo constitucional.
Os recomiendo por último, con el más vivo encarecimiento, la sumisión más completa a la ley, el más profundo respeto a nuestras instituciones patrias, el amor más sincero, práctico y constante al orden público, sin el cual, no es posible avanzar un solo paso en el camino de la común prosperidad y, el horror consiguiente a la anarquía y a las revueltas, causa siniestramente fecunda de nuestro malestar, abre un hondo abismo en que quedan sepultadas nuestras más risueñas y halagadoras esperanzas.
Seguros de que ahora, como siempre, acogeréis con la cristiana docilidad que os caracteriza nuestra voz paternal y sincera, os enviamos cordialmente nuestra bendición pastoral.
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1) «El jóven sacerdote, D. Francisco Granados... en vez de tratar temas harto manoseados, hermana... la enseñanza cristiana con la reforma de las costumbres; su palabra sencilla, pero llena de unción, ha logrado no pocas veces contener el desborde del crímen en una población en que se han relajado los principios de la moral», Manuel José Cortés, ENSAYO SOBRE LA HISTORIA DE BOLIVIA Capítulo 7 (1861).
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INAUGURACIÓN DEL CONCILIO PROVINCIAL PLATENSE
Grande es mi confusión, ilustrísimos señores y venerables hermanos míos, al verme honrado tan inmerecidamente, con el encargo de dirigir mi pobre y desaliñada palabra al pueblo fiel, en este día solemne, y con un motivo tan excepcionalmente importante, cual es la inauguración del primer concilio provincial, que va a celebrarse después de la fundación de la República Boliviana, cuyos intereses espirituales nos ha confiado el Eterno Príncipe de los Pastores, Cristo Jesús, quien ha prometido estar en medio de nosotros reunidos en su Nombre, para cuidar de su amada grey y conducirla, al través del árido desierto de este mundo, a las fértiles e inmarcesibles praderas del celestial paraíso.
Confuso y anonadado a vista de mi pequeñez e insuficiencia para llenar debidamente tan difícil cometido, me alienta sólo la esperanza de que ese Espíritu de vida que descendiendo, en un día como éste, sobre el Cenáculo de Jerusalén, transformó a los rudos pescadores del mar de Galilea en sapientísimos pregoneros de Nueva Ley, vendrá en auxilio de mi debilidad y dará a mis balbucientes labios la unción que han menester para producir el fruto apetecible en mi creyente, ilustrado y respetable auditorio.
Bien comprendéis, desde luego, señores, que las condiciones generales de la sociedad cristiana del Siglo Decimonono, y las peculiares de la nuestra, son de naturaleza tal que, por sí solas, bastan para persuadirnos de la utilidad y conveniencia, y quizá no me equivocaría al decir, la necesidad imperiosa de estas santas asambleas nacidas con la Iglesia y destinadas a conservar y robustecer la fe, raíz de toda justificación, a reanimar la esperanza, prenda segura de misericordia, y a inflamar la caridad que es el vínculo de la perfección.
He ahí por qué me propongo llamar hoy vuestra benévola atención sobre el deplorable estado intelectual y moral de una gran parte del mundo contemporáneo que, por las tortuosas sendas de un progreso mal entendido corre precipitadamente hacia el abismo de una barbarie de peor condición de aquella que vino a destruir la cruz del Gólgota, sin que pueda ser detenido en su insensata carrera, sino por la mano potente y bienhechora de esas tres sublimes virtudes, brote exclusivo de la verdadera religión, de que es depositaria y guardiana fidelísima la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.
¡Oh Espíritu Consolador! Enviadme un destello de vuestra luz vivificante, para poder despertar en mis oyentes una fe viva, una firme esperanza, y una caridad ardiente y generosa, que los disponga a recibir la abundancia de vuestros preciosos dones, que humildemente imploro por la eficaz mediación de vuestra Inmaculada Esposa, la Virgen llena de gracia.
Después de la lenta incubación de los elementos subversivos de la fe y de la moral evangélica que, al calor de la soberbia, la incontinencia y la ira, encarnadas en el fraile apóstata de Wittenberg, padre de la pretendida Reforma, se verificó en el Siglo Decimosexto, está fuera de duda que, a contar de la Revolución Francesa, el cuadro más horroroso y sangriento que ofrece la historia de la humanidad, y cuyo primer centenario se cumple en el año presente, desde el día nefasto en que, solemne y cínicamente desconocidos los derechos de Dios, se proclamaron los derechos absolutos del hombre -«Against these there can be no prescription... these admit no temperament, and no compromise: anything withhheld from their full demand is so much fraud and injustice»- está fuera de duda, repito, que una porción considerable de la sociedad actual, se halla separada del camino que debe conducirla, al fin temporal y eterno de su creación.
Para convencerse de tan triste realidad basta fijar un poco la atención en que, desde aquella fecha malhadada, el racionalismo ateo, en sus múltiples formas y denominaciones de naturalismo, positivismo, liberalismo, surgiendo de los antros tenebrosos de la masonería, que lo alienta y difunde con tenaz persistencia, ha hecho y hace inauditos esfuerzos por debilitar y romper los estrechos vínculos que ligan a la criatura racional, aislada y colectivamente, con su Criador, Conservador y Redentor Supremo, y por extinguir en la tierra la idea misma de la Divinidad, obstáculo el más poderoso para la apoteosis o deificación de la razón humana, que constituye su bello ideal, su codiciado objetivo a cuyo logro se encamina principalmente por la proclamación del falso principio llamado libertad de cultos o indiferentismo religioso, presentado como una de las más valiosas conquistas de la moderna civilización, y que distando inmensamente de la tolerancia civil -prudente, razonable y aún necesaria, en ocasiones dadas- conduce lógicamente al ateísmo y, abriendo ancha puerta a todas las aberraciones del entendimiento de que son inseparables los extravíos del corazón, aniquila la fe y zapa los cimientos de la moral civil. «The consecration of the state, by a state religious establishment, is necessary», aducía el parlamentario inglés Burke, «to operate with a wholesome awe upon free citizens».
Poca penetración se necesita ciertamente, señores, para persuadirse de que tal es el término inevitable de esa decantada libertad que violenta y contraría en el fondo a la naturaleza del hombre, instintivamente religioso, aun en el estado salvaje, y porfía por separar, l