Javier del Granado - Obras Seleccionadas

Poema Dedicatorio

1945 Canciones de la Tierra

1947 Santa Cruz de la Sierra

1959 Cochabamba

1964 Romance del Valle Nuestro

1967 La Parábola del Águila

1969 Discurso en Manila

1970 Antología de la Flor Natural

1971 Terruño

1973 Discurso

1975 Estampas

1980 Vuelo de Azores

1982 Canto al Paisaje de Bolivia

1992 Cantares

Javier del Granado y Alfonso Reyes

Traducciones al Inglés
por el poeta Bruce Phenix
(publicadas con el permiso del autor, a quien
pertenecen los derechos. © 1992 Bruce Phenix.)

A Un Poeta

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POEMA DEDICATORIO

[FRANCISCO] JAVIER DEL GRANADO Y GRANADO
1913-1996

A Virgilio, Darío y del Granado
Apolo sacro iluminóo su mente,
y de Laureles coronó la frente
del bardo pastoril y épico osado.

En trinos de cristal quedó orquestado
el "ROMANCE DEL VALLE" floreciente,
y en el arpa del viento el sol poniente
arrulló a las palomas del Collado.

Amó Polimia al "Ruiseñor Canoro"
y en "Cochabamba" repicó el Parnaso,
en torres de cañón,campanas de oro.

Midió el Cóndor sus alas con el cielo
y encabritando al lírico Pegaso,
atropelló a los Andes en su vuelo.

—Félix Alfonso del Granado Anaya

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1945 CANCIONES DE LA TIERRA

POEMA DE LA GUERRA

¡Guerra! ¡Guerra!
resoplan las túrbidas trompetas
y de la paz vibrante
de las constelaciones,
en potros que preñaron las nubes de tormenta,
por los cuatro caminos de sangre y lejanía
fogosamente parten jinetes espectrales.

Son los cuatro jinetes
sembradores de angustia
que agavillan la testa de pueblos
y culturas,
desflecando sus venas con rebenques de nervio,
y ansiosos de exterminio
incendian con la antorcha del sol el Universo.

¡Guerra! ¡Guerra!
combea
sobre un yunque de truenos
la ronca voz del Vándalo.

El Monstruo
abre sus órbitas de cráteres en llamas
y tritura en sus fauces
de hambrientas bayonetas,
la efigie de Athenéa

Exprimen sus tentáculos
sedientos de perfidia,
los ojos de las madres
¡inmensos de horizontes!
sorbiéndole al planeta los jugos de su entraña:

la sangre de los hombres.

El Mundo se estremece
convulsionado y loco,
y en roja llamarada tremolan las banderas.

Apuñalando templos con bombas incendiarias,
despliegan los halcones sus alas de tormenta
y estrujan en sus garras
la tierra milenaria.

Sepultan en sollozos villorrios y ciudades.
Arrasan huracanes de hierro
las trincheras.
Crepita la osamenta quebrada
en estertores.
En las órbitas huecas florecen
las granadas.

La sed alucinada
se clava en las gargantas
y huestes de cadáveres heroicamente grandes,
trenzando
con sus vísceras
escombros y senderos,
se curvan bajo el plomo chasqueante de los bárbaros.

Palpita una pregunta:
¿Atila o Anticristo...?
Y la sangre que tiñe el Flanco de los montes,
responde:
es una sombra...
Es una sombra-claman los ojos
de los niños;
las raíces de las casas
donde bajó el silencio
que convirtió en sepulcros los brazos de las madres.

Europa socavada
por manos subterráneas,
revienta como un géiser borrando el horizonte.
El Monstruo embiste al mundo,
sus garras estrangulan ciudades indefensas.
El hambre de los pueblos,
arañará los surcos humeantes
de la tierra,
que abortó bajo el peso rugiente de los tanques.

Las madres angustiadas
morderán sus arterias,
exprimiendo sus senos: una luna de anemia:
mientras el cuervo errante
devora las carroñas,
segando con sus alas un bosque de existencias,
que enjalbega de cráneos la superficie intérmina.

En el grito del siglo hay un clamor de angustia,
que estruja la garganta
del mundo agonizante,
y en las bocas partidas se hiela
esta pregunta:
¿Y qué será del hombre...?
¿Qué de la tierra nuestra...?
Mañana cuando pidan respuesta
nuestros hijos,
y se yergan mujeres con los senos quemados
señalando las ruinas,
las cunas sin sonrisas,
las ciudades llameantes,
y toda esa macabra legión de los exhombres,

¿Será posible hablarles del «Daimon»,
del ancestro,
de la bestia que duerme agazapada y turbia
en el pecho del hombre,
enjaulando sus nervios bajo un chorro de látigos?

La torre del silencio
responderá a los siglos.

A CRISTO

Hoy que el dolor retuerce la entraña
de la tierra,
y un huracán de látigos desfleca nuestros nervios,

¡Cristo! ¡Cristo!
es el grito que estruja las gargantas
de millones de hombres,
que alucinados y ebrios
socavan con sus uñas sangrantes, los sepulcros
y exprimen en sus dientes
el corazón
de Abel.

¡Cristo! ¡Cristo!
es el grito
que llena los espacios
y que rasga los oídos
como una puñalada de estremecida angustia.

Y los ojos te buscan y las bocas te claman:
Señor,
abre a la tierra tus brazos de horizonte
y empuñando la curva guadaña de la luna,
con tus dedos de lágrimas,
con tus dedos de lágrimas escarchados de estrellas,
cosecha en nuestras almas la espiga del dolor.

EL MÉDICO DE LA ALDEA

Como el dulce Rabí de Galilea,
con la sonrisa iluminó la infancia,
y derramó de su alma la fragancia
sobre la humilde gente de la aldea.

Su espíritu en el Héspero aletea,
su corazón palpita en nuestra estancia,
y su mano a través de la distancia
la plata de la luna espolvorea.

San Vicente de Paul y San Francisco
transmigraron a su alma consagrada
a cosechar espinas en el risco.

Junto a la cuna meditar lo he visto.
Se cuajaba de estrellas su mirada
cuando pedía lo imposible a Cristo.

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1947 SANTA CRUZ DE LA SIERRA

CANTO AL CAPITÁN DON ÑUFLO DE CHÁVES

LA LEYENDA DE EL DORADO

Bajo el ardiente luminar del trópico,
como el hidalgo Caballero Andante,
jinete en ilusorio rocinante,
sueña don Ñuflo con un país utópico.

En la pupila azul de un lago hipnótico,
ve una ciudad de mármol relumbrante,
almenas de ónix, fuentes de brillante,
y aves canoras de plumaje exótico.

Ve al augusto Paitití en su palacio,
y a caimanes con ojos de esmeralda,
custodiando sus puertas de topacio.

Turba su mente el colosal tesoro.
y en los oleajes de la fronda gualda,
el sol incendia la Leyenda de Oro.

LA CONTIENDA

En soberano gesto de bravura
despedaza el airón de real plumaje,
y borra a latigazos el tatuaje
del Cacique de exótica figura.

Chispea en la selvática espesura
la nocturna pupila del salvaje,
que desafía fuera del boscaje,
la muerte con indómita locura.

No se oye en la lucha ni un gemido,
sino un rumor de huesos que crepita
y de saetas el vuelo estremecido.

Rosas de sangre brotan en la senda,
y el brazo que la selva decapita,
sobre mil cráneos levantó su tienda.

FUNDACIÓN DE LA CIUDAD

Nuflo de Cháves con su lanza fiera,
desgajó el bosque en lampos de alborada,
y al pie del monte floreció nimbada
de trinos de oro, la ciudad señera.

Mas, su linaje que al Guapay venciera,
dio a Santa Cruz por señorial morada,
de Grigotá, la tierra iluminada,
que amó al Cacique y lo volvió palmera.

Surgió la diosa del Piraí sonoro,
y alba de espuma y de jazmín fragante,
trenzó de sol su cabellera de oro.

Bordó la luna en su condal emblema:
tres cruces áureas, un león rampante,
y ebúrnea torre en un palmar de gema.

FECUNDACIÓN

Por la angustia del germen torturada,
se entregó con lujuria de pantera,
mordiendo estremecida, la faz fiera,
del Capitán de barba azafranada,

Y en los brazos del trópico estrujada
su carne de fragante adormidera,
floreció como roja primavera
bajo el peso de Febo, calcinada.

Y la ardiente cantárida del sexo,
ebria de sangre, palpitó en la herida
del misterioso término convexo.

Gimió la hembra, estremecida y loca,
en el supremo goce de la vida.
Y una bermeja flor se abrió en su boca.

RUMBO A MOXOS

El Neblí de su espíritu presiente
que el futuro de América bullía,
en la zona selvática y bravía
que fecunda el bramido del torrente.

Y en el frágil esquife del Creciente
los zarpazos de espuma desafía,
mientras viola en la inmensa lejanía,
un sol rojo, las pampas del Oriente.

Quema el aire del trópico salvaje,
y es un mar ondulante la llanura,
que cercena los yelmos con su oleaje.

Muere el astro en la cúpula del monte,
y en el lecho de perlas que fulgura,
fuga el rió en flechazos de horizonte.

MUERTE DEL CONQUISTADOR

Feroz y aleve, tras la hirsuta senda,
tesa el Cacique su arco de combate,
y como el ala del quetzal se bate
su airón de plumas, en guerrera ofrenda.

Fulgura el hacha en la nevada tienda,
sobre la tierra el Capitán se abate,
bulle su cráneo en olas de granate,
y un haz de luna sus pupilas venda.

Un mundo azul de ensueños se derrumba,
y abre la cruz sus brazos de lucero
para velar el mito de su tumba.

Iza la hueste el Gonfalón de España
y en alba de oro y rutilar de acero,
¡canta la gloria su inmortal hazaña!

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1959 COCHABAMBA

EL INCA

El llautu rojo y el airón sagrado
orlan su frente con la borla regia,
y el súntur páucar con su globo de oro,
encierra el orbe en su potente diestra.

Flota en sus hombros purpurino manto,
el huámpar nieva su figura esbelta,
y altas ojotas de sedeño caito,
ciñen sus corvas con doradas trenzas.

Recias argollas de su oreja penden,
y el áureo huallca de irisadas gemas,
los doce signos del zodíaco engarza
sobre su pecho en luminar de estrellas.

Por eso el tiempo que transforma imperios,
detiene el sol en su reloj de arena,
cuando la voz del Haravico inicia
del Inti Raimy la solemne fiesta.

Y en Koricancha, ante su augusto solio,
vierte el Augur en oblación de ofrenda,
sangre de alpaca y de guanacu tierno,
germen fecundo de la Madre Tierra.

Mientras las Ñustas en divina danza,
de alas de luz y florecer de quenas,
siembran de amor en sus dominios sacros,
el hailly de oro, en polvo de leyenda.

LOS CONQUISTADORES

Polvo de mil leyendas,
relampaguear de espadas
relincho de corceles
y un huracán de lanzas,
anuncian el arribo de los Conquistadores,
que rasgan en los Andes la túnica del alba.

Su empuje es invencible,
no los detiene nada,
ni la bravura indómita
de los soberbios charcas
que funden sus escudos en luminar de saetas,
y aplastan
de un hondazo
corazas
y armaduras,
trenzando con sus huesos el Fuerte Cantumarka,
donde el cacique Titu
defiende las Pucaras
con treinta mil guerreros
que rugen en la pampa,
para impedir el paso de los Conquistadores
que riegan con su sangre la tierra milenaria,
¡alzando a las estrellas
la gloria de sus armas!

Un augusto silencio
circunda las montañas,
y embruja el espejismo de la planicie intérmina
la sombra de los muertos que vagan en la vaga
claridad de la luna,
que nieva sus mortajas,
mientras solloza el ronco dolor de la yareta
y el ventarrón flagela la estepa solitaria.

Retumban los tambores del trueno
en lontananza,
y hollando con fiereza
cuchillas y gargantas,
mesetas infinitas
y cumbres escarpadas,
avanza victoriosa
la hueste legendaria
que asombra al Collasuyu
con épicas hazañas.

Recama el sol naciente
lorigas y gualdrapas,
resoplan los bridones,
fulguran las corazas,
y salpicando en lumbre
neveros y cascadas,
florece en las pupilas
¡la flor de Chokechaca!

Tremolan en el viento penachos y estandartes,
y alzando polvareda de siglos en la pampa,
galopan los centauros
que arrojan llamaradas.

Los ven del Churuquella
los indios y curacas
que extienden sus dominios
del Ande al Chiticata,
y desgarrando el aire
con flechas incendiarias,
los cercan en un aro
de trágicas tenazas.

Traspasa un dardo de oro
la Enseña castellana,
y mella la armadura del Capitán
de España
que marcha a la cabeza
de sus mejores Lanzas,
en medio de los nobles y altivos paladines
don Diego de Centeno y don Gaspar de Lara;
y heridos en su orgullo los fieros Caballeros,
embrazan sus escudos, desnudan sus espadas,
y al grito de ¡Santiago!
se lanzan
al asalto,
y rompen la diadema que ciñe las montañas.

Crepita en estertores
la tierra mutilada,
y avasallando un Reino que floreció en milenios,
irrumpe don Gonzalo Pizarro, en Chokechaca,
y aplasta en sangre y hierro
la testa de los charcas.

Exploran los centauros
los riscos y las playas,
los lagos, las llanuras, los montes
y quebradas,
los ríos fabulosos, los bosques encantados,
el valle de Yotala,
y del cerro del Endriago
que tiende un puente de oro de Potosí hasta España.

Y en pos de los canelos de un País imaginario
que teje la leyenda dorada
de El Dorado,
se internan en la jungla salvaje y milenaria,
y hundiendo en las cachuelas
sus frágiles piraguas,
retornan a las cumbres, descienden a los llanos,
y encuentran con asombro ¡las tierras de Sapalla!
más bellas que las bellas comarcas orientales,
más ricas que las ricas regiones altiplánicas,
y allí, colman su fiebre de ensueños y grandezas,
rimando las auroras en las pupilas glaucas
de las morenas ñustas
que enfloran Qhochapampa.

Y al son
de los clarines de rutilante plata,
pregonan la proclama del Vencedor
de Charcas,
que otorga a los hidalgos
los valles de Canata,
y ordena a Peransurez
fundar la Ciudad Blanca
que ostentará en su escudo de heráldicos blasones:
un águila bicéfala, gaznante y coronada,
los cerros del presagio
y el de la ofrenda sacra,
el gonfalón de lumbre que izaron los Cruzados,
dos áticas columnas, diez testas degolladas,
y leones que rugientes
custodian con sus zarpas las torres almenadas.

CANATA

Mediaba el Siglo de Oro,
fulgores de zafiro
rizaban con su lumbre
las quiebras y los riscos,
nimbados por la cósmica grandeza del Tunari,
que ostenta en sus picachos airones de infinito;
y Garci Ruiz
marchaba camino
del futuro,
sembrando en anchos surcos su corazón de trigo.

Y al ver
en el espacio los augurales signos
que trazan a los hombres
las rutas del destino
sintió crecer sus alas más grandes que su vuelo,
y en busca de horizontes que abarquen sus designios,
lanzose a la conquista
del Valle Prometido,
sin picas ni tizonas,
sin horca ni cuchillo,
comprando a los caciques Achata y Konsawana,
sus predios, sus casales y el aguazal temido,
que lindan al noroeste
las túrbidas rompientes del río Condorillo,
al sur el Jaya Uma
y el Alalay que escarcha las ondas del Estigio,
y el este con las sierras del Tatakirikiri
que ofrenda a las zagalas collares de roció

Y así, forjó en Canata
su hacienda y sus dominios,
soñando con un sueño
de ensueños campesinos.

Tras él, otros hidalgos
en pos de señorío,
llegaron a estas tierras de pastoril
retiro,
y en un arranque
digno
de un canto
de Virgilio,
Rodrigo de Orellana y el Capitán Sanabria,
fundieron sus espadas en rejas de cultivo.

Y al verse
en un paraíso
de ensueños
nunca vistos,
el noble encomendero don Diego de Mejía,
se convirtió en un molle frondoso y pensativo.

Su empuje indomeñable
logró que los nativos,
desmonten los tuscales, desequen los pantanos;
y don Martín de Rocha, desviando el Condorillo,
enriqueció la Maica
con fecundante limo.

Y absortos contemplaron
los rudos campesinos
cubrirse los charcales
con mantos de berilo;
y el oro de las mieses
que grana en haz de trinos,
colmó de pan sabroso
las chozas de los indios.

Surgieron a su impulso las casas solariegas,
con amplios corredores y aljibes cristalinos;
que ostentan la prosapia de los Conquistadores,
en rejas cinceladas y escudos de granito;
y junto a las casonas
de estilo
castellano,
que retan a los siglos
velando
sus dominios,
se alzaron
los establos de vacas y potrillos,
y el huerto de legumbres y de árboles frutales
que escarchan en agosto, sus frondas de granizo.

La vida era tranquila,
los hábitos sencillos,
y alegres cabalgatas
cruzaban los caminos,
con rumbo
a la alquería de algún hidalgo amigo,
y al son de las bandurrias
de melodioso ritmo,
danzaban con las mozas
de senos frutecidos,
rindiéndolas
al fuego de su amoroso brío,
que fecundó Canata
con sangre de mestizos.

Y a veces desgranando nostalgias de crepúsculo,
vagaban a la sombra del huerto adormecido,
que engarza de cocuyos
los sueños fugitivos.
O en ruedo campechano
de embrujo evocativo,
parlaban a la lumbre
de hachones encendidos;
y allí
la voz de plata del sembrador de trigo,
de luenga barba
y ojos chispeantes como el vino
contaba a los hidalgos,
con verbo enardecido,
que vio rodar la testa de Gonzalo Pizarro,
salpicando de sangre los picachos andinos.

Y entre el bronco
estampido
de las guerras civiles
que asolaron La Plata con su vuelo fatídico,
vio la trágica muerte
que dispuso el destino,
al rebelde
caudillo
Sebastián de Castilla,
que abatió en la anarquía sus pendones altivos.

Y en el Cuzco,
la hoguera de fulgores rojizos,
que atizó el alzamiento de Francisco de Hernández;
y otras bellas historias de los tiempos vividos,
que escuchaban los mozos
relatar al patricio,
de esta Villa de límpidos blasones
y rancio señorío,
que fundara en las tierras de Canata
hechas de sol y madrigal de trinos;
el día de la Reina de los Ángeles
en su Asunción gloriosa al Paraíso;
el Capitán Gerónimo de Osorio,
de los Tercios de Flandres desprendido
como azul personaje de leyenda,
de noble porte y corazón florido;
que enarbolando el Pabellón de España
sobre el testuz de su corcel bravío
legó a la Villa el nombre de Oropesa
y el escudo condal de don Francisco:
plata y azur en campo jaquelado,
leones rampantes, perlas y castillos,
corona de oro, lambrequín de espuma,
y alta cimera de argentado brillo,
do vela un ángel de llameante espada,
una áurea cruz y un mundo de zafiro,
que blasonan la flor de Cochabamba
con el airón de su historial magnífico

Y en la rústica aldea de Canata
con sus huertos cuajados de rocío,
donde nieva la flor de los almendros
y la blanca plegaria de los lirios
alboreaba la Villa de Oropesa
bajo un palio bordado de zafiros,
que escarchaba las últimas estrellas
en el claro remanso de los ríos;
mientras oraba un pueblo de pastores
y de viejos hidalgos campesinos,
contemplando el simbólico madero,
el chispear de los cirios,
el texto de los Santos Evangelios,
un enorme y sangrante crucifijo;
y un lebrel que lamía las sandalias
del fraile pensativo,
que entonaba litúrgicos cantares
bendiciendo el villorrio florecido.

BARBA DE PADILLA

Bajo el fanal del cielo rutilante,
tremola el Estandarte de Castilla,
y en medallón de auroras agavilla,
oro de mies y lumbre de diamante.

Irisa el Valle un luminar chispeante
y el Licenciado Barba de Padilla,
funda de nuevo la naciente Villa,
arremetiendo su corcel piafante.

Los siglos bordan su historial de argento,
sobre el poblacho cuyo viejo nombre
es polvo de oro que se lleva el viento.

Dando a Oropesa la de tez morena,
lumbre de valle, patriarcal renombre,
cantar de gesta y sollozar de quena.

VILLA DE OROPESA

Sangre de sol y albores campesinos
dan a la hidalga Villa de Oropesa,
un rutilar de eglógica belleza
que se desgrana en madrigal de trinos.

El ocio pastoril de los vecinos,
vence el Cabildo con sagaz firmeza,
y aflora en horizontes de grandeza
el luminar que alumbra sus destinos.

Mozas en flor deslumbran sus callejas,
y entre un piar de besos y suspiros,
gime el laúd en las talladas rejas.

Vela el Tunari altivo y solitario,
y constelando el cielo de zafiros,
la Cruz del Sur corona el Campanario.

EVOCACIÓN COLONIAL

Fulgura el sol,
las huertas
se cuajan de rocío,
y envuelta
en los celajes del alba rutilante,
florece en las pupilas la Villa de Oropesa.

Sucumben a su embrujo
los amos de la tierra,
y olvidan para siempre panoplias y estandartes
que antaño conquistaron en épica contienda.

Gobiernan el Cabildo los doce Regidores
que esculpen los joyeles de la ciudad labriega,
y dan al Campanario prestancia y señorío,
borrando los terrosos contornos de la aldea,
que riza en las colinas el oro de las mieses
y ciñe en su garganta collares de luciérnagas.

Desgranan las campanas
su lengua vocinglera,
albean de palomas
las torres de la Iglesia,
y asisten a la misa
las damas lugareñas,
luciendo con donaire mantillas
y peinetas

Asedian los varones
su erecta fortaleza,
y gime la guitarra

de amor en las callejas,
rondando noche a noche,
¡la flor de su belleza!
hasta que al fin se rinde la moza a sus requiebros,
y escala el pretendiente por la florida reja.

Sonríe el dios bicorne
y en la quietud sedeña
se escucha el caramillo
que arrulla la floresta.

La vida es un remanso de paz en el villorrio;
los años se deslizan con placidez risueña;
solemnes procesiones,
trisagios y novenas,
conmueven el espíritu
piadoso de la aldea.

Celebra el vecindario
las vísperas y fiestas,
con salvas,
camaretas,
danzantes
y comedias,
castillos, luminarias,
girándulas y hogueras.

Se juega a la sortija, la taba y la alcancía,
hay toros embolados y gallos de pelea,
la Plaza es un enjambre
de mozas y de abejas;
y airosos caballeros en rápidos corceles
destrozan con denuedo la caña, en su carrera.

Mecheros y faroles
alumbran las callejas,
y altivos hijosdalgo de capa y esclavina,
visitan por la noche las casas solariegas.

Animan las tertulias
leyendas y consejas,
la risa de las jóvenes
y el juego de las prendas,
las damas, el chaquete,
las copas de mistela,
sabrosas confituras y humeante chocolate,
que en jícaras de plata convidan las doncellas;
mientras la abuela enciende
la trémula candela
que ahuyenta con su lumbre
las ánimas en pena.

Deponen los patrones
su ríspida fiereza;
comparten con los indios
los dones de la tierra,
les prestan sus aperos,
se ayuntan con sus hembras,
y dan a los nativos
su idioma y sus creencias,
pues ellos representan un capital humano
y es parte de sus bienes la gente de la Hacienda.

Mas la febril codicia
de honores y riquezas,
que calcinó los huesos del recio aventurero,
extirpa en cada Mita la población labriega,
sin que Virrey alguno
con su actitud severa,
consiga que se cumplan las sabias Ordenanzas
que el Rey Don Carlos V, legara a las estrellas.

Pero el hispano añoso
que se enraizó en la gleba,
derrama la simiente racial del mestizaje
y se desborda en savia de sol la sangre nueva,
que dio a la vieja raza vigor y lozanía,
rimando los latidos del corazón de América.

Se extingue el Siglo de Oro de los Conquistadores
que hicieron de Canata la Villa de Oropesa,
y afloran otras castas
tiránicas y fieras,
escorias de los restos del viejo feudalismo
que amasa en sangre y hierro: hombre, sudor y tierra.

Y ¡ay! de los pobres indios
tenidos como bestias,
desgarra sus espaldas el látigo de fuego
que despedaza en flecos la carne de la gleba.

Los déspotas
esquilman las chozas chacareras,
desplazan al criollo
de cargos y prebendas,
clausuran al mestizo
las aulas de la escuela;
se burlan de las Leyes,
recargan las gabelas,
y el pueblo se retuerce
de angustia y de miseria.

Retumban en la Villa
rugidos de tormenta
que rasgan de relámpagos
los valles y las vegas,
los montes, las llanuras,
los ríos y las quiebras,
y surge en la truncada columna de la Historia,
el Cholo que de un grito despierta la conciencia,
de un pueblo de mitayos que se olvidó del alba,
combando con su cráneo las trágicas cavernas.

INSURRECCIÓN MESTIZA

Tiñendo con su sangre
los ríos y las lomas,
los valles, los bajíos,
Carasa y Capinota,
Arani, Sipesipe,
Tapacarí y Pocona;
se alzaron los mestizos al grito del platero
Calatayud, que al pueblo la rebelión pregona,
mientras flamea al iris
su Enseña luminosa.

Y apenas
abandonan
la villa de Oropesa,
las tropas
que pidiera Benero de Balero;
para imponer al pueblo gabelas ominosas
que pesan en sus hombros
como aplastante roca;
se congregó en la Plaza
la plebe tumultuosa,
rugiente como oleaje
que el huracán azota.

«¡Viva el Rey!,
¡Muera el Guampo!» gritaban los ilotas,
y en busca de Rivera
que la ciudad desola;
desarman al Cabildo,
saquean las casonas,
y asaltan con fiereza
la cárcel española,
rompiendo en mil pedazos
la trágica picota.

Y sólo se apacigua
la chusma revoltosa
que con furor sangriento la hidalga Villa
asola,
cuando los frailes salen
en procesión devota,
llevando en andas de oro
la efigie milagrosa
de la morena Virgen que con amor
deshoja,
en pétalos
de lirio, las perlas de la aurora.

Florece en los picachos
el alba de oro y rosa,
y al son de las campanas
que tocan
a rebato,
el pueblo se alza en armas y el enemigo afronta,
y corta en cien picadas las rutas de Jayhuaycu,
que asedian con bravura las huestes españolas.

Jacinto Cuba
arenga con ímpetu a su escolta
y embiste a los rebeldes
a golpes de tizona,
pues callan los trabucos
de pedernal y pólvora,
y están acorraladas
sus abatidas tropas,
que diezman los villanos en la Colina
histórica,
sembrando de cadáveres
las removidas fosas.

Y el 30 de noviembre del 730,
derrota
el Cholo Alzado
las fuerzas opresoras,
y anuncia en los clarines
del alba su Victoria.

Temiendo el Cura Urquiza
que las plebeyas hordas
perturben con sus armas la paz del Campanario,
convoca
a los Priores y frailes de convento
a un cónclave que aplaque las nubes borrascosas;
y en medio de un murmullo de salmos y exorcismos
conduce bajo palio la célica Custodia.

Se inclinan a su paso
las turbas vencedoras,
y en el cuartel rebelde
el viejo Cura exhorta,
al bravo Cabecilla
con verba admonitora,
que si retiene el alto
comando de las tropas,
extienda hacia el Cabildo
su diestra protectora,
y deje
a los hidalgos capitular con honra;
pues criollos y mestizos son brotes de ese tronco
que el árbol de la estirpe cobija con su sombra.

Y al ver
que el Cura eleva con manos temblorosas,
bajo el azul espacio
la sacrosanta forma
que nieva las colinas
en alba de palomas,
sobre la tierra madre, Calatayud
se postra,
pidiendo al Ser Supremo
que consolide su obra.

Y con el guión de plata
frente a las huestes cholas,

preside fervoroso
la procesión gloriosa,
que deja
en las callejas de la ciudad absorta,
un halo de plegarias,
de lágrimas y rosas.

De allí,
pasa al Cabildo donde el Alcalde invoca
los nobles sentimientos
de su alma generosa.

E impone a los vencidos las Capitulaciones
que abrogan la injusticia reinante en la Colonia,
y borran privilegios y odiosas distinciones
de castas nobiliarias sobre la estirpe chola,
que derramó en la lucha
su sangre valerosa,
por defender
la causa más justa de la Historia.

Rodeado por los miembros del nuevo Ayuntamiento
que aclama enardecida la chusma victoriosa,
asoma a las tribunas el ídolo plebeyo
y arenga al vecindario con voz conciliadora.

Ostenta entre sus manos en símbolo de mando
bastón de puño de oro con argentadas borlas,
y en uso del mandato
que otorga la victoria,
designa a su compadre Rodríguez y Carrasco
Corregidor del pueblo que conquistó la gloria.

Pues el reptil
se enrosca
en la Imperial
Corona,
y con sutil astucia
la rebelión traiciona:
negocia con la Audiencia, se vende al Virreinato,
y troncha
a puñaladas
la vida promisoria,
del Mártir de la plebe,
que es Gloria de la Historia;
y ensangrentando el cenit del Siglo XVIII,
pendula en la Colina su testa redentora.

REVOLUCIÓN DE COCHABAMBA

Fundiendo
en una fragua
de lumbres
escolásticas
el verbo de Aristóteles y de Tomás de Aquino,
se yergue Chuquisaca, doctísima y preclara,
y siembra
el Collasuyu de ideas libertarias.

Y cuando el explosivo tenor de los libelos
pregona que las águilas
de Napoleón el Grande,
tendieron victoriosas sus alas sobre España;
emergen los Togados del Aula Carolina,
y enardeciendo al pueblo con voz iluminada,

deponen a Pizarro
del Solio de los Charcas.

Sacude la revuelta las vértebras del Ande,
desgarra la tormenta las cumbres escarpadas,
y el 16 de julio del 809
La Paz
repite el grito de ¡guerra a los tiranos!
y atiza las hogueras del sol en sus montañas.

Tremola en el espacio la Enseña de la Gloria
y estrujan los halcones de mayo entre sus garras,
las márgenes
ubérrimas del Río de la Plata,
las cumbres fabulosas
del rico Collque Guacac,
las quiebras que rugiente socava el Chuquiagu,
las selvas orientales donde la vida canta,
y el Valle del Milagro donde alboreó
la Patria,
que el setecientos treinta,
Calatayud soñara,
soñando como sueñan
las soñadoras almas
que atisban en lo etéreo
la claridad del alba.

Florece
en los espíritus la sangre derramada,
y luego de un período
de ochenta años de calma,
retoman los vallunos
sus herrumbrosas armas;
y al son de los clarines de Juan José Castelli,
que arrastra en sus corceles los vientos de la pampa;
irrumpen de la Villa
de San Felipe de Austria,
las huestes aguerridas
que envió Gonzales Prada,
Gobernador
del regio solar de Cochabamba,
al mando de Rivero, Melchor Guzmán y Arze,
para extinguir el fuego que abraza la altipampa,
y hundir entre osamentas
el alzamiento aimará
del fiero Titichoka,
que aterra con sus hordas la puna solitaria.

Y en pos de los ideales
de Libertad y Patria
que propaló en el Valle,
la voz de los patriarcas
Canelas, Ferrufino,
Carrasco y Antezana,
retornan los paisanos
por riscos y quebradas,
con rumbo
hacia el hidalgo villorrio de Tarata,
donde madura el genio de Don Esteban Arze,
en recio plan de guerra la insurrección armada,
que proyectó en Oruro, Francisco del Rivero,
el precursor insigne de la naciente Patria.

Concilios nocherniegos
preparan la asonada,
el aire huele a pólvora,
la Villa es una fragua,
y al irradiar el día 14 de septiembre,
desborda en un torrente la fuerza de las masas,
y estalla en los espíritus
la rebelión sagrada.

Asordan el villorrio
tambores y campanas,
y al son del las trompetas
que rugen ¡a las armas!
Guzmán Quitón
asalta
la guarnecida
Plaza.

Reducen los patriotas
cuarteles y atalayas,
y al formidable empuje de intrépidos jinetes
que arrollan con sus lanzas
trincheras y estandartes,
Francisco del Rivero y el Héroe de Tarata,
derriban el Gobierno
del vacilante Prada,
y tallan con su sable
la efigie de la Patria.

Se agita el pueblo
en olas de hirviente marejada,
y en un cabildo pleno de históricos sucesos,
proclama
los principios
de Libertad y Patria,
que propugnó el tribuno
Cornelio de Saavedra,
hinchando de huracanes
el anchuroso Plata.

¡Viva
la Patria!
exclama la gente enardecida,
y entre un rumor de triunfo y un luminar de salvas,
proclama a Don Francisco, Gobernador Supremo,
y otorga a Don Esteban, la Comandancia de Armas.

Rivero
asume el mando con mente visionaria,
y exalta a las estrellas
el nombre de la Patria,
que funde en la leyenda
la gloria de su espada.

Acatan los patriotas la Junta de Gobierno
que rige los destinos del Río de la Plata,
y envían las legiones del Capitán Foronda,
a deponer el régimen de Nieto, en Chuquisaca;
pues temen que las tropas del Visorrey de Lima,
desgarren de un zarpazo la gesta libertaria.

Ilustran el Cabildo varones del renombre
de Tames y Canelas, Montero y Antezana,
y el mando de la guerra
blasonan con sus armas:
Faustino de Irigoyen,
Guzmán, Laredo, Arriaga,
Carrillo, Allende, Vía,
Assúa y Balderrama.

Tremolan en la Villa
Banderas desplegadas,
fulgura el sol poniente,
la brisa ríe y canta.

Se raja en San Francisco
la histórica campana;
y el verbo enardecido del Capellán Oquendo,
desgrana en la tribuna con elocuencia mágica,
como una espiga de oro
su canto a Cochabamba.

VICTORIA DE AROMA

Aún vibran
en el aire
los épicos
cantares
escritos con la sangre del corazón
del Valle,
y el Brigadier Rivero
preclaro gobernante,
contiene a Goyeneche que ronda el altiplano
para asaltar de un golpe las arcas coloniales;
y envía un Regimiento compuesto de jinetes,
al mando del gallardo guerrero Esteban Arze,
que ingresa en las callejas de San Felipe de Austria,
donde Barrón en gesto de intrépido coraje,
reconoció a la Junta
que rige Buenos Aires,
y alzó en el áureo mástil de su ilusoria Lanza,
la Enseña de la Patria que ondea en los celajes.

Oruro abre sus brazos de hierro a los patriotas
que asoman a la puna con ímpetus marciales,
y agranda sus legiones de gente montonera
con bravos artilleros e indómitos infantes,
que a la orden de un puñado
de heroicos capitanes,
despliegan su Bandera de lumbre en Caracollo,
midiendo con su gloria la inmensidad del Ande.

Desgárrase en Panduro
la niebla alucinante,
y emergen los picachos del soberano Illampu
que eleva al infinito sus cumbres siderales,
donde los dioses tienden
su clámide flotante,
y lanzan al espacio
su cósmico mensaje.

Ordena el Gran Caudillo
que acampen
en Aroma,
los hombres que violaron la estepa inmensurable,
templados por el ronco rugir de la tormenta
y el látigo del viento que brama en los pajales.

Mas al mediar el día 14 de noviembre,
vislúmbranse
a lo lejos
en orden de combate,
las fuerzas enemigas
del Comandante
Piérola,
que marchan empuñando sus armas cabrilleantes.

Desgranan los clarines
su cántico vibrante,
y el genio levantisco
del Héroe de los Valles
se yergue en la llanura
como un peñón del Ande,
y arenga a los bizarros paisanos de septiembre,
con épicos acentos de rústico lenguaje.

¡Viva la Patria!
exclama la tropa delirante,
y en medio del rugiente tronar de los cañones
que siembran la altipampa de heridos y cadáveres,
hostiga con fiereza las líneas enemigas,
reptando sobre un blondo plumón de pajonales.

Desnuda
Esteban Arze
su luminoso
sable,
y hundiendo las espuelas
en su corcel piafante,
asalta con bravura
los últimos baluartes,
seguido de una escolta de altivos guerrilleros
que blanden
sus macanas
con ímpetu salvaje;
mientras las carronadas del Capitán Unzueta,
abaten
en la pampa
los Estandartes Reales,
y la caballería
que arrolla a los Infantes,
al mando del bravío
Guzmán de los Guzmanes,
persigue a los realistas que fugan derrotados
y clava en sus entrañas su lanza fulgurante.

La Fama que fustiga
su cuadriga jadeante,
anuncia en la Gaceta
que el Paladín del Valle,
constela de luceros
su espada de diamante,
y forja en los relámpagos la efigie de la Patria,
que surge en la soberbia columna de los Andes.

Deslumbra la Victoria
del Caballero Andante,
y se alzan contra España
los pueblos orientales,
las vegas de Tarija, el Rey del Illimani,
la Blanca y soñadora Ciudad de los cantares,
y la opulenta Villa
de Escudos Imperiales,
que deshojó en Suipacha
las rosas de su sangre,
para enflorar el triunfo de Juan José Castelli,
que floreció en las manos del soñador Nogales.

Celebra Cochabamba
con líricos cantares,
la espléndida epopeya del Vencedor de Aroma
y tienden las campanas sus alas sobre el Valle,
grabando en el espacio
con signos estelares,
el nombre legendario
de Don Esteban Arze.

DERROTA DE AMIRAYA

Vencidos
por la fuerza
telúrica del Valle
retornan a la gleba
los bravos vencedores
que esculpen en las cumbres de Aroma su epopeya;
sin que el carácter férreo de Don Esteban Arze,
consiga retenerlos sobre la puna gélida,
para cubrir la marcha de la Legión platense,
y proclamar triunfante la libertad de América.

Pero el insigne prócer Francisco del Rivero,
atiza con su aliento la fragua de la guerra,
fundiendo en sangre y hierro las armas de la Patria
que vela Don Quijote bajo un fanal de estrellas.

Reclaman los paisanos
su puesto en las trincheras,
y el ínclito Patricio
que avanza por la estepa,
hostiga al enemigo
por riscos y laderas,
despliega Regimientos sobre La Paz y Charcas,
protege los ejércitos del Plata con sus fuerzas;
y luego del ataque de Cosme del Castillo,
que asalta con fiereza
Machaca y Pasacona;
captura en Chikiraya las bélicas enseñas,
y triza en aspas de oro
su lanza de quimera.

Mas el adverso sino de los paganos dioses
que rigen con su égida la tempestuosa guerra,
confiere los laureles de Marte, a Goyeneche,
que en Guaqui despedaza la División pampera.


Pues la deidad olímpica que abandonó a Castelli,
se entrega
a los realistas
cual veleidosa hembra,
y gira en el espacio
sobre su alada rueda.

Rivero
el Gran Caudillo de la épica contienda,
que amara su terruño con mística
pureza,
rechaza con orgullo
los cargos y prebendas,
que el hombre de «tres caras»,
en vano le ofreciera,
si logra
que la Villa doblegue su cabeza
bajo el dorado yugo del Rey Fernando VII;
y desplegando al viento su fúlgida bandera,
retorna a Cochabamba,
y heroicamente ofrenda
su vida y su fortuna por defender la Patria,
forjada en los Cantares de la Leyenda Homérica.

Secundan los patriotas
su espléndida
Proclama,
y abierto el ancho surco que la simiente espera,
se dan como semilla
para sembrar la tierra;
y al mando del Caudillo, Guzmán, Vélez y Arze,
desfilan por las quiebras
de Tapacarí y Arque,
que ciñen en sus brazos las cumbres altaneras.

Empero los realistas
trasmontan en hilera,
los riscos del Tunari y el abra de Tres Cruces
que elevan sus picachos a la región etérea;
desconcertante hazaña
de insólita estrategia
que obliga a nuestras fuerzas a desplegar sus alas,
y proteger los flancos de la llanura inmensa
que abarca Sipesipe y el cuenco de Amiraya,
donde los rioplatenses y los vallunos mezclan
su sangre en los torrentes de Vinto y de Viloma,
que braman fecundando bucólicas praderas.

Relinchan los corceles,
resoplan las trompetas,
y reventando el seno de las colinas rojas,
retumban los cañones en la florida sierra;
mientras que de las cumbres
como un torrente ruedan
millares de Dragones y enormes Granaderos,
de los de lanza en ristre y enhiestas bayonetas,
que arrollan en la pampa
las tropas montoneras.

Combaten los vallunos
como acosadas fieras,
y luchan con bravura
por defender su tierra,
pero el trece de agosto del ochocientos once,
reduce el fuego a escombros las rústicas aldeas,
y abrasa entre sus llamas
los predios y las huertas,
devora los maizales, destruye los graneros,
y enciende en las colinas fogatas de luciérnagas.

Crepita el molle añoso
donde las vides trepan,
y eleva hacia las nubes sus brazos suplicantes,
sin que la Santa Virgen de las Mercedes pueda
alzar sobre los muertos su mano bendiciente,
pues, tronchan de un balazo, sus dedos de azucena.

Desgarra
el aire un grito de rebelión suprema,
y aplastan los realistas
las últimas trincheras,
prendiendo a fogonazos
la bóveda de estrellas.

LA CORONILLA

Desgarran las heroínas
su túnica de lágrimas
y en medio de un tumulto
preñado de amenazas,
discute el vecindario las Capitulaciones
propuestas por Oquendo, Zenteno y Antezana,
en el Cabildo Abierto
que sesionó en la Plaza,
los días 25 y 26 de mayo.
Pero el vecino Vela y el orador Terrazas,
inducen a las cholas
a requerir las armas,
y el pueblo enardecido se lanza a los cuarteles,
y arrastra a la Colina cañones y granadas;
sin que el ilustre prócer
Mariano de Antezana
consiga con sus ruegos
calmar a la poblada,
que ruge en las callejas
como una fiera brava,
que el cazador
acosa, pisando sus entrañas.

Asoma el enemigo
que asecha en lontananza,
y al ver que reverberan sus yelmos rutilantes
bruñendo los cristales del río Tamborada,
se yerguen los vallunos sobre el peñón sagrado,
dispuestos a la muerte por defender su Patria,
y el escuadrón bizarro de Don Esteban Arze,
despliega en la llanura la gloria de sus lanzas.

Embiste Goyeneche, las faldas del collado,
que acunan en sus brazos las sendas de Caraza
Ramírez, por el flanco, desgarra Caracota,
y el Comandante Imas, asola con su espada,
la Chimba y el poblacho de San Joaquín de Itocta,
ciñendo las tres cimas de la Colina Sacra,
donde solloza el alma de un pueblo atormentado,
que asombra al Continente con su inmortal hazaña.

Revientan los cañones de estaño en mil pedazos,
se engarzan de fulgores las rocas solitarias,
atruenan los fusiles,
florecen las granadas;
combaten las heroínas
con fiebre de espartanas,
mordiendo bayonetas
en su impotente rabia,

y el pueblo embravecido no ceja en la contienda
hasta que muere el último soldado de la Patria,
izando en los peñascos su corazón de fuego,
que estalla el 27, como una roja ulala.

Retoman los cusqueños
la Villa ensangrentada,
saquean sin reparo
las tiendas y las casas;
y el fiero Conde ingresa por las estrechas calles,
seguido de una escolta salvaje y temeraria,
en medio de Domínguez y el Asesor Cañete
que atiza sin escrúpulos su anhelo de venganza.

Despeja Goyeneche
las esquina de la plaza,
y al ver entre el hipante rumor del populacho
que fuga enloquecido de la hórrida matanza;
vagar bajo los pórticos
como una sombra vaga,
la sombre acusadora
del Regidor de Charcas,
que busca en el santuario de la Matriz, refugio,
lo hiere con el filo de su llameante espada,
y hundiendo las espuelas al potro encabritado,
penetra en el recinto de Luz y de Plegaria,
que velan los Arcángeles
del cielo con sus alas.

Después dicta un diabólico Decreto de Amnistía,
en homenaje al Corpus y al paternal Monarca,
mas sólo es la redada que el sádico Cañete
tejiera como tejen su urdimbre las arañas,
para enredar en ella puñados de patriotas
que cuelgan como un péndulo de la horca ensangrentada;
y así, mueren Lozano, Padilla, Ferrufino,
Quiroga, Gandarillas, Ascuy, Luján, Zapata,
y otra legión egregia de altivos paladines
que ilustran con su nombre columnas historiadas.

Descubre Goyeneche
la pista de Antezana,
caudillo de las grandes hazañas de este pueblo,
donde los vientos rugen y la tormenta brama;
y ordena que lo arrastren del Claustro recoleto,
cargado de cadenas y grillos, a la Plaza.

Pero el Patricio
avanza
serenamente grande,
y escala
con hombría
las gradas
del cadalso,
que cubren con su gloria las soñadoras almas,
de insignes personajes y epónimos guerreros
que fueron inmolados en hecatombe bárbara;
y alzando a Dios,
su frente nimbada
de luceros,
exclama:
con voz ronca de amor,
¡viva la patria!

Retumban los disparos
en la oquedad serrana,
y el brazo vengativo del Coronel Lombera,
que tiñe de rubíes el puño de su espada,
levanta en la picota
la testa de Antezana.

Chispean en el cielo
luciérnagas de plata,
y albea la Colina como una calavera,
sonriendo a las estrellas con una mueca trágica.

EPOPEYA LIBERTARIA

Forjando en fragua de astros,
el hierro de sus sables,
sostienen los vallunos
noventa y seis combates,
y en medio de una guerra
de homéricos pasajes,
aplastan la cabeza de fuego del Endriago
que trituró montañas de plata entre sus fauces.

Aún tiñen el cadalso
crepúsculos de sangre,
que incendian de carbúnculos
el cielo rutilante;
y el bravo guerrillero Guzmán Quitón, asedia,
la Villa de Oropesa, con huestes del Chapare.

Mas el hidalgo prócer Recabarren, evita,
que el pueblo se desborde rugiente por las calles;
y envía ante el Cabildo la dimisión del mando,
que otorgan a Cabrera las masas populares.

Después rige
los nobles destinos de este Valle,
el Brigadier
platense, Alvarez de Arenales,
Gobernador Teniente
y altivo Comandante,
que disputó a Pezuela,
la libertad del Ande;
pero el destino adverso de Ayohuma y Vilcapugio,
donde perdió Zelada la flor de su falange,
destruye a los indómitos centauros de Belgrano
y obliga a los patriotas a detener su avance.

Empero los jinetes de poncho y tercerola,
que comandó en Oriente la espada de Arenales,
batallan junto al Pálido flechero de la luna.
que hiende los bastiones del Rey en Valle Grande;
y vence en la Angostura, San Pedro y la Florida
que cantan la epopeya de Santa Cruz y Warnes.

Demandan su concurso
las Fuerzas Auxiliares,
y al son de los clarines
que llaman al Combate,
engrosan los bizarros Ejércitos del Plata,
y hollando en Sipesipe colinas de cadáveres,
traspasan con sus lanzas enristre al enemigo,
en medio de un galope de potros relinchantes.

Y luego de este choque
de históricos alcances,
que hundiera a los aliados
en mar de lodo y sangre,
se yerguen los vallunos
con ánimo pujante
y envueltos en la Enseña
que el huracán abate,
se alistan en las filas del guerrillero Lanza,
mientras Rondeau retorna vencido a Buenos Aires.

Proclaman los patriotas
del Tucumán, triunfante,
la espléndida epopeya
que fulguró en cantares,
merced a los esfuerzos del nuevo Prometeo,
que sangra encadenado por la deidad del Ande;
mas la actitud resuelta
del pueblo indomeñable,
que amara con delirio
la lumbre de su valle,
corona las victorias de Sucre y de Bolívar,
con el laurel glorioso que floreció en su sangre.

Enjoyan
el paisaje
las lluvias
estivales,
que engarzan de luciérnagas arroyos y fontanas,
y un grupo de paisanos en gesta memorable,
declara independiente la tierra alto peruana,
que defendió sus fueros en lucha de titanes.

Sacude su Proclama los riscos del Tunari,
se lanzan a las armas los ranchos y ciudades;
y al derrumbarse el régimen del español Assúa,
asumen el Gobierno, Guzmán y luego Sánchez.

Ensalza José Antonio de Sucre el alzamiento
que diera a nuestro pueblo derecho a gobernarse,
y otorga a los vallunos la insigne Cruz de Guerra,
que ostenta en su leyenda de heráldicos cantares:
«La Patria, a la bravía Legión de Cochabamba»,
que consteló de gloria sus sueños inmortales.

Después convoca el Héroe la histórica Asamblea,
que graba en letras de oro los nombres venerables
de Méndez y Terrazas, Cabello y Escudero,
Cabrera, Vargas, Borda, Carrasco, Paz y Tames
y el seis de agosto surge Bolivia soberana,
entre un volar de cóndores y de águilas caudales.

Florece una era nueva que en lumbraradas de oro,
irradia el nacimiento de un País alucinante,
y el genio de Bolívar se yergue entre las cumbres,
dictando a la República sus Leyes estelares.

Se vista Cochabamba
de idílico ropaje,
adorna su cabeza
de mirtos y de azahares;
y espera la llegada
del Grande entre los grandes,
que asoma por las vegas floridas de Pocona,
cubierto por un manto de fúlgidos celajes;
relincha su caballo de nieve en las quebradas,
y ondean a su paso banderas de trigales.

Rutilan
en las calles,
espadas
y Estandartes,
repican las campanas,
redoblan los timbales;
y envuelto en una aureola
de gloria fulgurante,
sonríe a las doncellas el mítico soldado,
de comba frente y ojos profundos y chispeantes.

Lo escoltan los gallardos jinetes de Colombia
y el pueblo alborozado le rinde su homenaje.

El clero y el Cabildo se inclinan a su paso,
presentan los soldados sus armas centelleantes,
y salvas de cañones saludan al invicto
que conquistó mujeres y libertó ciudades.

La Villa se estremece
de cánticos triunfales,

y Zeus y Minerva coronan al Coloso
que holló bajo sus plantas la cima de los Andes,
y alzando a las estrellas
la punta de su sable,
selló en el Colque Guacac la Libertad de América,
en medio de un oleaje de Enseñas tremolantes.

El auriga que blande su trialla de relámpagos
fustiga en las callejas su cuadriga piafante,
y rueda la dorada carroza de Bolívar,
cubierta por un palio de lumbres siderales;
y rizan con sus alas la flor de la campiña
abejas de oro obrizo en vuelos prenupciales.

Pues deslumbrado el Genio, por la Princesa grácil,
comparte
en Calacala su lecho epitalámico,
soñando con un predio de ensueños pastorales,
y un huerto campesino
de lírico follaje,
que arrullen las palomas
y el canto de las aves.

Vislumbra el Estadista con mente visionaria
que gracias a este pueblo, Bolivia será grande,
y pide que el gobierno del Héroe de Ayacucho,
constele en nuestra tierra su Alcázar de diamantes,
pues ve que Cochabamba
la Reina de los Valles,
extiende a la República
sus brazos maternales,
y anilla con la estepa
los llanos del Levante,
los ríos, las montañas,
los bosques tropicales,
los lagos de esmeralda y el Reino de El Dorado,
que en medio de la jungla buscó Ñuflo de Cháves.

Y, levantando al cielo su frente soñadora,
dialoga con los astros en cósmico lenguaje,
sobre esta heroica Villa que en alas de Pegaso,
trizó su lanza de oro como el Hidalgo Andante.

ROMANCE DEL HÉROE

Oh, General don Esteban
honor y prez de la Historia,
canción de huayño serrano
que en los charangos retoña.

Tu nombre llegó a nosotros
cuajado en sangre de coplas
y floreció en la garganta
silvestre de las palomas.

Fue en esta tierra morena
donde las quenas sollozan
y el sol que dora las mieses
canta en las tiernas mazorcas,
donde tus manos forjaron
aquella hueste gloriosa
que socavó con sus huesos
los Fuertes de la Colonia.

Ríos de sangre brotaron
del corazón de las rocas,
y el fuego del exterminio
redujo a escombros las chozas.

Fue ruda y larga la guerra,
mas, la raigambre criolla,
medró en silencio de cruces
como las jarkas coposas;
y cada rama fue en brazo,
y cada brazo un patriota.

La Virgen de las Mercedes
perdió sus dedos de rosa,
por restañar las heridas
donde los sables se embotan,
y los caudillos del pueblo
fueron izados en la horca,
como banderas de triunfo
que en el arco iris tremolan.

El alba segó las mieses
con su guadaña de alondras,
sembrando polvo de luna
sobre la augusta memoria
de aquellos hombres bravíos
que armados de sus picotas,
cavaron el horizonte
para que alumbre la gloria.

¡Ay! General don Esteban,
flor de charango y paloma,
qué duros vientos soplaron
sobre esta tierra de auroras,
cuando los wauques bizarros
tiñeron en sangre roja,
la copa de los chilijchis
que incendia el sol de Viloma.

Pero jamás tu alma grande
se doblegó en la derrota,
y vencedor o vencido
fuiste el Quijote de Aroma
que acicateando a su potro
que ante el nevado resopla,
contra un molino de viento
trizó su lanza ilusoria.

Porque los hombres del Valle
hechos de arrullo y de roca,
son fieros como el torrente
que se desborda en las lomas,
y altivos como las cumbres
donde los cóndores moran.

Las nubes se disiparon
en un airón de gaviotas,
prendiendo un haz de leyenda
sobre las viejas casonas
de la romántica Villa
que las retinas asoma:
con sus balcones labrados
y sus callejas tortuosas;
donde creciste, Aguilucho
de la insurgencia criolla,
enmadejando horizontes
en tus pupilas indómitas.

Tu espada talló en los riscos
el Himno de la Victoria,
y urgidas de primavera
reflorecieron las lomas,
bajo el resuello del viento
que los capullos deshoja,
para enflorar el sendero
por donde marchan tus tropas.

Porque esta Patria que amamos
hecha de fuego y aurora,
nació a los senos frutales
de las mocitas criollas,
y es hija de esos guerreros
tiznados en sangre y pólvora.

La selva meció tu sueño
con el rumor de su fronda,
y destrenzó de crepúsculos
su cabellera olorosa,
sobre el fanal de luciérnagas
donde tus restos reposan.

El tiempo pasó descalzo
sin dejar musgo en tu fosa,
y es a través de los siglos
que se agiganta tu sombra,
sobre la América libre
que te bendice y te invoca,
como al más bravo Caudillo
de los que ilustra su Historia.

Oh, General Don Esteban,
espada de los patriotas,
valluno de pura sangre
tallado en fibras de roca,
tu imagen de alto relieve
quedó acuñada en la aurora,
y hoy como ayer, en el alba,
cantan campanas de gloria.

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1964 ROMANCE DEL VALLE NUESTRO

ROMANCE DE LA NIÑA AUSENTE

Fue en esta tierra valluna,
cantar de sol y payhuaro,
que desgrané mis romances
al pie del Ande nevado,
cuando surgió en mi camino,
sobre los surcos preñados,
aquella Niña de ensueños,
¡aurora y flor de mi pago!,
que deslumbró mis pupilas
y puso miel en mis labios,
embelleciendo mi vida
como un paisaje serrano.

Por ella me hice poeta,
y amé en sus ojos sombreados,
la lumbre de las auroras
y el vuelo azul de los astros,
que cantan al Ser Supremo,
bajo el fanal del espacio.

Fue nuestro amor un idilio
de tierra ardiente y riacho,
que floreció en el arrullo
de los hulinchos montanos,
cuando mis manos sedientas
de eternidad, destrenzaron
el oro de los trigales,
sobre sus hombros de nardo.

Sentí en su cuerpo de mieses
calor de predio sembrado,
piar de nido en su boca,
amor de madre, en sus brazos,
y acariciando en las lunas
el fruto recién logrado,
canté a mi valle nativo
con voz de gleba y charango.

Canté la agreste belleza
de los paisajes serranos,
la espuma de los torrentes,
la sierra parda y el llano;
la nieve de las montañas
y el latigazo del rayo
que incendia los horizontes
en fulgurar de topacios.

Canté las fiestas aldeanas
y las faenas del agro,
donde los rudos labriegos
encallecieron sus manos,
agavillando en las eras
la mies cuajada de granos,
que salpicó en las quebradas
el trino de los chihuacos.

Canté a las mozas de Colpa
y a los varones de Ciaco,
que medran en los breñales
como las plantas de cacto,
sorbiendo el cielo en sus ojos
y la poesía en sus labios.

Canté la vida del ayllu,
¡himnos de sol y trabajo!
que arracimó las estrellas
en el clarín de los gallos.

Y hundí mis pies en los surcos
como las raíces de un tacko,
para absorber en su médula
el alma del pueblo indiano,
que floreció en el ramaje
de las cantutas del Lago.

En fin, canté los crepúsculos,
el cielo azul, el regato,
la lumbre de la encañada
y el canto en flor de los pájaros;
porque en mis venas bullía
la sangre de mi terrazgo,
y el madrigal de ternura
que me brindaron los labios
de aquella Niña de ensueños,
¡aurora y flor de mi pago!

Pero no quiso el destino
que continuase cantando,
y vi quebrarse su imagen
en el cristal del remanso.

La vida se me hizo triste,
sentí el vacío en mis brazos,
dolor de ausencia en mis ojos,
sabor de hiel en mis labios.

Y anonadado y doliente
quedó mi ser meditando
en las miserias del hombre,
¡polvo de luz y de átomo!
que hizo inmortal el espíritu,
en el dolor del arcano.

La larva del pensamiento
rasgó el capullo en mi cráneo
y abrió sus alas de angustia
sobre el idílico tálamo,
donde ya nunca la amada
me estrecharía en sus brazos,
acariciando mi frente
donde los sueños nidaron.

¡Ay!, qué recuerdos evoca
la vieja casa del rancho,
donde mi vida fue un sueño
desvanecido en sus manos,
y el canto de las alondras
segó su nombre en mis labios.

Y desde entonces, sin rumbo,
sin fe, ni amor, por los campos,
huyendo voy de mí mismo
como una sombra sin llanto.

LAS HOGUERAS DE SAN JUAN

Murió el crepúsculo de oro
sobre las cumbres violetas,
iluminando de ensueño
la dulce paz de la aldea;
y el cabrilleo chispeante
de las fugaces luciérnagas,
prendió un collar de fogatas
en su garganta morena.

La noche cubrió los campos
en marejadas de niebla;
y desgranando en cantares
la blonda mies de las eras,
inflamó el viento del risco
la ardiente pira de leña,
que deshojó entre sus llamas
el corazón de la sierra.

Junto a las rústicas chozas
de la familia labriega,
donde florecen los cactos
y los pallares se enredan
al viejo molle rugoso
que huele a sol y pimienta;
los niños del rancherío
triscaban cerca a la hoguera,
que crepitante de leños
se retorcía en la senda,
hipnotizando a los astros
como una inmensa culebra.

Sentados junto a la lumbre,
sobre unos poyos de piedra,
parlaban los campesinos
entre sabrosas consejas,
de tiempos que se esfumaron
en haz de ensueño y leyenda;
mientras danzaban las indias
en la cromática rueda,
al son de un huayño nativo
que sollozaba en las quenas.

Pasado el baile, las mozas,
en ruedo con las estrellas,
huyeron de los gañanes
que acechan su primavera;
y salpicando la rosa
de sus mejillas trigueñas,
en claros chorros de plata
cantaba el agua en sus trenzas.

¡Qué imperio ejerce en los hombres
aquella noche serena,
en que las fuerzas del cosmos
ruedan en ronda de esferas,
carbonizando los cielos
al copular con la tierra!

Noche de amor y de sangre
que los pastores celebran
con las zampoñas del risco
y el arpa de la pradera,
mientras el viento preludia
baladas de Noche Buena.

Noche de grandes silencios
y de profundas ternezas,
en que maduran los frutos
y las cabrillas revientan.

Noche de intensos dolores
y jubilosas entregas,
en que la oveja parida
modela sobre la gleba,
con el calor de su aliento,
tiernos vellones de seda,
que tientan entre las ubres
tibiezas de vida plena.

Noche de agua, y de fuego
que purifica la tierra
y cubre el cielo estrellado
con una densa humareda,
para impedir que la luna
celosa de las doncellas,
degüelle al santo Bautista
sobre las ríspidas breñas,
que Salomé ensangrentara
con el rubí de su testa.

Y, en esa noche propicia,
de expiaciones supremas,
en que las sombras nocturnas
dialogan con las estrellas,
San Juan pasó por el Valle
después de un año de ausencia,
en medio del fuego sacro
y el humo de las hogueras,
que ciñen la serranía
con una roja diadema.

LA SIEMBRA

Voló el chihuaco del alba
sobre las quiebras rocosas,
y desgranando en gorjeos
de luz, su voz jubilosa,
clavó una saeta de trinos
al corazón de la aurora.

Celajes de ágata y oro
tiñeron las banderolas,
que en el testuz de los bueyes
gallardamente tremolan;
y descuajando de hierbas
la barbechera lamosa,
rasgó el vigor del arado
la tierra ardiente y pletórica,
que estremecida de polen
se engalanó de gaviotas,
para arrullar en sus vísceras
el germen de las mazorcas.

Polvo de sol que fecunda
la Pachamama gozosa,
y colma su entraña ubérrima
donde la sangre retoña.

Misterio azul del origen,
fuerza perenne y remota
que eternamente renueva
la muerte en vida gloriosa.

Canción de savia y simiente
que el sol madura en las pomas,
para nutrir con su fuego
la vida que al surco asoma.

Bondad de Dios, que las manos
de bendiciones enflora,
y con ternura materna
derraman las sembradoras;
aprisionando paisajes
en sus pupilas absortas,
donde se yerguen las cumbres
con sus penachos de sombra,
y se matiza de ulalas
la serranía fragosa
que al valle extiende sus brazos
en horizonte de auroras.

Floreció el día en el predio
tibio de sol y palomas,
y terminada la siembra
del chaupisuyo y la loma;
mientras pitaban los indios
y acullicaban su coca,
Lucía se fue al villorrio
meciendo un ánfora roja,
entre sus brazos torneados
y sus caderas redondas.

¡Qué olor de tierra fecunda
flota en su carne morocha,
propicia como el barbecho
para la siembra creadora!

Sangran sus labios jugosos,
y bajo el ajsu, sazonan,
sus senos recién combados
como dos frutas pintonas.

Juegan al viento sus trenzas,
el río su cuerpo añora,
y sus caderas repican
para la noche de boda.

Florencio la vio alejarse
por la quebrada de Colpa,
acariciando la brisa
con su garganta de alondra;
y ebrio de amor y deseo
pensó rendirla en la fronda.

Pero, no pudo seguirla,
porque la tierra es celosa
y no permite al labriego
que la abandone por otra,
cuando el misterio del germen
desprende su fuerza cósmica,
para plasmar nuevos seres
en sus entrañas recónditas,
por más que acechen los ojos
de algún rival a la moza,
y las abejas del campo
ronden la flor de su boca.

Pues, nadie rompe el hechizo
de la telúrica diosa
que en la plegaria del alba
los campesinos invocan;

hasta que el óvulo henchido
de germen, cuaje en la cópula,
y el sol proclame en los surcos
su luminosa victoria.

LA TRILLA

En ronda por los peñascos
que el agua talló en cantares,
el viento robó la flauta
de las torcazas del valle,
y perpetuó la promesa
del sol en blondos oleajes.

Madura de espera y trinos
la mies sintió desgajarse
y el oro de los crepúsculos
se derramó en los trigales.

Canción de espigas y estrellas
la noche sembró en el aire,
y destrenzando de sombras
su cabellera ondulante,
cubrió los campos dormidos
bajo el tupido follaje.

Amaneció el rancherío
soleado de palomares,
y los labriegos partieron
para segar madrigales,
aprisionando en sus ponchos
la llijlla de los celajes
y el vellocino de oro
de las majadas solares.

Humedecida de auroras
cayó la mies palpitante,
sobre la tierra olorosa
que la nutrió con su sangre,
y enloquecidas las hoces
por el temblor de su carne,
desmelenaron rastrojos
y agavillaron romances.

Bruñendo de oro la espalda
de los vallunos jadeantes,
rodó en cascada de gemas
el áureo penacho de haces;
y apilonada la torre
de espigas crepusculares,
se enroscó el sol en las eras
estrangulando la tarde.

Por las callejas del pueblo
gimió el charango galante,
y un remolino de coplas
revoloteó en espirales
sobre los túrgidos senos
de las zagalas errantes,
que enfloran de primavera
su estampa de líneas gráciles.

¡Qué olor de huerto llovido
tienen los muslos fugaces,
cuando se rinde la moza
como una flor de romance,
y la era guarda el secreto
lunado de los amantes!

Otoño cuajó en el cielo
la sangre de los rosales,

y salpicando rocío
de trinos sobre el paisaje,
una alborada de pájaros
se desgajó de los sauces.

Gemía el viento en el bronco
pututo de los menguantes;
izaba el sol en las cumbres
su luminoso estandarte,
y atropellando la pampa
como un tropel de huracanes,
pasó entre nubes de tierra
la caballada piafante.

Ebrios de sol y guarapo
gritaban los caporales,
y hundiendo las roncadoras
en los nerviosos ijares,
alborotaron los jacos
con el rebenque chasqueante.

Salpicó polvo de estrellas
de los lucientes herrajes,
y en una tromba de espuma
giraron los animales,
desmenuzando las parvas
en rutilar de collares.

Rasgó un relámpago de oro
la Pajcha de agua espumante,
y las imillas del ayllu
en danza con los gañanes,
ciñeron la era en sortija
de brazos primaverales.

Trillada la última curva
del ruedo de gavillares,
desnudó el viento la paja
con las horquetas punzantes,
y relumbró entre sus manos
el seno de los trigales.

Cargado por los nativos
sobre un hualucu rampante,
se irguió el Apóstol Santiago
capitaneando los aires,
y desfilaron los indios
bajo los arcos fragantes,
challando la Pachamama
con misteriosos rituales.

Bebió la tierra en el cuenco
de la encañada radiante,
y el jilakata más viejo
clavó una cruz de pallares,
sobre la cúpula de oro
cuajada de trinos de ave.

Y al rudo trueno del bombo
preñado de tempestades,
sangró en las quenas nativas
el corazón de los Andes.

LA COSECHA

La aurora cubre los cerros
bajo un fanal de violetas.
Los indios rasgan charangos
alrededor de la hoguera.

Frescas mocitas se escarchan
como el rocío en la hierba,
y del coral de sus labios
vuela un enjambre de abejas.

José Fernández, al moro
caracoleante, sofrena,
y airosamente desmonta
entre un repique de espuelas.

Juega el chimborno en sus dedos,
sus botas muerden la tierra;
dulces racimos de mozas
pican sus manos hambrientas,
y hunde el puñal de sus ojos
en Flora la molinera,
hija del bravo curaca
y de una hulincha colpeña.

Jugosa fruta del valle
con trenzas de madreselva,
pían sus senos caricias,
sangra su boca doncella.

Gloria de curvas su cuerpo,
su cara dulce y trigueña,
granos de quinua sus dientes,
sus ojos dos uvas negras.

Su carne prieta y fragante
emana embrujos de siembra,
y deslumbrado el mestizo
la elige su Delantera.

El potro oliendo los muslos
lanza un relincho de guerra.

Herida por las tipinas
cruje la panca reseca;
chacmiris y tipidoras
avanzan en larga hilera,
como dos brazos abiertos
para estrechar sementeras.

Palliris y suca-sarus
curvan la espalda en la gleba,
buscando mazorcas de oro
dormidas sobre la tierra.

El huillcaparo desborda
de las timpinas repletas,
hinchando enormes costales
que con sus dientes golpean
los huaraqueris de Arani,
temibles en la pelea.

Por el camino de sauces
los carretones se alejan,
desgarra el viento en chasquidos
el flaco ijar de las bestias,
y los gañanes preludian
una canción de la sierra.

Zumban mosquitos de lumbre,
circula el sol en las venas,
y los pulmones se embriagan
de acres vaharadas de tierra.

La gente sale a la sama,
Flora en la suca se queda
hilando un tierno romance
hecho de amor y de espera.

El jarkasiri murmura
que arde la flor de la aldea,
y cuchichean las indias
que habrá mañaca en la hacienda.

¡Ay! que ruedo de mocitas
en la casa solariega
cuando enlune el nina-pilco
su garganta de luciérnagas,
y se cuaje en los almendros
la plegaria de la tierra.

El campo colma de dones
las esperanzas labriegas;
reboza el maíz los graneros,
relumbra el trigo en las eras.

Una parvada de imillas
retoza por la pradera,
cargando al hombro su paga
dulce regalo de tierra.

Los cerros y los caminos
lucen sus ponchos de fiesta
y la encañada se viste
de campanillas solteras.

El sol incendia en las cumbres
el asta de sus saetas,
y se alborotan las coplas
que en el charango revuelan,
mientras las mozas se cimbran
en remolinos de entrega,
y los mancebos del rancho
barren el ala trovera.

Se enflora el viento de huayñus
y requebrando a la aldea,
sangre de sol y paloma
derrama sobre las quiebras.

El Mayordomo embozado
en poncho de polvareda,
sobre la grupa del potro
rapta a la grácil mozuela,
y el cielo comba su cúpula
en una fragua de estrellas.

CANCIÓN DEL COLUMPIO

Por los caminos del alba
San Andrés llega tocando
las campanas de la aurora
con sus manos de milagro.

El cielo pliega su túnica
de estrella sobre los tarcos,
y se cuajan de rocío
las gargantas de los pájaros.

Arisca moza, la aldea,
carga en sus hombros torneados,
la gavilla de horizontes
que escarbaron los chihuacos,
y el aguilón del Levante
persigue por los barrancos,
la nevada de palomas
de sus senos azorados.

Fosforecen de luciérnagas
las pupilas del remanso,
y alborea de plegarias
el terroso campanario.

Por la quebrada florida
de enredaderas y tackos,
donde ovillan las cigarras
el luminar de su canto,
atropellando los vientos
pasa un jinete bizarro,
y se derrama un relincho
de polen sobre los prados.

Noviembre, rindiendo imillas,
luce su poncho de cactos,
y ebrio de lumbre de auroras
siembra de coplas los ranchos.

El corazón de la tierra
florece de su charango,
y el chumpi del arco iris
a su cintura enroscado
como una enorme serpiente,
trenza el aire de relámpagos.

Sutil romance de amores
hila con sangre el verano,
y alborozadas las mozas
sienten su dulce reclamo.

Ágil penacho de nubes
flota al sol del meridiano,
y el ceibo añoso de trinos,
mece a la aldea en sus brazos.

Zaida, la estela del alba,
¡flor del columpio serrano!,
en sus caderas repica
las campanillas del agro.

Pían sus senos hulinchos,
sangran abejas sus labios,
y airosamente se yergue
para rimar con el árbol.

Manos de fuego y espera
toman la huasca del cabo,
y la mozuela florece
en la huallunca, de un salto.

Bajo una lluvia de ulalas
cimbra su talle de álamo,
huele su boca a canciones,
su cuerpo sabe a manzano,
y la ardiente nina-nina
de sus ojos almendrados,
pica el alma de los mozos
que en los mukeos del rancho,
la requebraron de amores
con vidalitas y huayños.

Pero la imilla sonríe
a Benjamin Alvarado,
tallado en fibras de molle
por la cuchilla de un rayo.

Nunca mocita más linda
vieron las tierras de Ciaco,
ni ardieron tinkus de sangre
donde murieran más bravos,
por segar con hoz de luna
la sortija de sus manos.

Fue aquel columpio la fiesta
más luminosa del año;
plenas de luz las pupilas
se coagularon de campo.

Cantar de arrullo y torrente
la chicha de huillcaparo,
se desbordó de las ánforas
relampagueando topacios;
y en abanico de trinos
se abrieron sobre el charango,
las alas de los tarajchis
que desfloraron sus labios.

La llijlla de la encañada
anilló el sol de presagios.

Rozó el columpio travieso
la cresta de los picachos,
crujió la rama musgosa,
se destrozaron los lazos;
y desgajando la copa
de los chilijchis lozanos,
como una flecha de fuego
voló la moza al espacio,
ensangrentando las rocas
con el clavel de su cráneo.

El viento barrió las nubes
en los ojos asombrados,
y abrió su cola de estrellas
el pavo real del ocaso.

LA TORMENTA

Era el cuatro de diciembre,
Santa Bárbara doncella
doblegó sobre las rocas
su garganta de azucena,
y el hachazo del relámpago
cercenó su rubia testa
salpicando con su sangre
los picachos de la sierra.

Tembló el valle estremecido
por la voz de la tormenta
que rugiente retumbaba
por los llanos y las quiebras,
incendiando las colinas
en fulgores de luciérnagas.

Rodó el fuego del torrente
por el dorso de las breñas,
y arrasó los sembradíos
que columpian en la vega,
bajo el ala cariñosa
de las chozas chacareras,
donde el indio soñó un día
ser el dueño de la tierra.

Salió el río de su cauce
y bramando en la ribera,
hizo trizas los reparos
de las chacras lugareñas,
el vallado de los huertos,
los cortijos y praderas,
donde pacen las vacadas
y las cabras ramonean,
a la sombra de los sauces
que derraman su cimera
florecida de gorjeos,
en las tardes soñolientas.

Nada pudo ni el coraje
de los peones de la hacienda,
que retaron a la muerte
sepultados en la ciénaga,
enjaulando en sus pupilas
agrandadas de tragedia,
el cadáver del curaca
que flotaba entre la niebla.

Repicaron a rebato
las campanas de la aldea,
y arañando las entrañas
doloridas de la gleba,
las mujeres y los niños
escalaban por la cuesta,
fustigados por el viento
que gemía en la arboleda.

Quedó el rancho derruido,
se perdieron las cosechas,
y la noche cubrió el valle
con su manto de tinieblas,
desgarrando en el silencio
rumoroso de la sierra,
el aullido de los canes
y el dolor de las estrellas.

EL OCASO DE LOS VALLES

A vos, que sois poeta de alto vuelo
como el cóndor andino,
y sentís reventar en vuestro pecho
un madrigal cuajado de rocío.

A vos, que sois amado de las Musas
y habéis sido elegido
para cantar al corazón de América,
como cantó Darío,
en la lira de perlas del Atlántico
y en el arpa sonora del Pacífico.

Os envío esta lírica paloma
que arrullaba mi huerto campesino,
en las tardes doradas del otoño
y en las claras mañanas del estío,
y ella os dirá lo mucho que os recuerda
vuestro sincero amigo,
que se quedó embrujado en las montañas
de su País nativo,
para ofrendar su canto a las estrellas
en florecer de trinos.

Ya que no puede hacerlo con la tierra,
pulsando su charango amanecido
en la ronda nocturna de las mozas
que enfloraron sus labios de suspiros;
porque el Valle se encuentra despojado
de canciones y nidos.

Esta ya no el la tierra en que el Bicorne
coronado de mirto,
consumaba sus nupcias pastoriles
en grutas de jacinto,
deshojando en sus manos sempiternas
los senos florecidos,
y exprimiendo la miel de sus panales
en suave caramillo.

Este ya no es el Valle en que los hombres
de corazón idílico,
usaban la guadaña de la luna
para segar el trigo,
engarzando en el oro de las mieses
el fulgor de topacios vespertinos.

Y vivían en rústicas cabañas
como patriarcas bíblicos,
rodeados de sus bueyes y carneros
de blancos vellocinos
que esquilaban en días consagrados
a estudiar el zodíaco,
observando con ojos avizores
los estelares signos;
el vuelo de los pájaros copleros
y el rumbo de las nubes y ventiscos,
que presagian los meses de bochorno
o las fieras tormentas de granizo;
la canción de las lluvias promisoras
y el bramar de los ríos,
que fecundan de limo los barbechos
o arrasan los bajíos.

Esta ya no es la tierra en que los hombres
adoraban a Dios en el rocío,
en el cántico azul del las estrellas
y en la gloria del astro peregrino.

Esa tierra de flor que por milagro
fue aquel jirón de cielo desprendido,
donde alzaron mis brazos con esfuerzo
los alares del techo campesino,
que cubrió bajo su ala protectora

las tibiezas de nido,
de ese alcázar de amor donde soñara
cobijar a los niños,
y pasar la vejez que se aproxima
con sus pasos vacíos.

Yo partía mi pan con los labriegos,
me sentía feliz de ser su amigo,
asistía a las faenas campesinas
que eran fiestas de sol y regocijo;
y jamas las mazorcas del granero,
las saquearon a tiros,
ni las parvas de oro en los alcores
abrasaron en llamas los bandidos.

Hoy se encuentran desiertos los poblachos,
las haciendas taladas a cuchillo;
y las viejas casonas solariegas,
entre ruinas, sepultan su prestigio.

La campana de plata del arroyo
y no canta en las aspas del molino;
ni en el huerto con arcos de arrayanes,
hay nevada de mirtos.

Los humildes labriegos de mi Valle
alistados en hordas de exterminio,
asolaron ciudades y villorrios,
sin piedad del vecino.

Y empuñaron el hacha centelleante
con salvaje alarido,
derribando al fulgor de los relámpagos
el bosque de eucaliptos,
que legara en mis años juveniles
como herencia a mis hijos,
sin soñar que mis sueños se esfumasen
en espiras de humo fugitivo.

El barroco Santuario de mi aldea,
de tallados retablos de oro obrizo,
que bendijo en los tiempos coloniales,
con rocío de trinos, San Isidro,
ya no escucha el cantar del campanario,
ni la tierna plegaria de los niños,
que nevaban la Pascua, de palomas,
y la azul Navidad, de villancicos.

Pues el hálito rojo de los bárbaros
apagó la alborada de los símbolos,
que irradiaron los dones del espíritu
en los brazos de luz del cristianismo.

Dulce bardo, los tiempos han cambiado,
y retumban tormentas de pedrisco
que envenenan el agua del regato
y el espíritu ingenuo de los indios.

¡Ay! de aquellos perversos que sembraron
el rencor entre blancos y nativos,
en orgía de trágicos degüellos
troncharán sus cabezas en los riscos.

En el pecho del hombre hay una cueva
donde duerme la fiera del instinto,
y maldita la voz que la despierte
¡devorará a sus hijos!

Pues la guerra civil será tremenda
entre indios, criollos y mestizos,
y en torrentes de sangre fratricida
se ahogarán nuestros lauros epinicios,
y ¡ay del pueblo! que escupa a las estrellas,
rodará en el abismo.

Noble poeta, estos brotes de barbarie
que ensangrientan la Palma y el Olivo,
¿quién pudiera borrarlos en la fuente
donde beben las almas el olvido?
¡y se elevan al cielo luminoso
en un halo de auroras y zafiros!
ensalzando en sus cánticos de gloria
el poder del espíritu divino.

Pues el alma, es átomo de lumbre
del fanal del espacio desprendido,
donde rueda la ronda de los astros
en el ruedo del cosmos infinito,
alumbrando la noche de los tiempos
y el dolor de los pueblos oprimidos.

Nubarrones de lágrimas y sangre
se encresparon por todos los caminos,
y galopa en la Rosa de los Vientos
el Monstruo Apocalíptico.

¡Ay! amigo, quedaos en las playas
plateadas de ese río,
que despliega su causa de horizontes
en soberbio abanico;
hasta que Dios se apiade de nosotros
y lo envíe al Ungido,
que rutile en la cruz de las estrellas,
sobre el Valle derruido,
enhebrando de amor la lid agraria,
con el alma en plegaria de rocío.

Y veréis florecer en alba de oro
el espíritu azul de un Nuevo Siglo.

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1967 LA PARÁBOLA DEL ÁGUILA

CANTO AL GRAN MARISCAL DE ZEPITA Y DEL GRAN PERÚ,
DON ANDRÉS DE SANTA CRUZ

EVOCACIÓN

Gran Mariscal de Zepita,
¡Gloria y honor de la Patria!,
fulgor de enhiesto nevado
y oleaje del Titikaka.

La Paz en nido de cóndores,
meció tus sueños de águila,
y el corazón de la América
se abrió en la cruz de tu espada.

Fue en esa puna bravía,
zampoña de la altipampa,
gemir de viento dolido,
y ala de luz y plegaria,
donde el amor de una Ñusta
y el fiero orgullo de España,
mezclaron sangre y estirpe
en arrullar de torcazas.

Tu madre pobló de ensueños
la sombra de tus pestañas,
y el fuego de su ternura
colgó tu cuna en el alba.

Los años se desgranaron
como collares de chaskas,
iluminando tu mente
con las leyendas aimaras,
y el viejo Imperio del Cuzco
tallado en piedra sagrada,
en lumbrarada de siglos
hundió su raíz en tu alma.

Por eso tus pensamientos
en el espacio chispeaban
como luciérnagas de oro
en pos de sombras fantásticas,
y soñador y nostálgico
vagabas por Coricancha,
las ruinas de Tiahuanacu,
o el Lago de Manco Cápac,
donde los leuques rizaron
de azul y espuma sus alas.

Mientras brillaba la luna
sobre el cristal de sus aguas,
buscando acaso en sus ondas
la aureola del Mururata,
que cercenó de un hondazo
la furia de Pachacamaj,
para ceñir tu cabeza
con el airón del Monarca.

El choque de las tizonas
forjó el blasón de tu casta,
que canta la gallardía
del Vencedor de las Navas;
y en campo de azur bordaron
las ninfas y las oceánidas,
tres bandas de oro bruñido
que incendió el rayo en su flama;
y al verlo el Rey Don Alonso,
dispuso que se agregaran
sus cinco dedos sangrantes
sobre el broquel de tus armas.

EL MANDATARIO

La urbe de los Virreyes
que la discordia minaba,
te proclamó mandatario
de esa nación milenaria,
donde reinaron los Incas
y los Monarcas de España.

Tu paso por esa cúspide
dejó una estela tan clara,
que parecía el penacho
de la cimera de Palas.

Después Bolivia en peligro,
pidió liberes la Patria,
de la invasión extranjera
que nuestro suelo infamara;
y abandonando el embrujo
de aquellas noches de plata,
en que el amor florecía
como una rosa encarnada,
sobre los labios jugosos
de esa romántica dama,
-¡flor de los huertos cuzqueños!-
María Francisca Cernadas;
te hiciste cargo del mando
de una república en llamas.

La niebla del Illimani
se levantaba en plegarias,
acariciando el rosario
de estrellas de la alborada,
y bajo el palio de rosas
que desplegó la mañana,
te condujeron en hombros
los pobladores aimaras,
hasta el sombrío palacio
donde el Cabildo aguardaba,
en medio del cañoneo
y el vuelo de las campanas.

Lloraste sobre las ruinas
de la Nación desolada,
por las discordias civiles
y el crepitar de las armas;
y despejando a los cuervos
que sus despojos rondaban;
edificaste el Estado
sobre una recia atalaya,
con aletazos de genio
y majestad ciudadana.

Jamás ningún estadista
tradujo en obra tan vasta,
las concepciones geniales
que en su cerebro brillaban,
como lo hiciste en el tiempo
que nuestro país gobernaras,
poniendo rumbo a la aurora
tu carabela de nácar.

Surgieron bajo tu égida
los socavones de plata,
el campo granó de mieses,
brilló el saber en las aulas,
restalló el verbo político,
se engrandeció nuestra Patria,
y floreció la Basílica
de la ciudad capitana,
como un milagro de piedra
donde la gloria se encarna.

Y en ese nido de cóndores
donde crecieron tus alas,
forjaste en yunque de truenos
el temple de nuestra raza,
que fue el orgullo de América
y el faro de su esperanza.

Rivalizaron tus Códigos
con los de Roma y de Francia,
y nos legó tu gobierno
lustros de paz octaviana,
progreso, ciencia, cultura,
honor, riquezas y fama,
y el puerto azul de Cobija,
¡florón de mar y montaña!

TRIUNFOS DE YANACOCHA Y SOCABAYA

Tornó el Perú a reclamarte,
y despertaron en tu alma,
los viejos sueños de gloria
conque tu mente soñara.

Fulguró el Lago en tus ojos
como una inmensa esmeralda,
y el cielo combó su cúpula

sobre el remanso de plata,
donde se yerguen los Andes
con su cimera nevada,
y arrulla el cielo en sus brazos
la Virgen del Titikaka.

Volteó la Historia en los siglos
el bronce de sus campanas,
y en el instante supremo
en que tu potro vadeaba
con el destino en la grupa,
las ondas del río Aullagas,
desplegó el sol tus pendones
sobre la tierra peruana.

El Presidente Orbegoso
orló tu senda de palmas,
y el General Blas Cerdeña,
se unió a tus fuerzas en Lampa,
más te acechaban las hordas
del intrigante Gamarra,
que enarboló en sus pendones
las sombras de la emboscada.

Gamarra posó en el risco
de Yanacocha sus armas,
y diez mil indios con hondas
velaban su retaguardia;
pero tus tropas de asalto
flanquearon la cuesta brava,
y ahogaron en sangre y fuego
las baterías peruanas.

¡Qué fiera fue la contienda!,
barrió el peñón la metralla,
y Ballivián, en la cumbre,
donde el cañón retumbaba,
conquistó el albo plumaje
de General, con su espada.

Mandó incendiar Salaverry
Cobija, con sus fragatas,
y el fuego de la contienda
prendió Arequipa en su flama,
hinchando en olas de sangre
del Huchumayu las aguas.

Batió Quirós a Vivanco,
con los soldados aimaras;
y luego de las victorias
del Gramadal y La Pampa;
tus tropas, desde Apacheta,
marcharon a Socabaya,
para cubrir el repliegue
de Ballivián y de Anglada;
y en esa gélida loma
donde los vientos aullaban,
rugió el cañón abrasando
el horizonte en sus llamas.

Tus fuerzas arremetieron
como un halcón en volada,
y el batallón Cazadores
estrujó el flanco en sus garras,
trenzando de bayonetas
las cimas del Paucarpata.

Fue rudo y fiero el combate,
relampaguearon las armas,
y en marejadas de cólera,
hombres y bestias chocaban.

Ríos de sangre surcaron
las breñas de Socabaya,
y en una cruz de horizontes
abrió sus brazos la pampa;
cuando arrollando a los húsares,
de Salaverry y Zavala,
jinete en potro de fuego
blandiste el rayo en tu lanza.

LA CONFEDERACIÓN

Nunca victorias tan grandes
cantó el clarín de la Fama,
como los triunfos guerreros
que blasonaron tus armas.

Mas, consultaste a los países
su voluntad soberana,
para fundir los destinos
del Gran Perú, en una Patria,
y al recibir el mandato
de la Asamblea de Huaura,
te convertiste en caudillo
de nuestra América indiana,
conjuncionando un Imperio
hecho de genio y espada.

Sobre tu carro falcado
abrió la gloria sus alas,
y alzando polvo de siglos
con sus herrajes de plata,
por las callejas de Lima
pasó tu cuadriga alada.

Flamearon los pabellones
en cabrilleos de ágata,
y en arrebatos de júbilo
desbordó el pueblo en la plaza.

Risas y rosas, las mozas,
en los balcones segaban,
y acuño el alba tu imagen
en sus pupilas rasgadas.

Frente al portal del Palacio
los Granaderos formaban,
desgranó el himno sus notas
en un relámpago de armas;
y el Cuerpo Legislativo
en asamblea plenaria,
te proclamó ante la Historia,
Libertador de la Patria,
y Protector Soberano
de las Naciones peruanas.

Veintiún cañones rugieron
en llamaradas de salva,
y al trono de los Virreyes
te llevó en triunfo la guardia.

Tu genio de alto estadista
trazó en parábolas de águila,
una República inmensa,
¡gloria de Lima y de Charcas!;
y el sol rizaba sus límites,
y el mar cantaba en sus playas,
tendiendo de cumbre a cumbre
nuestra gloriosa oriflama.

BATALLA DE YUNGAY

El Gabinete chileno
con su falaz diplomacia,
desconoció los tratados
suscritos en Paucarpata,
y ordenó a Bulnes que zarpe
de Valparaíso, en la armada,
que desafiante, en el puerto
de Ancón, clavara sus anclas.

Tú no deseabas la guerra,
pero empuñaste las armas,
y desplazando tu ejército
templando en yunque de fragua,
trenzaste con sus fusiles
las tres regiones geográficas
donde flotó la Bandera
del Gran Perú, en llamaradas.

Pero las tropas del Norte
donde Orbegoso mandaba,
arriaron tus estandartes
con felonía vesánica,
y luego del descalabro
sufrido en Guía Portada
dejaron que los chilenos
tomen en Lima, la plaza.

Volvieron tus divisiones
a retomar sin batalla
la capital de los Reyes,
que Bulnes abandonara,
mas no acosaron su flanco
ni destrozaron sus alas;
terrible error que muy pronto
repercutió en la campaña,
y sepultó los ideales
de unión que tu alma abrigaba.

Empero al fin comprendiste
que era ilusoria esperanza,
hablar de paz con un pueblo
que estrangulaba en sus garras
el territorio peruano
y el corazón de la Patria;
y quebrantando tu anhelo
desenvainaste la espada,
para aplastar al temible
dragón que en Buin resollaba.

Hinchó el tambor, las trompetas
en notas de épica marcha,
y entre un piafar de corceles
y un centellear de corazas,
se desplazaron tus tropas
sobre Yungay y el río Santa.

Cubrieron el Pan de Azúcar
tus compañías gallardas,
y en el Punyán aprestaron
su artillería pesada,
mientras las huestes de Herrera
sobre el Ancash reflejaban
en lumbrarada de auroras
el fulgurar de sus lanzas,
y los jinetes del bravo
Morán, velaban sus alas.

Rompieron fuego los húsares
de Bulnes, en la mañana,
y arremetieron tus filas
como el turbión las barrancas,
logrando hendir los dos cerros
con una horrible estocada.

Fue encarnizado el combate,
tembló la ceja del abra,
y en el fogón del crepúsculo
estalló el cielo en granadas,
carbonizando los ojos
de los soldados aimaras,
que en el coraje de Belzu
izaron nuestra oriflama.

Lucharon con valentía
nuestras legiones serranas,
miles de indios cayeron
en la sangrienta campaña,
tiznados en sangre y pólvora,
como espectrales fantasmas.

Ardió el rubí del crepúsculo
sobre las breñas crispadas,
que batió el plomo graneado
del Regimiento Colchagua.

Murió Quirós combatiendo
como un soldado de Esparta,
contra las fuerzas chilenas
del Coronel Maturana;
y al contemplar al jinete
desbarrancado en la zanja,
su fiel caballo limeño,
irguió la testa azorada,
e interrogando al ocaso
con sus pupilas de brasa,
lanzó un relincho de guerra
que estremeció las montañas.

Desgarró el viento en sollozos
el corazón de la Pampa,
y las estrellas del cielo
se convirtieron en lágrimas,
y amortajaron el campo
con un sudario de escarcha.

Reinó un silencio de muerte
que congelaba las almas,
y segó la hoz de la luna
el resplandor de tu espada.

APOTEOSIS DEL HÉROE

¡Oh! Vencedor de Pichincha,
flor de las cumbres nevadas,
¿Qué pensamientos sombríos
bajo tu frente aleteaban?
cuando tus ojos sondearon
la sima de la desgracia,
y viste que tus quimeras,
¡sueños de América indiana!,
como las nubes de otoño
disipó el viento en la Nada.

¿Sentiste acaso en tu pecho
dolor de puna y nostalgia,
sabor de vértigo amargo
o angustia de hombre sin Patria,
cuando te hirieron los dioses
a golpes de ala y de zarpa?
¡Dime, qué pena tan honda
te acuchillaba la entraña,
cuando en las olas se hundía
el real airón del Sajama,
y se alejaba tu nave
como una garza de nácar,
rizando de espuma y nieve
el mar azul en sus alas!

La incomprensión de los hombres
destruyó tu obra titánica,
se apagó el sol del Imperio
sobre la sierra peruana,
pero tu nombre fue el símbolo
de eternidad de esta Patria,
que al cabo de una centuria
trajo tus restos de Francia,
para tallar en los Andes
tu imagen de heroica traza,
montado en albo pegaso
que alza al abismo sus patas,
apezuñando las rocas
en su herradura lunada.

Mientras oteaban los cóndores
desde una cresta volcánica
-donde los vientos rugían
y las tormentas bramaban-,
la estampa de ese guerrero
que unió en su mente preclara,
el corazón de dos países
en el rubí de una ulala;
cual si admirasen absortos
al genio de las montañas,
en aquel ser invisible
que en los picachos rielaba,
¡midiendo con el espacio
la inmensidad de sus alas!

Porque en torrentes de fuego
fundió en las cumbres nimbadas,
la majestad y grandeza
de dos naciones hermanas,
en una sola República
hecha de sol y plegaria;
y porque en su alma indomable
encarnó Dios nuestra Patria,
sus selvas y sus llanuras,
sus valles y sus cañadas,
y el verde mar del Pacífico
en cuyas límpidas aguas,
sobre un oleaje de perlas
surcaba el cisne del alba.

El viento sembró en los riscos
rumor de flautas y ankaras,
y al tremolar los pendones
del Gran Perú, en la montaña,
se arrodillaron los siglos
y los penates aimaras,
glorificando tu espíritu
en la apoteosis soñada.

Y el Sacerdote del Inti
que en el Illampu oficiaba,
elevó el sol en sus manos
y evocó el numen de Illapa,
para sellar con tu sangre
la unicidad Peruviana,
que se encarnó en Abaroa
y el Almirante del Huáscar.

Gran Mariscal de Zepita,
cantar de gesta bizarra
hijo del Ande nevado
y aurora del Titikaka,
resultó América estrecha
para tus grandes hazañas,
y como un águila en vuelo
tendiste al iris tus alas,
sembrando en polvo de estrellas
la gloria de nuestras armas.

Surcó un relámpago de oro
la inmensidad planetaria
y desgarrando las nubes
con su carroza dorada,
fustigó Marte el revuelo
de los corceles del alba,
y te condujo al Olimpo
donde los dioses moraban.

Rutiló el trono de Júpiter
como una concha perlada,
bajo la cruz de brillantes
que iluminó la Vía Láctea,
y el pavo real del espacio
que en los planetas flotaba
abrió su cola de estrellas
sobre la esfera terráquea.

El Padre del firmamento
posó en tu faz sus miradas,
y levantando en el aire
el rayo, el orbe y el asta,
ordenó al raudo Mercurio
que te calzase las cáligas.

Se tiñó el cielo de rosa,
vibró el clarín de la Fama,
y congregados en torno
de una columna truncada,
San Martín, Sucre y Bolívar,
te recibieron con palmas;
mientras danzaban las ñustas
y las vestales paganas,
portando en áureas patenas
el cetro, el yelmo y la espada.

Las sombras de tus guerreros
Morán, Cerdeña y Sagárnaga,
sobre una pira de estrellas
amontonaron tus armas,
girando como una aureola
que anilla el mundo en sus llamas,
y al centro Perú y Bolivia,
con sus antorchas en flámula,
izaron en el Empíreo
la Enseña Confederada.

Apolo puso en tus hombros
el níveo manto de Palas,
la Gloria ciño tu frente
con su corona radiada,
y esculpió Fidias en mármol
tu efigie de heroica talla,
jinete en potro de espuma
que se encabrita y espanta,
alzando al cielo sus cascos
en repicar de campanas.

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1969 DISCURSO EN MANILA

Ilustres poetas:

El honor que me ha dispensado el Excmo. Sr. Presidente de la Unión Internacional de Poetas Laureados, invitándome a participar en las deliberaciones de este Congreso, realizado en el maravilloso País de las leyendas orientales, donde las naves españolas irisaron en sus alas de lumbre, la espuma del océano, blasonando las islas de corales y perlas, con el glorioso nombre de Felipe II; y, al que no pude concurrir, por motivos ajenos a mi voluntad, me ha deparado el privilegio de transportarme en espíritu hasta el recinto de este sagrado Partenón, donde sólo podían penetrar las deidades del Olimpo, sacudiendo de sus sandalias de cristal, el rocío de las estrellas, para inclinarse reverentes ante la diosa de la sabiduría, revestidas con el manto de la gracia y la frente nimbada de laureles; y no, simples mortales como yo, que han tenido la osadía de rozar con las alas del pensamiento, los portentosos frisos del Templo de Atenea, donde flota la esencia de la divinidad que sublimiza las creaciones poéticas; para transmitiros el mensaje de solidaridad y afecto que os envían por mi intermedio los Aedos de Bolivia y de la América del Sur, esos brillantes sembradores de poemas que desgranan en la quena del viento, el himno gigantesco de las cumbres andinas, formulando sus más fervientes votos por el éxito de esa Magna Asamblea en la que se han congregado las figuras más representativas del Parnaso universal, precedidas por el inmenso bardo don Amado Yuzón, para debatir las diversas corrientes filosóficas y literarias que aseguran el florecimiento espiritual de los pueblos, en el bello milagro de la Poesía y el Arte, cuya trascendental importancia significa para los destinos de la humanidad, mucho más que los grandes descubrimientos del genio y el formidable avance de la tecnología, porque ya los poetas conquistaron la luna, siglos antes de que los astronautas dominaran el cosmos y hollaran con su planta la superficie selenita.

Y es que la Poesía, ilumina a la Ciencia, y ocupa entre las Bellas Artes, el más alto sitial, ya que puede al unísono, de la sagrada Euterpe orquestar en un cántico alado, la maravillosa Sinfonía del Universo, que proclama la grandeza de Dios, en los espacios siderales. Ya que sabe, lo mismo que la divinidad de los pinceles embrujados diseñar el los lienzos de la aurora, las Bacanales del Ticiano o las Madonas de Rafael. Ya que logra, al igual que la deidad de los cinceles de oro, esculpir en la catedral del pensamiento, el pentálico mármol de la Rapsodia Helénica, que perdura en la mente, como las esculturas de Fidias, en los dorados frisos del Partenón. Ya que supo, realizar el milagro de Terpsícore, descubriendo en el vuelo de los cisnes, los secretos de la coreografía y el encanto del ritmo, para desgarrar en ondas vaporosas, los cendales de espuma que velaban con un halo de ensueño, las palpitantes formas de Salomé.

Y, es que la Poesía, cuyo poder abarca los límites del mundo y el dominio del espacio, consiguió avizorar los arcanos de la infinitud cósmica y el enigma del hombre, hasta sumergirse en los abismos de la Metafísica, llegando a descifrar en los planetas, el misterio de la vida y la muerte, y descubrir en las manos del Supremo Hacedor, la cosmogonía y el génesis de la Creación del Universo, para conquistar el Imperio del Arte y elevarse en un vuelo de luz, a las señeras cumbres donde fulgura la Belleza, engarzando en la metáfora y el tropo, las más sublimes manifestaciones del pensamiento humano.

¡Poesía! ¡Poesía!, que inmenso es el sortilegio de su fuerza maravillosa, cuando pulsa con sus dedos de estrellas, el arpa del corazón.

Incendiando la cúpula celeste con el fuego de Zeus, cincela en los cometas la épicas estrofas de Homero y de Virgilio; canta en la lira de Isaac, los idilios de la adolescencia, desgranando el trino del ruiseñor y de la alondra, en los fragantes labios de María; nos hace admirar en los sonetos del Petrarca, las ebúrneas palomas de la gracia que aleteaban en el pecho de Laura; se eleva en plegaria de luz a las místicas moradas, en los azules trenos de la Doctora de Ávila; y es en la péñola del divino Manco, ala de nieve y madrigal de ensueños, encarnados en la locura heroica del Caballero Andante; se tortura de angustia, a las plantas del Dios crucificado, en los cánticos espirituales de San Juan de la Cruz; nos hace huir del mundanal ruido, en las claras estancias de Fray Luis de León; es tesoro de imágenes y alborada de gloria, en Julio Herrera Reissig; amor embellecido por volutas de incienso y embrujos de pecado, en Don Ramón del Valle Inclán, clarín maravilloso y rutilante, en Fernán Silva Valdez; y voz de rebeldía y de justicia, en César Vallejo.

Con el genio de Dante, sepulta la esperanza en sollozos de averno y escala las esferas del Paraíso, en un canto teológico de amor y eternidad; y en los líricos versos de Miguel de Unamuno, es una saeta de oro salpicada de trinos, que se clava en el pecho del Cristo de Velázquez; y con Rubén Darío, es el Himno de América que retumba en los pífanos de la Marcha Triunfal.

Y, es que la Poesía, revela mejor que todas las Artes, las alboradas del pensamiento y los crepúsculos del corazón; en sus dedos florecen la Rosa de los Vientos y el destino del Mundo, su lenguaje es universal y se enraíza en el alma de todos los hombres, sus dominios rebasan la infinidad del cosmos y su poder es tan grande que blasona de estrellas los ensueños del poeta, cuando pulsa en sus trémulas manos la lira de cristal, desgarrando en relámpagos de oro las cúpulas del cielo.

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1970 ANTOLOGÍA DE LA FLOR NATURAL

Objetivos de alta generosidad y de sacrificio respetable. Ejemplo estupendo en un medio de pobreza irredimible. El hecho capital es que el libro está realizado con un amor a la poesía boliviana que pocos han demostrado. Su finalidad objetiva y espiritual es de innegable importancia. Libro raro, sereno, en medio de todas las antologías escritas en Bolivia por diversos autores. Esta vez el libro de poesía, exclusivamente, ha obtenido en verdad, su flor natural. Es el homenaje de un poeta a la creación de todos sus colegas, maestros en el manejo de la Gaya Ciencia. Como si el Parnaso se abriera a la luz de todos los días para un festival interminable de talento e inspiración.

Los Juegos Florales son parte de su génesis. Y para ellos han sido escritos en diversas etapas de este siglo. Del Granado ha historiado su existencia en el gran calendario cultural de Bolivia. Y si fue conmoción de una fecha su verificativo, con el consiguiente comentario de críticos y prensa que se movía alrededor del suceso, calcúlese lo que ello constituye coleccionando en un libro de antología como el que comentamos.

He aquí una lista de nombres y fechas, referentes a la Flor Natural: Emilio Finot, 1911; Gregorio Reynolds, 1913; Manuel María Muñoz (colombiano), 1914; José Eduardo Guerra, 1915; Claudio Peñaranda, 1917; Eduardo Díez de Medina, 1919; Carlos Medinaceli, 1921; Roberto Guzmán Téllez, 1923; Luis Felipe Lira Girón, 1925; Ricardo Mujía, 1925; Jaime Mendoza, 1926; Julio Antezana Vergara, 1928; Antonio José de Sainz, 1931; Nataniel Torrico y Aguirre, 1931; Raúl Otero Reiche, 1937; Gregorio Reynolds, 1938; Luis Mendizábal Santa Cruz, 1939; Enrique Kempf Mercado, 1940; Octavio Campero Echazú, 1942; Javier del Granado y Granado, 1943; Ramiro Condarco Morales, 145; Javier del Granado y Granado, 1946; Julio Ameller Ramallo, 1947; Javier del Granado y Granado, 1950; Julio Ameller Ramallo, 1951; Jaime Canelas, 1957; Wálter Arduz, 1959; Raúl Otero Reiche, 1961; Julio de la Vega, 1963; Mercedes de Heredia, 1967; Alcira Cardona Torrico, 1967, Adán Sardón, 1967.

Y está hecho el servicio a la cultura. Los estudiosos podrán valerse de la lista anterior para valorar el curso lírico de la llamada Flor Natural, o sea el premio consagratorio en poesía de Bolivia. Del Granado ha rendido un verdadero servicio a las letras.

En su libro se encuentra el texto de las obras premiadas y el espíritu se posesiona del tiempo vivido desde 1911, cuando la Gaya Ciencia ha emocionado a las sociedades y a las multitudes bolivianas. El verso ha sido recibido por manos maestras como las de Claudio Peñaranda, Gregorio Reynolds, o Javier del Granado y Granado, sin olvidar a Octavio Campero Echazú, o Julio de la Vega. El verso se ha criado, como planta de naturaleza delicada, en los más refinados ambientes de la sociedad boliviana, si es que aún ha de permitirse esta expresión. Se advierte que Ricardo Jaimes Freyre, por ejemplo, -uno de nuestros grandes modernistas-no intervino en las justas. Seguramente influyó en ello su ausencia del país, o simplemente un ánimo especial de inconcurrencia. Es fenómeno que se observa en otros muchos poetas.

Como conclusión, ha de obtenerse una: la dedicación y seriedad con que del Granado ha incursionado en los estudios del Gay Saber. Se lo agradecerán todos los estudiosos de la literatura boliviana.

Hemos advertido que, en los últimos estudios que se han hecho al respecto, se ha cometido omisiones. En fin... Cada autor le da a su obra la estructura que le conviene. Para salvar omisiones y olvidos en aquéllas, esta Antología, por ejemplo, nos pone en contacto con el pasado y las voces literarias de otras épocas. La Flor Natural tiene la virtud de mostrar a un poeta en la creación de un solo poema, el que se considera vigorizado para la justa y el premio. Y que, por ningún motivo, deja de tener su valor. Son joyas de la creación y deben quedar para el conocimiento de la obra total de los autores.

Eso ha hecho, justamente, del Granado que, a su vez, es Maestro del Gay Saber. Libro agradable para los momentos en que el espíritu quiere reclinarse en la poesía inmortal.

—Porfirio Díaz Machicao

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1971 TERRUÑO

 LA PATRIA

La Patria es el hogar donde nacimos,
halo de dios que el corazón hechiza,
y lágrima de amor hecha sonrisa
que en puñado de tierra convertimos.

La Patria es el ideal que engrandecimos,
cripta y altar que el alma sublimiza,
y olímpico blasón cuya divisa
con el Genio de América esculpimos.

La Patria es Pindo y Partenón sagrado,
cantar de valle y cúspide nevada,
sangre de río y bosque alucinado.

Y cóndor que retando a las centellas,
tiende al iris el ala desplegada,
en un vuelo de luz a las estrellas.

EL MAR

Soberbia catedral de espuma y hielo
con naves de cristal y altares de oro,
donde hundieron los Incas el tesoro
que enjoyaba las bóvedas del cielo.

Raptó a Cobija, de su patrio suelo,
el dios del rayo convertido en toro,
y a Bolivia le obliga su decoro,
reconquistar el mar en fiero duelo.

El mar que es Prometeo encadenado
al ríspido breñal de las montañas,
porque el Ande, es el mar petrificado.

Por eso gime en tristes caracolas
y un buitre le devora sus entrañas,
en olas, de sonoras, barcarolas.

COCHABAMBA

Del águila triunfal el alto vuelo
proclama tu grandeza soberana,
y en cantares de lumbre se desgrana
en tus valles, la cúpula del cielo.

Rasga el viento la túnica de hielo
que tus cumbres soberbias engalana,
y la selva magnífica sultana,
abanica su talle de hembra en celo.

Iza el pueblo tus bélicos pendones,
y al son de pastoriles caramillos,
doma, en Aroma, mil rugientes leones.

Por ello asombra al universo entero,
la heroica gesta de Arze, y tus Caudillos,
que un mundo incendian con el Sol de Homero.

SANTA CRUZ DE LA SIERRA

Sintió silbar don Ñunflo en su cimera
el vuelo de una saeta envenenada,
y trazó con el filo de su espada
un villorrio de ensueño y de quimera.

Santa Cruz destrenzó su cabellera
sobre su espalda de jazmín nevada,
su cuerpo de paloma alborotada
se cimbró en abanicos de palmera.

Y la soberbia Infanta del Oriente
en San Lorenzo, al bosque encadenada
por la raíces de su sangre ardiente,
surgió como la Venus floreciente
de la espuma lunar de una cascada,
con su pecho de lunas en creciente.

MÍA

Mía será su flor de primavera
cuando en mis brazos amanezca el día,
y se cimbre su talle en mi alquería
como un lirio de nieve en la pradera.

De mí será su negra cabellera,
su pecho erecto que mis besos pía,
su pudor que se rinde a mi porfía
y el repique nupcial de su cadera.

Mía será su mística figura
que la paloma del amor zurea,
y sobre un lienzo de Rafael fulgura.

Mías serán su gracia y su alegría,
y por los siglos de los siglos sea
en cuerpo y alma para siempre mía.

EL RAPTO

En el poblacho donde el alba asoma
por los vergeles, plazas y callejas,
hay un rumor de arrullos y consejas,
y una fragancia de membrillo y poma.

Nieva la luna en la rugosa loma,
suspira el viento sus aladas quejas,
y en el portal de columnatas viejas,
pían de amor dos senos de paloma.

Ronda una sombra la desierta calle,
y raptando en su potro a la doncella,
huye a galope hacia el fecundo valle.

Tiende el galán su poncho en los trigales,
y en el lecho de nácar de una estrella,
se consuman fogosos esponsales.

LA CASONA

En la vetusta casa solariega
que su blasón de espigas abrillanta,
mi corazón es pájaro que canta,
y ave que trina, es el amor que llega.

Ríe Cupido y con las almas juega,
lanzando un dardo que hasta el sol quebranta,
mientras la aurora cuya gracia encanta,
gime en sus brazos y al amor se entrega.

¡Ay! cuantas flores deshojó la brisa,
en el vergel donde penando sueño,
porque la vida es lágrima y sonrisa.

Comba el hornero sus mansiones bellas,
y en el portal de colonial diseño
cuelga la luna su fanal de estrellas.

EL RANCHO

Como rosario de palomas blancas
que arrullan sus polluelos en el nido,
albean en el rancho alborecido,
las casuchas que velan las barrancas.

Las mozuelas, olímpicas potrancas,
retozan en el campo amanecido,
y combando su seno frutecido,
las ulalas repican en sus ancas.

Todo es blanco en el límpido poblado,
los almendros, el lirio, la alborada,
y las nubes del cielo nacarado.

Los labriegos aporcan los maizales
removiendo la tierra con la azada,
y la luna se escarcha en los tapiales.

EL DESEO

Vagábamos tomados de la mano
bajo el cielo bruñido de cobalto,
y el corazón se encabritó de un salto
cuando estreché su busto soberano.

Nació el amor, del fuego del verano,
el dios Cupido se lanzó al asalto
y derribó la roca de basalto
conque lo excelso sublimó lo humano.

Desnudó el sol con ala temblorosa
sus senos de palomas en zureo,
y el cielo azul se salpicó de rosa.

Sentí su cuerpo con olor a huerta,
y se posó la avispa del deseo
sobre sus labios de granada abierta.

ATARDECER

En el viejo landó desvencijado,
que rueda por la ruta polvorosa,
llegamos una tarde bochornosa
a la casa del rancho adormilado.

Las ovejas pastaban en el prado,
y el zagal con su gaita jubilosa,
alegraba la fronda esplendorosa
que embellece las faldas del collado.

Cabalgaban las mozas en el asno,